miércoles, 21 de junio de 2017

Cumpleaños de Vicente

Cumpleaños de Vicente

Macarena estaba apresurada arreglando todo con ayuda de Ingrid, Francesca,  Fernanda, Marta y Begoña. Era el cumpleaños de Vicente y quería que saliera todo a la perfección. Su hijo no dejaba de moverse en su vientre, le quedaba apenas unas semanas para el parto y ya su barriga era enorme. No tanto como para los gemelos, pero sí ya estaba a punto de dar a luz, por lo que todo lo que hacía la cansaba.
―Mami, mami, ¿puedo inflar globos?
―Claro, hija ―respondió la madre―, tu tía Ingrid está en eso.
La niña se fue corriendo a ayudar a su tía, mientras que Benjamín estaba entusiasmado colgando serpentinas y un letrero de Feliz Cumpleaños junto a Fernanda. 

Cerca de las cuatro de la tarde, llegó la torta que habían encargado. Todo estaba listo para cuando los hombres llegaran. Don Carlos había inventado una reunión importante e inaplazable para poder llevarse a Vicente y dejar tiempo para preparar todo.
A las seis de la tarde, llegaron. Era una tarde calurosa de verano. En Noviembre hacía calor en la capital. Y ya estaban casi a diciembre, solo faltaban ocho días para el mes de la navidad.
Se escondieron todos al oírlos entrar. El silencio en la casa era total. A los niños era a quienes más les costaba guardar silencio, porque se miraban y se sonreían.
―Tan callada que está la casa ―comentó Vicente―, los niños deben estar durmiendo todavía.
―Seguramente, o están atrás en la piscina ―respondió el padre―, vamos a ver.
Llegaron al patio y allí, en coro, gritaron un efusivo "Feliz cumpleaños". El hombre se emocionó, sobre todo al ver correr a sus dos hijos a él para abrazarlo.
―Feliz cumpleaños, papi ―saludaron ambos, abrazándolo.
Macarena se acercó a paso lento y cansado a su esposo.
―Feliz cumpleaños, mi General.
―Muchas gracias, mi Capitana.
Se besaron, con un beso de auténtico amor, un amor que seguía intacto, a pesar del tiempo.
Los demás se acercaron a saludarlo, con cariño. Los invitados eran Álvaro con Estrella; Toñita, la hija de ambos; Clara Lazo; Renata, la periodista que siempre los apoyó; Cristian Sáez, quien tuvo un papel importante al ayudarlos, asistió con Leonardo, su pareja; también invitaron a Miranda, José Miguel y Elena, quien se hizo amiga enseguida de Benjamín y Monserrat y también asistieron algunos compañeros de tablas.
―Muchas gracias por estar aquí ―agradeció Vicente en voz alta.
―¡Un brindis! ―exclamó Diego.
Se sirvieron tragos y bebidas y se repartieron entre los invitados.
Elena se acercó al cumpleañero y lo abrazó.
―¿Cómo estás, princesa? Hace mucho no te veía.
―Bien, estoy viviendo con mi papá, ya no estoy en tu casa.
―Qué bueno, ¿y te gusta vivir con ellos?
―¡Siii! Ellos son muy buenos conmigo.
―Eso me hace muy feliz.
La niña lo volvió a abrazar y Vicente la tomó en sus brazos.
―Has crecido ―comentó a la niña.
―Sí, toda la ropa me quedó chica. ―Rio con timidez.
―Qué bien, eso significa que muy pronto serás grande y muy linda, pero nada de andar mirando chicos, ¿me oíste? Hasta los treinta por lo menos.
―Eso me dice mi papá ―respondió con voz seria.
José Miguel se acercó y Vicente le devolvió a la niña.
―Está preciosa ―aduló Vicente.
―Sí, y muy regalona, además.
―Está bien, se lo merece.
―Gracias, por todo lo que hicieron, con su testimonio y los antecedentes que entregaron, fue muy fácil obtener la tutela de mi hija.
―Era lo menos que podíamos hacer, no podíamos permitir que ella siguiera haciéndose cargo de ella, además que no lo estaba haciendo.
―Es cierto.
Los dos hombres se separaron y disfrutaron de la fiesta. Los niños corrían y jugaban felices. Los adultos conversaban. Al rato, ya cansados, se dispusieron a poner música para karaokear, lo que se transformó en risas y bromas.
Pero Macarena no se sentía del todo bien.
―¿Qué pasa, mi Capitana? ¿Estás aburrida? ―le preguntó su esposo al verla en un rincón sentada sin compartir con nadie.
―No, no, es que no me siento bien, estoy un poco cansada. Casi nueve meses de embarazo no son fáciles de llevar.
―Me imagino ―reconoció Vicente, sentándose al lado de su mujer.
―Pero anda con los invitados, es tu cumpleaños.
―¿Y dejarte sola? No, ellos se divierten perfectamente sin mí.
―Pero no es la idea.
―Tú eres mi mujer, quiero estar contigo.
―Entonces, vamos, no dejaré que te pierdas tu cumpleaños por mi culpa.
―No digas eso.
Macarena se levantó de la silla y, al hacerlo, un chorro de líquido corrió por sus piernas. Ella dio un grito.
―¡Capitana! ―Se alteró el esposo.
A los gritos, los invitados se volvieron a mirarlos y Marta fue la primera en llegar.
―Rompió fuentes, hay que llevarla a la clínica ―dijo la mujer, nerviosa.
―Pero es tu cumpleaños ―protestó Macarena.
―Y mi bebé está por nacer, ¿qué mejor regalo podría desear?
Y nació. Diez para las doce de la noche. Boris llegó a sus vidas el mismo día del cumpleaños de su padre.
―Gracias, mi capitana ―susurró él en cuanto se llevaron al niño para su lavado y control, y besó la frente de su mujer.
―Es hermoso.
―Sí, precioso. Se parece a ti.
―No lo creo.
―Sí, es igual a ti.
Macarena cerró los ojos, estaba cansada, había sido un día agotador con todos los preparativos y la labor de parto. De pronto, Boris apareció ante ellos, como si hubiera estado allí siempre.
―Papá ―musitó Vicente.
―Hola, hijo.
―¿Cómo es que...?
―Se me permitió este momento para compartirlo contigo. Gracias por darle mi nombre al niño.
El hijo miró a su mujer y luego a su padre.
―Fue de común acuerdo.
―Lo sé y lo agradezco, cuídalos mucho, yo lo hago desde este lado.
―Lo haré.
―Me siento orgulloso de ti y del hombre en el que te has convertido, eres un esposo amante y un papá fantástico, me hubiera gustado ser un poco como tú.
―No digas eso, tus circunstancias...
―No le puedo echar la culpa a mis circunstancias de todo el daño que hice.
―Pero nos salvaste, al final, nos salvaste.
―Y lo haría mil veces más si fuera necesario. No sabes cuánto me arrepiento de todo lo que hice.
―Lo sé, papá, tú hiciste lo que pudiste cuando abriste tu corazón al amor y dejaste ir el rencor y el odio.
―Demasiado tarde.
―No, no fue demasiado tarde, lo hubiera sido si la muerte de Macarena y mis hijos hubiera sido real. 
―Agradezco que no lo fue.
―Lo sé.
―Me tengo que ir. Cuídate, hijo, recuerda que siempre estaré para ayudarte.
―Gracias.
―Dale mis cariños a Macarena, besitos a los niños y dile a Fran que la sigo amando, que está cada día más hermosa.
―Se lo diré.
―Adiós.
―Adiós, papá.
Y desapareció, tal como había aparecido.
Macarena abrió los ojos y miró a su esposo.
―¿Por qué lloras? ―le preguntó.
―Porque a pesar de todo, a pesar de todo lo malo, a pesar de las mentiras, engaños y maldades de nuestras familias, estamos aquí, somos felices y se nos dio una oportunidad de hacer las cosas mejor que ellos.
―Sí, es cierto y seguiremos por siempre y para siempre y aun después, intentando que nuestra familia sea feliz.
―Sí, juntos en las buenas, en las malas y en las peores, y eso les enseñaremos a nuestros hijos.
―Siempre.
―Te amo, mi Capitana, ¿qué habría sido de mí si no hubieras aparecido en mi vida? Seguiría siendo un tiro al aire, un tipo que no valía la pena.
―No digas eso, tú siempre has valido mucho, sólo que no querías que nadie se enterara.
―Tú viste lo que nadie más había visto.
―Tú me mostraste lo que a nadie habías mostrado.
―Te amo, mi Capitana.
―Y yo a ti mi General.
―Duerme, mi Capitana, necesitas descansar, ha sido un día largo.
―¿Vas a venir mañana?
―Sí, voy a venir temprano, ahora voy a ver a nuestros puntitos que quedaron asustados porque su mamá se había enfermado.
―Dale muchos besitos y tráelos mañana.
―Claro que sí, amor.
―Feliz cumpleaños, Vicente.
―Me diste el mejor regalo que pude soñar.
Ella sonrió y cerró los ojos, con suavidad al principio, pero antes de cinco minutos ya estaba dormida. Vicente le dio un suave beso y salió de allí rumbo a Recién Nacidos, donde vio, como aquella vez, a su hijo a través de la ventana. La matrona lo hizo entrar y dejó que tomara en brazos al bebé. Ahora tenía más experiencia.
―Aprendió. ―Sonrió la cuidadora, sólo entonces me di cuenta que era la misma que lo atendió hacía cuatro años atrás.
―Sí, con dos hijos a la espalda, tenía que aprender, ¿no?
―Sí. Felicidades.
―Gracias, ¿y su mamá cómo está?
―Bien, sigue admirándolo y va a todos los estrenos en su teatro.
―Dele mis agradecimientos y dígale que cuando vaya, me busque y me hable.
―¿De verdad?
―Claro que sí, que me diga que es su madre y yo le haré una atención.
―Gracias, va a estar feliz.
Vicente sonrió y acostó a su pequeño que ya se incomodó en sus brazos y le tomó una fotografía con su celular.
―Hasta mañana ―se despidió el hombre.
―Hasta mañana, don Vicente, y muchas gracias.
―Muchas gracias a ti ―dijo e indicó a la cuna de su hijo.
Se fue a su casa y allí, despiertos todavía, lo esperaban sus gemelos. Él los abrazó y los llevó consigo a su dormitorio.
―¿Qué les parece dormir los tres juntos?
―¿Por qué la mamá no vino contigo? ¿Dónde la dejaste?
―Ella está en el hospital porque ya nació su hermanito, mañana la vamos a ir a ver y a lo mejor, se puede venir mañana mismo con nosotros.
―Yo quiero que esté aquí ―sollozó Monserrat.
―¿A ver? ¿La niña más linda quiere llorar?
―Quiero a mi mamá, no quiero estar sola.
―¿Y para qué estoy yo? La mamá tiene que quedarse allá esta noche y si tú lloras, la mamá también se va a poner triste y ella necesita estar tranquila, ¿ya?
―Yo no lloro porque yo ya soy grande ―dijo Benjamín con aire suficiente.
―Tenemos la misma edad ―protestó su hermana.
―Entonces no llores, mañana vamos a ir a ver a la mamá y a nuestro hermanito.
La niña se escondió en el pecho de su padre.
―No peleen, aunque son gemelos, son diferentes, Monse es más sensible, y eso no es malo.
―Lo siento ―se disculpó Benjamín.
―Tengo pena ―confesó la niña.
―Estás con nosotros, no llores ―la consoló su hermano.
―No estás solita, estamos contigo y vamos a dormir juntos. Además, mira. ―Le mostró en su celular, la foto del bebé.
―Es lindo. ―La niña se alegró con su nuevo hermanito.
―Parece una papa ―replicó Benjamín―. Es feo.
Vicente echó a reír. Benjamín y sus cosas.
Ya no hablaron más, la niña se durmió de inmediato y el papá comprendió que su niña tenía sueño, eso la tenía así. Benjamín, en cambio, demoró un poco más en dormirse, pero antes de una hora, también dormía profundamente.



Vicente recapituló su vida. Y se alegró de tener esta familia, de haber conocido a Macarena, el amor de su vida, la mujer que lo acompañaba y lo apoyaba en todo. Aunque su matrimonio partió como una mentira de siete años, sabía que se transformaría en un amor eterno, por siempre, para siempre y aun después.

lunes, 19 de enero de 2015

Ella o yo Cuento de Katherina Asgard

Hace demasiado frío en este bosque. Nunca he sido friolenta, de hecho me encanta el invierno, pero esta noche es de esas que hielan tu cuerpo completo, es un hielo que paraliza.
Sé que tengo que correr, con todas mis fuerzas...
Me persiguen, me matarán. Pero ya no puedo seguir, me detengo unos minutos, mis pies no quieren responder.
Estoy temblando, alerta a cualquier ruido. Aunque estoy quieta en una pequeña cueva, sé que me encontrará
Hay un cuervo que no ha dejado de chillar, un búho que no para de girar su cabeza, me mira cada cierto tiempo, y cada vez que chocan nuestros ojos, él hace un ruido. Tengo más miedo que nunca en mi vida.
¡Maldita noche!
-Aquí estás, pequeña... - alguien susurró en mi oído, no sé quién es.
Todo se llena de niebla, cuando me volteo para ver quién es, observo que la niebla sale de todas partes.
Empiezo a correr como jamás lo había hecho. Me encontró.
Una risa retumba por todas partes.
Las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, el corazón me late a mil por hora y mi cabeza pesa más de lo normal, en cualquier momento caería al piso desmayada, mi cuerpo está colapsando. Si eso pasa, me encontrará. Al menos me tranquiliza un poco el hecho de que estaría durmiendo cuando me matara...
Me siento cada vez más cansada, ya llevo corriendo un buen rato cuando veo que cerca de mí, ya no hay árboles. Si salgo de aquí será más fácil encontrar a alguien que me ayudara.
Mi sorpresa fue enorme cuando veo el gigantesco precipicio que hay frente a mí. Lloro con fuerzas, ya no vale la pena luchar, moriría de todas formas.
Me lanzo, si de todas formas iba a morir, no le daré el gusto de hacerlo con sus propias manos.
La caída es larga, siento el viento rozar mi cara y elevar mis cabellos. Pese a estar asustada, la caída es relajante. Cierro los ojos. Ya había llegado mi hora.

Abro los ojos, lo primero que veo es el techo, luego escucho perros en la calle, me levanto con cuidado y miro por la ventana, estoy en mi casa, en la tranquilidad de mi hogar, solo fue un mal sueño,  volvería a la cama, volvería a dormir. Veo la hora en mi teléfono, las tres de la mañana. Cierro los ojos.

Vuelvo a abrir los ojos. Me tienen atada... envidio a esa chica que vive en mí, esa que solo entra a ratos en mi vida, y que cuando yo dormía y soñaba, ella creaba su mundo, un mundo en el que su vida era tranquila, en donde tenía amigos y una familia, y no nota que ella es el sueño y yo la real.

—Que bien que te encuentro despierta. Casi arruinas la diversión. —Een ese momento mi secuestrador entra en el sótano...
—Si me quieres muerta, ¿Por qué me salvaste?
—¿Quién dice que te salve? Morirás de todas formas. Pero de dolor.
Me  corta las extremidades y me deja ahí, desangrándome.
Cierro los ojos, tengo que soñar con una vida normal una última vez. Aunque la muerte me encontrará estando del otro lado.

Abro los ojos. El sol toca mi cara. Es tarde, puedo notarlo, pero hoy estoy libre. Aunque no del todo, veo rápidamente la hora, las once. Me visto apurada, debo ir a juntarme con unos amigos para ir a la playa.
Cuando subo al colectivo tengo una extraña sensación. No pasan ni cinco segundos cuando veo un auto venir hacia nosotros.

—Ella ya ... no está... Ya murió. —Mi secuestrador me observa.
Hablo y respiro entrecortado por el dolor físico y emocional
Sonríe con burla y se va.
De veras la envidio, ella tiene la vida que yo quiero. A ella no la persigue su hermano.
Y jamás supo que ella solo era el sueño.

Abro los ojos.
-¿Dónde estoy?- pregunté.
-En el hospital, nos diste un susto terrible... Estuviste sin pulso por diez minutos —contestó mi hermano.

lunes, 14 de octubre de 2013

Premio One Lovely Blog Award



 Hola, mi amiga Mariela Saravia me otorgó este hermoso premio, el cual se lo agradezco ♥ 



Este es el blog de Mariela, es un blog muy bello: 
Blog de Mariela Saravia: Jardín Literario


Aquí van las normas para quienes se los ganen...

Las normas para One Lovely Award son:


1.- Agradecer el premio a la persona que te lo otorgo y enlazarlo a su blog  Jardín Literario


2.- Compartir seis cosas sobre uno mismo.


3.- Otorgar el premio a once blogs que te gusten y tengan menos de 200 seguidores.


4.- Avisar a los blogs a los que has otorgado el premio.


Seis cosas sobre mí: 

 1.-  Soy muy romántica, siempre lo he sido, me gusta leer y escribir romántica, creo que son la mejor opción para olvidarse de los problemas 

2.-  Odio las labores domésticas, aunque tengo mis  "días" en que me da la "locura" y cambio muebles y doy vuelta la casa  :p 

3.- Me gusta ayudar a los demás, siempre que puedo estoy ahí para los demás, me llevo muy bien con los jóvenes sobre todo y muchos me buscan para pedirme consejos.  

4.- Soy adicta a escribir, si no lo hago me deprimo, me pongo mal genio y me pasa de todo, escribir es mi mundo aparte, puedo escribir donde sea y como sea... y si no estoy escribiendo estoy viendo mis novelas en mente. 

5.- No me gusta la televisión y muy pocas películas logro  verlas completas, por lo mismo no me gusta ir al cine,  siento que pierdo el tiempo y a media película me quiero ir. 

6.- Me encanta la música, es mi otra adicción, no puedo vivir sin música, me gusta todo tipo de música, aunque no toda, no discrimino por cantante o estilo, más bien si escucho una canción y me gusta, no me importa su género ni el cantante, excepto (la excepción confirma la regla) Luis Miguel y Romeo Santos, que de ellos ni la mejor canción... 


Los blog que he escogido son: 

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Relato corto de terror

Aquí estamos los cuatro, José, Andrea, mi hija Karolina y yo, en un pequeño cuarto, esperando expectantes.
Está oscuro, apenas una tenue luz rojiza proveniente de algún lugar nos ilumina. Ya no hay vuelta atrás. La puerta tras nosotros se había cerrado de golpe.
¿Qué haremos ahora? Nos miramos sin saber qué hacer, riendo de nervios; pequeñas gotas de sudor resbalan por la frente de José, él es el único hombre y, por muy feminista que una mujer sea, en estas ocasiones se agradece el machismo protector.
Una débil luz ilumina una angosta escalera. ¿Por qué subir?
El ruido de unas enormes cadenas nos sobresalta, debemos huir de allí hacia la única salida posible: la tétrica escalera.
Subimos a paso veloz tomados de las manos. No queremos, no debemos, separarnos, esa fue la única advertencia antes de entrar. Mantenerse juntos es la clave.
El segundo piso es un largo pasillo sin luz. Todo está oscuro, negro como las fauces de un lobo o la cueva de un oso. Avanzamos tocando las paredes para no chocar. Doblamos hacia otro pasillo. Un cuarto débilmente iluminado nos llama la atención. Nos asomamos. Una vitrina de carnicería con trozos de cuerpos humanos cercenados nos da la bienvenida, aunque, al mirar bien, me doy cuenta que arriba, colgados, hay más cuerpos mutilados. La luz pestañea. Esto parece una película de terror. La luz se apaga. No soy capaz de moverme. Sé que debemos seguir nuestro camino, salir de allí, debemos encontrar la salida. La luz se enciende y allá, en un rincón, aparece él. El descuartizador de cuerpos con una sierra eléctrica en la mano. Un ser infernal que me mira con ojos de muerte. Doy un grito y quedo petrificada con la espalda pegada a la pared. La luz vuelve a irse apenas solo unos segundos, pero yo no soy capaz de moverme y cuando se vuelve a iluminar… Él está ahí, a un par de centímetros frente a mí, mirándome, analizando en cuántos trocitos me cortará. Sé que debo huir, escapar, correr, pero soy incapaz de moverme. Tantas veces, al ver películas de terror, reclamaba cuando se quedaban quietos los protagonistas, les gritaba que no fueran tontos y corrieran y ahora yo, en su lugar, estoy igual de exánime, quieta frente al asesino. Siento un tirón en mi mano, los demás habían reaccionado y corren, pero Karolina no me dejaría allí sola con ese loco.
Logro correr con ellos y pienso, ilusa, que el sicópata se quedaría tranquilo, que no nos seguiría, pero no es así. Miro hacia atrás, me detengo un segundo y ahí lo veo venir, él no lleva prisa, sabe que nos atrapará tarde o temprano. Sus ojos buscan los míos, aterrándome. Yo seré su primera presa. Jadeo. No soy capaz de pensar claro.
De pronto, oigo a mi hija emitir un grito desgarrador. Cuando me vuelvo a mirarla, un payaso maldito la acosa amenazante. La quiere atacar. No sé cómo -instinto de madre-, tomo a Karolina y corro con ella, quedando delante del grupo. Por más que corremos, parece que no avanzamos. Aun así, seguimos en marcha.
Algo, ¿un fantasma?, cruza el angosto pasillo. Me detengo de golpe, no quiero seguir avanzando. Pero los demás me empujan, somos seguidos por el descuartizador y el payaso que caminan con una sonrisa de satisfacción. Nuestro fin está cerca.
Un nuevo cuarto iluminado nos espera. Un hombre “elefante” nos sale al paso, interrumpiendo nuestro camino. Quedamos arrinconados. Tres asesinos contra nosotros. ¿Cómo saldríamos de allí? El terror nos invade. José se da cuenta que hay una puerta tras él e intenta abrirla, pero no, la manilla pasa en banda y no abre. La desesperación cunde entre nosotros que gritamos sin control. Los otros dos asesinos se acercan a paso cansino, como disfrutando de nuestra angustia. ¿Qué pasará ahora? ¿Seremos asesinados sin piedad?
En el cuarto iluminado frente a nosotros, hay una chica colgando de sus brazos, sangrante. ¿Así sería nuestro final? La joven se mueve distrayendo a nuestros captores, momento que aprovechamos para escapar. No podemos retroceder, debemos cruzar por ese cuarto, para encontrar una salida.
Gritando horrorizados, corremos despavoridos a través de la habitación. Mientras lo hacemos, la chica se suelta e intenta agarrarse de José, que se sacude de ella con desespero. La mujer chilla muy feo suplicando que la saquemos de allí. Es insufrible la sensación. Ya no soporto más esto. Los cuatro asesinos van tras nosotros y yo voy al final del grupo.
Cruzamos una puerta al final del pasillo. Choco con los demás que se detienen de golpe. Estamos en un cuarto iluminado. Aún no sé dónde estoy. Miro a mi alrededor, pero no hay nada. Sólo un espacio vacío. Todavía no puedo asimilar qué está ocurriendo ni dónde estamos.
Cuando aparecen nuestros cuatro atacantes riendo y bromeando, me doy cuenta que se acabó. Somos libres.
La Casa del Terror del Happyland sí es aterradora.


 

viernes, 20 de septiembre de 2013

EL CUARTO ROJO



Este no tiene nada que ver con el famoso "Cuarto rojo de dolor", es un relato que escribí para un concurso y como no ganó, lo "cuelgo" aquí...



La joven miró el escenario expectante, era su primera noche como bailarina de ese lugar. Y no es que le hiciera mucha gracia. Debía hacerlo. Por culpa de su hermana, metida en drogas, conoció a Leonardo, que la obligó a bailar en su club a cambio de la vida y libertad de su hermana.
Stephanie subió al escenario e hizo el show que tenía preparado, bailando para hombres asquerosos que gritaban groserías desde abajo e intentaban tocarla, algo que ella evitó magistralmente.
Al término de su función, copiosas lágrimas corrían por sus mejillas, en realidad, las lágrimas se le escaparon mucho antes de concluir su actuación. Las muchachas que llevaban más tiempo decían que podía llegar a ser excitante, para ella no lo fue en lo absoluto.
— Stephanie, tienes un cliente, pagó muy bien por ti —gritó Leonardo en el camerino, caminando hacia ella.
— ¿¡Qué?!
— Eso. Te espera en la habitación roja.
— Pero tú me dijiste…
— Triplicó el precio sólo para estar contigo.
— Pero yo…
— Tranquila, él sabe que eres virgen.
Stephanie tomó aire.
— ¿Y si no quiero?
— Tú y tu hermana se van directo al infierno.
— ¿Y eso no es el cuarto rojo?
Leonardo sonrió acercándose amenazadoramente hacia ella, parándose justo frente a ella, muy cerca.  La joven lo miró hacia arriba, asustada.
— Vas a ir con él o te follo yo mismo aquí, delante de todas ellas y sin ninguna contemplación.
Stephanie se mordió el labio y luego lo miró suplicante.
— Leonardo, por favor…
— Vístete, no lo hagas esperar.
— ¿Qué me pongo?
— El baby-doll rojo.
— Claro —replicó molesta—, a juego con la habitación.
— Hazlo rápido, yo mismo te llevaré con él.
Stephanie se quitó su traje de diabla y se puso el baby-doll, Leonardo no le quitó la vista de encima mientras lo hacía.
— Algún día me tocará probar a mí ese delicioso cuerpo —le dijo mientras la tomaba bruscamente del brazo y la conducía escalera arriba, al cuarto rojo, donde el cliente la esperaba.
Leonardo abrió la puerta y la dejó pasar.
— Ponte de rodillas sobre la cama y no lo mires. No hagas nada que él no haya ordenado —le advirtió Leonardo, deteniéndola justo antes de entrar.
Ella asintió levemente y entró. Dio un respingo al oír el sonido de la puerta cerrarse.
Miró el cuarto, la gran cama estaba iluminada por un foco rojo. El resto estaba a oscuras, aunque distinguió en la oscuridad la sombra de un hombre sentado en un sofá a los pies de la cama.
Stephanie caminó lentamente, se subió a la cama y se arrodilló de frente a la sombra que había visto al entrar. Bajó la cara y se mordió el labio para no llorar.
— No te muerdas el labio —le ordenó suavemente.
Ella obedeció y sólo entonces se dio cuenta que un poco más y se rompería el labio.
— Mírame —su voz sedosa la confundía, le recordaba a alguien que había perdido al irse a ese club a trabajar, además, ella esperaba a un hombre que se le montara encima como un animal y… — Mírame —volvió a ordenar con suavidad.
Ella levantó la cara, no veía nada por la luz del foco.
— Tienes unos ojos preciosos. No vayas a llorar, no te lastimaré.
— Lo siento —se disculpó ella cuando sintió dos lágrimas rodar por sus mejillas.
— ¿Por qué lo haces si no quieres?
Ella no contestó, no podía hablar de su “situación” con un cliente.
— Contéstame.
— Por dinero —contestó lacónica.
— Mentirosa —ella adivinó una sonrisa en la cara del hombre—, quiero la verdad.
— No puedo decirla.
— ¿Estás en contra de tu voluntad?
Ella bajó la cara, una tristeza infinita se dibujó en su rostro y sus ojos no pudieron detener las lágrimas que había intentado retener. Entonces sintió los pasos del hombre acercándose a la cama.
— Tranquila, no te lastimaré —la abrazó protectoramente—, no te haré daño, preciosa.
— ¿Quién es usted? —su corazón latía a mil por hora.
— Mírame.
Ella alzó la mirada y abrió los ojos como platos al verlo.
— Martín… —susurró lentamente.
— Me alegra que no me hayas olvidado —sonrió él comprensivo.
— ¿Qué haces aquí?
Ahora no sólo la tristeza la agobiaba, sino también la vergüenza y la culpa.
— Cuando huiste de casa te busqué, recorrí bares y prostíbulos, mis agentes dieron con tu hermana y ella me dijo dónde encontrarte.
— Es mi primera noche —se justificó.
— ¿Qué haces aquí?
— Mi hermana… ella debe mucho dinero en drogas y…
— Te vendiste por ella.
Ella se separó avergonzada.
— ¿Por qué no me lo dijiste?
— No quería seguir abusando de tu generosidad.
— Debiste hablar —ella no contestó.
Le tomó la cara entre sus manos y la besó suavemente.
— No debiste huir, sabes que puedo y quiero ayudarte.
Stephanie recordó el día que él la llevó a su casa. Era una noche de invierno, su padrastro estaba borracho y ella no quería estar ahí. Martín la vio y le ofreció un techo a cambio de sus servicios domésticos. Y fue con él. De eso hacía seis meses.
— ¿Quieres salir de aquí?
Ella se abrazó al hombre llorando como una Magdalena.
— No me gusta este lugar —sollozó.
— Lo imaginé, preciosa, tu no perteneces aquí.
— Pero mi hermana…
— Está conmigo en casa y ahora nos iremos nosotros.
— Leonardo no me dejará.
— Mis hombres lo están arreglando, el dinero compra todo.
Ella lo miró, él la besó siendo correspondido plenamente por la joven, él era su hombre, el único amor de su vida.
— Te amo, Stephanie, no vuelvas a irte nunca más de mi lado.
— Jamás…, perdóname —lloró la joven.
Él la besó y ahí, en ese cuarto rojo, él la hizo suya, suya para siempre.