lunes, 21 de agosto de 2017

Capítulo 14

Capítulo 14

Fuimos al Llacolén, una playa al sur de la ciudad. En realidad, no es una playa como se la conoce en todo el mundo. No, Esta es una playa llena de rocas, donde se forman piscinas naturales con ellas. El único problema es que está lleno de rocas piedras. No es una playa de blanca arena y mar turquesa. No. Pero es lindo. Es agradable. Se respira tranquilidad. Al menos en este tiempo de invierno, donde los únicos que están son algunos surfistas que aprovechan las olas de detrás de las rocas. En verano esto es un hervidero de carpas, pues muchos vienen a acampar. Así que era bueno disfrutar de este lugar casi en soledad. Es bastante grande, así que Daniel estacionó lejos de la caseta de los surfistas.
Nos bajamos y nos sentamos en una roca a contemplar el mar en silencio. Uno al lado del otro. Disfrutando de aquella paz que se respiraba en ese lugar. Necesitaba estar así. Apoyé mi cabeza en su hombro. Él apoyó la suya en la mía. Y seguimos callados. Mucho rato. No sé cuánto. El tiempo parecía algo irreal, algo inexistente. Podían ser diez segundos o podía ser una eternidad. No existía el tiempo para nosotros. Al menos para mí y sentía que también para él.
El sol daba una agradable tibieza. La brisa era fresca, pero no fría. El mar chocaba contra las rocas, retumbando en un poderoso sonido que no asustaba, más bien, calmaba las emociones. Era la naturaleza, sin haber árboles ni vegetación, en toda su expresión.
―No creí que fuera así ―comentó en voz baja, casi inaudible.
―¿Así cómo? ¿Así qué?
―Así. Esta playa. Pensé que sería una playa paradisíaca, como las de Mejillones. O por lo menos como la de Juan López. No me imaginaba una playa llena de rocas. ¿Y la gente se baña aquí?
―Sí, en el verano la gente se viene a acampar.
No respondió. Creo que se quedó pensando e imaginando esa escena. Era difícil de visualizar al verla así, tan apacible. Claro, había que tomar en cuenta que era invierno y día de semana en época de clase.
Mucho rato después, me apartó con suavidad y ladeó su cabeza para mirarme.
―¿Tienes hambre?
―La verdad es que no.
―¿Quieres un café?
―Sí, eso me gustaría, pero aquí no hay donde comprar.
Sonrió, Se levantó y me tomó la mano. En el maletero de su auto tenía un termo, unas tazas y unas galletas, saladas y dulces. Colocó música y nos sentamos en el maletero abierto a tomar nuestra bebida.
―¿Quieres saber de mí? ―me consultó.
―A eso vinimos, ¿no?
―Sí, pero estaba muy rico el silencio. Gracias.
―¿Gracias por qué?
―Por darme este tiempo. En el campo hay mucho silencio, ¿sabes? Silencio humano, no como aquí, que siempre hay bulla, gente, micros, autos, música...
―Tú quisiste venir aquí. ―Yo no entendía el agradecimiento.
―Yo sé que a las mujeres les gusta mucho hablar, sin embargo, te quedaste calladita, a mi lado, haciéndome compañía, estando a mi lado, sin pensar que estaba enojado por mantenerme en silencio.
―¿Y si te hubiera hablado?
―No me habría molestado, pero fue muy relajante disfrutar así, los dos, como dos seres que no necesitan hablar para sentirse juntos y acompañados. ¿No sentiste lo mismo?
―Exactamente así mismo sentí.
―¿Lo ves? Para mí fue muy especial, creo que siempre recordaré este día.
Dejé mi taza en el interior del maletero y me levanté para mirarlo de frente.
―Espero que esto no sea una estrategia del don Juan que llevas dentro.
Sonrió algo amargado.
―No, Cris, me gustas, no te he mentido ni te voy a mentir al respecto, pero también te he dicho que nunca he jugado con las mujeres, y créeme que no empezaría por ti. Me gustas como mujer, pero ¿sabes qué? Me gustas más como amiga. O, mejor dicho, me gustas como mujer y me encantas como amiga.
―Tu prima tenía razón.
―¿En qué?
―En que eres un gran amigo.
―Pero un mal hombre.
―No creo que seas un mal hombre, solo que sabes que eres mino.
Se rio con su risa particular y contagiosa.
―¡Yo no soy mino!
―¡Ay, Daniel! Sabes que sí.
―¿Eso es algo así como un "me gustas?
―¡No! ―Me reí con ganas.
Él me abrazó de los hombros.
―Me gusta verte reír.
No respondí y me abracé a él.
―¿Me vas a contar o no? Ni siquiera sé cuántos hermanos tienes. Apenas los conocí en el velorio de mi mamá y no tenía mucha cabeza para conocer a nadie.
―Igual me conociste a mí.
―Claro que sí, no te separaste de mí en ningún momento, así que no vale.
―No podía dejarte sola.
―Sí me di cuenta. Pero háblame de ti y de tu familia.
―Tengo tres hermanas y dos hermanos. Yo soy el mayor.
―¿Qué edad tienes?
―Treinta ―contestó como si nada y siguió hablando―. Mi mamá y mi papá son del sur, siempre lo han sido y si han salido del campo ha sido para pasear unos días, pero la verdad es que no aguantan mucho lejos de su rancho, como le llaman a su casa.
―¿Es lindo?
―¿El campo?
―Sí.
―Hermoso. ¿Conoces el sur?
―No he salido de Antofagasta.
―Entonces te sorprenderás. Así como cuando uno vive rodeado de vegetación no se puede imaginar el desierto, así mismo debe ser que quienes han vivido rodeados de la nada, no se pueden imaginar tanto verde.
―No me lo puedo imaginar, tu prima me decía que los cerros están llenos de árboles.
Sonrió de un modo muy especial.
―Así es. Yo tampoco podía imaginar cerros de tierra.
―¿Y ahora? ¿Qué opinas de este montón de tierra?
―Es distinto. Es extraño. Pero no deja de tener su encanto. Aunque si te soy franco, prefiero mi vegetación.
―Ya veré qué opino yo cuando esté allá.
―Espero que te acostumbres.
―Yo también. Ya, pero sigue contándome.
―Bueno, yo siempre he estado en el campo, trabajando con mi papá; al ser el mayor, tuve que hacerme cargo de muchas cosas, por lo que no pude seguir estudiando ―terminó bajando la voz.
―Yo terminé de estudiar y no saqué nada. Ya ves, estoy sin trabajo y más pobre que una rata.
―No digas eso.
Se levantó y me tomó la mano. Cerró el maletero, el auto y me llevó con él a la roca en la que habíamos estado antes.
―El campo es lindo; es duro, es difícil, pero la satisfacción que deja es impagable. La paz, la tranquilidad, el gozo de sentarme en la tarde, cuando está todo hecho, los animales guardados, las tareas listas, no tiene precio.
―A ti no te gusta el campo ―dije―. Lo amas ―agregué.
―Es cierto. No puedo decir simplemente que me gusta. Es mi vida completa.
Sus ojos brillaban al hablar del campo, era como si todo su ser respiraba la vegetación, como si ambos fueran uno solo.
―¿Te aburre escuchar de esto? ―me preguntó al percibir mi silencio.
―No, no, es que hablas con tanta pasión...
―Soy un hombre apasionado ―socarró.


¿Qué esperabas?

Capítulo 13

Nos dormimos pronto. Yo estaba cansada y Martina también.
Me desperté temprano, cerca de las seis de la mañana. En la cocina, como me lo esperaba, estaba Daniel, miraba la nada, como perdido en sus pensamientos.
―Buenos días, ¿pasa algo?
Él alzó la vista, sorprendido de verme allí.
―Hola, hola, ¿y tú?
―¿Pasa algo?
―No, no, nada.
―¿Seguro? No parece.
―Echo un poco de menos mi campo.
―Pareces fastidiado.
Me sonrió, pero fue una sonrisa cínica, hipócrita, no de mal modo, más bien para fingir que estaba bien. No fue una sonrisa real.
―Estoy feliz.
―No me mientas, Daniel, dime qué te pasa.
―Nada, Cris, nada, de verdad.
Volvió a bajar la cabeza. Me senté a su lado en la mesa.
―Dime, Daniel, ¿estás enojado conmigo?
Levantó su cabeza y sus ojos se detuvieron en los míos. Tomó mi mano y la acarició con suavidad.
―No estoy enojado contigo, Cris, ¿cómo crees?
―Pero algo te pasa. Y no me mientas.
―Es algo familiar ―explicó lacónico.
―Ah, bueno, disculpa, no quería entrometerme, disculpa, yo solo quería saber qué te pasaba, no pareces bien.
―¿De verdad te importa?
―Por supuesto, somos amigo, ¿o no?
Sonrió. Esta vez de verdad, pero de inmediato se puso serio.
―Mi mamá me llamó, a mi papá lo tuvieron que hospitalizar de nuevo.
―¿De nuevo?
―No te he contado nada de mi vida, ¿cierto?
―Nada.
―Bueno, ¿qué te parece si salimos y conversamos?
―¿Y Martina?
―Dijo que iba a salir hoy día.
Me imaginé que con Mauro.
―¿Y Miguel?
―¿Te importa mucho? ―me preguntó algo molesto―. Él sale cada día y nadie le dice nada.
―Debe tener cosas que hacer ―defendí.
―Claro, muchas cosas ―ironizó.
―Estás preocupado y eso te hace reaccionar así.
―¿Quieres un café?
―Sí, me dio un poco de hambre.
Me levanté y coloqué el agua, Daniel hizo lo propio con las tazas y al poco rato estábamos tomando desayuno.
―¿Y qué me dices? ¿Quieres salir conmigo?  Podríamos ir al Llacolén. Me dijeron que es una playa bien tranquila para relajarse.
―Sí, es muy tranquila ―respondió Miguel por mí, estaba en la puerta de la cocina.
―Buenos días, primo, ¿cuál es tu panorama del día? ¿Quieres ir con nosotros a la playa?
―Hace frío hoy día.
―No vamos a ir a bañarnos, vamos a ir a pasear.
―No, yo paso ―respondió pasando por mi lado para servirse una taza de café―. Tengo cosas que hacer.
―¿Qué tanto haces, primo, fuera de casa?
―Sabes que tengo negocios que cerrar para radicarme definitivamente en el sur ―contestó con sequedad.
―Entonces, Cris, tendremos que salir los dos solos. Si mis primos tienen cosas que hacer, no nos quedaremos aquí aburriéndonos como ostras.
―Claro, no tienen que quedarse en la casa, pueden salir a divertirse ―replicó Miguel, sarcástico.
―Muchas gracias por tu permiso ―respondió Daniel de igual forma.
Debo admitir que si hubiera tenido palomitas, la cosa hubiera estado más entretenida.
―¿Permiso para qué les estás dando, hermanito? ―Apareció en la cocina, toda despeinada, mi amiga Martina.
―Para salir, prima, es que como ustedes no van a estar en el día, no queremos quedarnos encerrados todo el día ―explicó Daniel al tiempo que se levantó para hacerle el desayuno.
―Ah, ¿y dónde van?
―Al Llacolén.
―Ah, y tú, ¿por qué no vas? ―le consultó a su hermano.
―Porque tengo cosas que hacer.
Asintió con la cabeza y se sentó cuando Daniel le entregó una taza de café y unas tostadas.
―Gracias, primo, siempre tan atento ―agradeció con algo de ironía.
―Me tengo que ir. Que les vaya bien.
Miguel salió de la cocina y se fue. Seguramente él se iba a cambiar ropa a su casa, porque todos los días andaba con algo diferente. Y a propósito de ropa, yo necesitaba lavar alguna para mí
―¿Qué piensas? ―me preguntó Daniel.
―En que tengo que lavar.
―Dejamos lavado antes de irnos si quieres; nadie nos apura a salir.
―Ya, porque me estoy quedando sin ropa para ponerme.
―En ese caso y poniéndolo así... Mejor no lavamos y espero. ―Levantó las cejas y me cerró un ojo.
―¡Oye! ―protesté.
―Primo, no te pases ―lo censuró su prima, con algo de burla.
―Yo solo decía ―replicó.
―Mira tú... Ya voy a decir yo ―se burló ella.
Yo me fui a la pieza y empecé a buscar mi ropa sucia para echar a lavar.
―¿Tienen algo que lavar? ―pregunté a mis amigos.
―No, mis hermanos dejaron todo lavadito antes de irse a San Pedro ―me contó Daniel.
―Yo tampoco, amiga, no te preocupes.
Empecé a separar la ropa y me topé con ropa de mi mamá. Eso fue un golpe, en cierto modo, no pensar en ella, me hacía sentir un poco menos sola, pero ver su ropa y que nunca más la iba a usar...
No lo pude evitar y me fui llorando al dormitorio. No quería que estuviera esa ropa ahí, quería que desapareciera o que ella volviera para ponérsela. Ese dolor era demasiado grande.
Sentí el abrazo contenedor de Daniel. No dijo nada. Solo me abrazó y quedó así. No me resistí. Lo necesitaba. El silencio era roto por mis sollozos y su respiración que era profunda.
―No me acostumbro ―confesé.
―Es muy pronto, preciosa, no ha pasado ni una semana.
―Parece que hubiera sido hace tanto tiempo y a ratos como si hubiera sido recién.
―Es normal, no te tortures, si tienes que llorar, hazlo, no te avergüences de tu dolor.
―Y tú querías salir.
―Quiero. Pero no hay apuro, ya te lo dije.
Me di vuelta y lo miré. Fue un momento muy íntimo a pesar de no haber contacto entre nosotros en ese momento. Lo miré largamente sin saber qué decir. Él no dijo nada tampoco, solo pasaba sus dedos por mechones de mi pelo. Ya no lloraba, pero sentía mis ojos pesados. Casi sin darme cuenta, me quedé dormida.
Cuando abrí los ojos, Daniel seguía allí.
―¿Cómo te sientes? ―susurró.
―Como papa.
Largó una risotada.
―¿Qué?
―Hinchada, me siento como si me hubieran apaleado.
Subió su mano hasta mi cabello y lo empezó a acariciar.
―Te ves horrible ―me dijo.
Yo sonreí.
―¿Tienes hambre? ―me preguntó.
―¿Qué hora es?
―Las doce.
―¡Las doce! Dormí más de dos horas.
―Casi tres para ser más exactos.
―¿Te quedaste todo el rato aquí?
―No. Tendí tu ropa, lavé la loza, hice un poco de aseo...
―Mentira.
―Sí, de verdad, quise quedarme a mirarte dormir, pero prefiero que salgamos y aproveché de adelantar las cosas mientras dormías.
―Ahora me siento más tonta.
―No tienes por qué.
―¿Y tendiste toda mi ropa? ―pregunté un poco avergonzada y bastante alterada.
―Sí, ¿por qué? ¿Te enojaste?
―No, no me enojo, pero ahí estaba toda mi ropa.
―Si te preocupa tu ropa interior, no te preocupes, tengo hermanas que también las usan y a las que no les gusta nada lavar ni tender su ropa y lo hago yo por ellas.
―Pero yo no soy tu hermana.
―Es igual, no soy un degenerado que se excita con la ropa interior femenina, solo la tendí.

Me dieron ganas de reír, pero solo esbocé una sonrisa. O eso intenté.

domingo, 20 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 12

El camino fue muy entretenido, Daniel se mostraba muy relajado y nos fuimos escuchando música y cantando, bromeando; por un rato debo decir que se me olvidaron mis tristezas. Al llegar, se estacionó fuera de un restaurant.
―¿Nos quedamos aquí? ―me consultó.
―Como quieras ―respondí de mala gana.
―Dime tú. ¿No te gusta?
―Es que parece que venden puros mariscos ―admití con vergüenza.
―¿Dónde quieres ir?
―No sé.
―Pero tú ya has venido antes.
―Es que la primera vez fuimos a uno que está cerca de la costanera y la otra vez vine después de almuerzo.
―Vamos a dar una vuelta y vemos otra parte, donde te tinque, me avisas.
―Bueno ―dije más entusiasmada.
Y nos fuimos a recorrer hasta que dimos con un local de comida rápida cerca de la plaza y después de comer nos fuimos a la playa a pasear. En su celular visitó la página de la ciudad y buscó los lugares turísticos, así que fuimos a ver las esculturas de dibujos animados y nos sacamos muchas fotos divertidas; seguimos camino al cementerio, un lugar precioso con tumbas muy originales; nos devolvimos por Av. Fertilizantes y viajamos por la orilla de la playa hasta que se detuvo para quedarnos a mirar el atardecer que se veía genial. Mejillones es una ciudad especial para disfrutar de la puesta de sol.
―¡Qué lindo! ―comenté.
―Gracias ―respondió Daniel burlesco.
―Tonto. No tú.
Él me abrazó y se puso casi detrás de mí, mirando el atardecer así hasta que el sol se ocultó.
―¿Vamos? ―susurró en mi oído.
―Sí ―contesté sin muchas ganas, no quería volver.
Me dio la vuelta y con sus manos en mis hombros, buscó mi mirada.
―¿Qué pasa? ―me preguntó con dulzura.
―Nada, es que hoy fue un lindo día y no quiero que termine.  
―Me gustó verte reír y que olvidaras un poco tus problemas.
―Sí, de verdad estuvo muy entretenido. Muchas gracias.
―No tienes nada que agradecer, Cris.
Abrazados, caminamos hasta el auto y me llevó a un carrito donde compró unas sopaipillas y un café. Nos sentamos en el auto a comerlo. Hacía mucho viento, así que yo tenía frío y esa comida estaba exquisita.
―Ahora sí, volvamos a Antofagasta. Mis primos al parecer todavía no llegan, porque no me han escrito ni han llamado para saber dónde estamos.
―O a lo mejor ni les interesa.
―No digas eso.
Echó a andar el auto y nos fuimos por la orilla de la iglesia para llegar a la salida de Mejillones. Un camino que podría haber sido triste si no hubiera sido porque Daniel colocó música alegre y otra vez nos fuimos cantando y bromeando. Él era muy alegre y su alegría contagiaba a quien estuviera cerca, incluso a mí que mi tristeza se mitigaba estando con él.
Llegamos a la casa y estaba todo oscuro. Daniel tenía razón, no habían llegado. Por lo menos a mi casa, porque quizás podrían estar en su propia casa.
―¿Vamos al súper a comprar pan? ―me preguntó antes de bajarnos del auto.
―Bueno.
―Sí, porque si no han llegado ni han llamado, a lo mejor ni vienen a tomar once.
―Pero nosotros comimos en Mejillones.
―Si a ti te alcanza con una sopaipilla, bien por ti, pero a mí, no. Así que, ¿vamos o no?
―Sí, vamos, no creo que me alcance con una sopaipilla para toda la noche ―admití.
El supermercado estaba casi vacío, así que nos demoramos la nada misma en ir y volver, pero esta vez, ya había luz en la casa.
―Creo que llegaron ―comentó Daniel.
No contesté. Solo sonreí y asentí con la cabeza.
Era Miguel el que estaba en la casa.
―¿Y ustedes?
―Andábamos en el súper ―contestó Daniel y enseñó la bolsa que traíamos.
―Ah. ¿Y la Martina?
―No está, no ha vuelto desde la mañana.
―¿Todavía no vuelve? ¿Avisó que se iba a demorar?
―A mí me mandó un mensaje que se iba a quedar a almorzar con sus amigas.
Miguel sacó su celular y marcó el número de su hermana. Se apartó para hablar con ella.
―La van a venir a dejar en un rato más ―informó―. ¿Tomaron once?
―No, por eso fuimos a comprar pan. ¿Y tú?
―No ―respondió lacónico.
―Vamos entonces, hace frío.
El ambiente, no sé si era idea mía o no, se notaba incómodo, como que Miguel seguía enojado, pero quería aparentar que todo estaba bien.
―¿Y cómo te fue con las entrevistas? ―preguntó mi amigo a su primo al rato.
―Mal. O bien. Ninguna era apta.
―No eran aptas o tú no las querías trabajando contigo ―dijo sardónico.
―No, en realidad, ninguna se quería ir, pensaban que era algo así como un paseo al campo; la única que sí quería irse pensaba que podía conquistar al dueño del fundo para quedarse con todo.
―¿Te lo dijo así?
―No, pero me preguntó todo el tiempo qué tan grande era el fundo, qué cosas había, cómo era como empresa y luego, me preguntó si yo era el dueño, yo le dije que era mi papá, y ¿me creerás que me preguntó si yo tenía mamá?
―¿Así de franca? ―Se sorprendió.
―Así. Y yo le dije que sí, que estaban felizmente casados y me preguntó si yo estaba casado también y cuando le dije que no, pero que estaba enamorado, me dijo que no era celosa. ―Largó una de sus risotadas―. Se creía la Scarlett Johanson.
―¿Y estás enamorado, primo? ―interrogó desviando su mirada hacia mí.
Daniel no contestó. Se volvió a reír y se levantó para recoger las tazas de la mesa. Yo también me levanté y tomé mi taza, Daniel se puso a lavar la loza y yo la sequé. Martina llegó cuando estábamos terminando.
―Hola a todos, ¿cómo están? ―dijo muy alegre―. ¿Cómo les fue?
―Bien ―se apresuró a contestar Miguel.
―¿Me echaron de menos?
―Ufff, prima, no sabes cuánto.
―¿Ah, sí? ¿Qué hicieron todo el día sin mí?
―Tu amiga me llevó a Mejillones
―Oh, que entrete, yo hace un montón de tiempo que no voy.
Miguel me miró como si quisiera matarme con su mirada.
―Podríamos ir antes de volver al sur, es una ciudad muy bonita, yo no la conocía.
―¡Sí! ―gritó Martina alargando mucho la palabra.
―Yo no creo que pueda ir ―dijo Miguel, molesto, aunque no lo quisiera reconocer.
―¿Qué te pasa? ―le preguntó Martina.
―Nada ―contestó y salió de la cocina.
Yo bajé la cabeza, a lo mejor se había enojado conmigo por haber ido a Mejillones con su primo.
―¿Qué le pasó? ―nos preguntó Martina en voz baja.
Daniel se encogió de hombros, tan sorprendido como su prima.
―Está enojado conmigo ―respondí y me fui al baño. No iba a llorar enfrente de todos.
No lloré. Me aguanté. Pero sí tomé una decisión y salí del baño. 
―¿Cómo estás, amiga? ―me preguntó una preocupada Martina.
―Bien, bien.
―¿Segura? ―Daniel se acercó y me tomó la mano.
―Sí.
―No se nota ―se burló con ternura, si seguía así, me iba a hacer llorar―. ¿Por qué no te vas a acostar? Estás cansada, hoy fue un día de mucho ajetreo.
―No tienen que quedarse ―le dije con la voz algo quebrada.
―¿Qué? ¿Quieres que te dejemos así?
―No es problema de ustedes.
―Amiga, no estás bien todavía ―intervino Martina.
―No te preocupes, tengo que aprender a superar esto yo sola.
―¿Quieres que te dejemos sola? ―inquirió Miguel.
―No quiero que se sigan sacrificando por mí, si ustedes no hubieran estado, yo habría tenido que pasar por eso sola. Agradezco que hayan estado a mi lado, pero debo aprender a seguir sola.
―Cris, mírate cómo estás, no...
―Si ella quiere estar sola, ¿quiénes somos nosotros para contradecirla? ―interrumpió Miguel a su primo.
―Yo no puedo dejarte así. Lo siento, pero ya te dije que no te puedo dejar sola.
―Puedes. Y lo harás. Ya oíste a tu primo, no me contradigas. ―Le sonreí, pero creo que salió más una mueca llena de dolor.
Daniel me abrazó con fuerza, yo no quería eso, yo no quería llorar. Quería dormir y despertar y que todo hubiera sido un mal sueño. Levantarme y correr a ver a mi mamá a su pieza y que ella estuviera allí, acostarme con ella y contarle mi sueño y que se riera y me dijera que ella no se iba a morir y que si soñaba con Miguel era porque los amores platónicos nunca se olvidan, pero si no se concretan, hay que abrir el corazón a los otros, a los reales.
El aroma de mi mamá volvió a impregnar todo como la otra noche, cuando estaba con Miguel en la cocina. El llanto no se hizo esperar y Daniel me abrazó más fuerte.
―Está bien, Cris, llora, te hará bien.
No duró mucho, al poco rato ya estaba calmada.
―Me voy a acostar, váyanse nomás, debes estar cansado también tú.
―Yo no me puedo ir porque es mi colchón el que está aquí en tu sala ―dijo divertido y sin malicia.
―Amiga, yo no te quiero dejar sola ―aseguró Martina.
―No quiero parecer malagradecida, pero no quiero que se sientan obligados.
―Yo no me siento obligada, además, tenemos que conversar. Tengo cosas que contarte.
―Bueno, pero si no se quieren quedar un día, solo tienen que decirlo, ¿ya?
―Claro que sí. ―Daniel me dio un beso en la frente. ―Si necesitas algo, lo que sea, me avisas, ¿ok? y me despiertas, a la hora que sea.
―Gracias.
Puso cara de censura, pero luego sonrió.
―Buenas noches, Cris, que descanses. Buenas noches, prima ―se despidió de ella revolviéndole el pelo con la mano―. Y no seas muy curiosa, no hagas muchas preguntas.
―Buenas noches, primo, yo nunca he sido copuchenta.
Daniel se rio, su sola risa me hacía reír, era tan particular, que contagiaba todo. Le di un beso en la mejilla y me fui a acostar, seguida por Martina. Su promesa no fue para nada cumplida, en cuanto llegamos a la pieza, me llenó a preguntas.
―Ya, cuéntame, ¿cómo fue eso de que estuvieron en Mejillones? ¿Cómo se portó mi primo? ¿Te siguió molestando? ¿Pincharon? ―apostilló emocionada.
―Cálmate. ―Me reí―. Menos mal que no eras copuchenta ―me burlé.
―Ya, pero cuéntame.
―No hay nada qué contar. Simplemente cuando llegó, me dijo que ustedes no iban a venir a almorzar y me propuso ir a Mejillones. Fuimos, almorzamos, paseamos, volvimos, compramos pan. Eso.
―¿Nada más?
―Nada más, Martina, ¿qué más puede haber?
―Ay, amiga, tú sabes que mi primo te tiene ganas.
―¡No digas eso!
―Pero si es la verdad.
―Tu hermano...
―Mi hermano es un idiota. Él no quiere jugársela por ti, si lo hiciera, mi primo no estaría ganando terreno.
―Tampoco es tan así.
―Así y más, no sé qué le pasa a mi hermano que no quiere estar contigo, ¡hasta te contó lo del incendio! No entiendo, te juro que no entiendo. Sabes todo de él y lo aceptas, no entiendo cuáles son sus traumas para no querer estar contigo.
―Bueno, eso ya da lo mismo, si él no quiere estar conmigo, no quiere nomás, no tengo na’ que hacer ahí.
―Pero tampoco te pongas así.
―Mira, tu hermano fue mi amor platónico y si él no quiere estar conmigo, mejor que sea ahora y no cuando a lo mejor terminemos mal, enojados o que incluso tú y yo terminemos mal. Así que mejor dejarlo así.  
―Bueno, si tú lo quieres así, así será.
―Es lo mejor, amiga. ¿Y tú? ¿Con quién anduviste todo el día?
―Primero salí con la Rebeca, nos juntamos en el Café del Centro y ahí, cuando ya me iba a venir, me encontré con Mauro, ¿te acuerdas de él?
―¿Cómo no acordarme? Te la pasabas hablando de él y cuando se pusieron a pololear, fue peor. Y peor cuando terminaron.
―No terminamos, amiga.
―No. Pero fue casi lo mismo.
―Casi, pero no. Ninguno de los dos quería separarse, pero yo me iba a ir al sur y él se iba a quedar estudiando aquí. No podíamos seguir.
―¿Y nunca volvieron a tener contacto? ¿Nada?
―No ―respondió con mucha tristeza y algo de rabia―. Yo no quería irme, mucho menos porque mi mamá se iba a morir y quería morirse en su tierra y yo no quería irme de aquí, así que por eso cambié el celular y no tuve ningún contacto con ninguno de ustedes.  Estaba tan frustrada en ese tiempo... ¡Toda mi vida estaba aquí! Mis amigos, mi pololo, mis estudios.
―Pero estudiaste allá...
―No. No seguí mis estudios. Me dediqué a gastar, a vivir... No ha sido fácil, ¿sabes? Yo odiaba el campo. Lo odié cuando mi hermano se accidentó, lo odié cuando mi mamá se murió, lo odié cuando el tío quedó en silla de ruedas después que se cayó de un caballo.
―¿Qué tío?
―Mi tío, el papá del Daniel. Se cayó del caballo y quedó en silla de ruedas. Fue hace como seis meses.
―¿Todavía no te acostumbras a vivir allá?
―Nunca me voy a acostumbrar ―replicó con rabia.
―Entonces, ¿por qué vienen a vender la casa? Si tú no te quieres quedar allá...
―Mi hermano no se quiere venir. Yo lo entiendo igual, todo es más fácil si él está allá, pero igual, él y yo no tenemos el mismo punto de vista de las cosas.
―Pucha, amiga, no sabía que estabas así, yo creí que estabas feliz allá.
―Infeliz no soy, allá tengo a mi hermano y la única familia que me queda.
―No sé qué decirte, amiga, de verdad, es como re complicado.
―Pero si tú te vas con nosotros será más fácil para mí estar allá.  

No supe qué decir, esperaba que mi estadía en el sur no terminara siendo una carga.

¿Qué esperabas?

Capítulo 11

―Tengo que volver a Antofagasta ―anunció Miguel interrumpiendo mi abrazo con Daniel.
Ninguno de los dos contestamos, simplemente caminamos hasta el auto sin soltarnos del todo. Yo necesitaba apoyo y Daniel estaba dispuesto a dármelo.
Solo la música del auto hacía que el silencio no fuera tan desagradable en el camino de vuelta. Daniel y yo nos fuimos en el asiento trasero, separados, sin embargo, no soltó mi mano en todo el camino. En cuanto llegamos a la ciudad, nos bajamos solo los tres, Miguel se fue de inmediato, ni siquiera entró a la casa.
Martina se entró a bañar y nosotros fuimos a comprar el pan y algo para la noche. Extrañamente, Daniel no hizo amago alguno de tomar mi mano ni nada.
―Perdóname ―me dijo deteniéndose luego de salir del almacén.
―¿Qué te tengo que perdonar?
―No debí preguntarte si ya te habías decidido de irte al sur delante de Miguel, él se enojó contigo y...
―No es tu culpa.
―Sí, yo no debí decir nada; de otro modo, estarían juntos ahora.
―¿Juntos? Él no quiere estar conmigo, Daniel, ¿no lo ves? Si quisiera, lo estaría, pero cualquier excusa es buena para alejarse.
―¿Qué harás?
―Irme. Seguir mi vida y seguir mis planes. A no ser que tú te estés arrepintiendo, mal que mal él es tu primo y yo soy una desconocida ―acoté con algo de miedo.
―Claro que no. Mi palabra sigue en pie. Soy un hombre de palabra.
―No con las mujeres ―ironicé.
―Nunca le prometí nada a nadie algo que no cumpliría. A todas les quedó bien claro desde un principio que solo sería una aventura, pasar un rato, nada más. Si alguna se hizo ilusiones, no fue porque yo las provocara. Aunque te digo sinceramente que no he visto a ninguna llorando por mí, dudo que alguna se haya enamorado de mí.
―¿Y tú nunca te has enamorado?
―Creo que no.
―¿Crees?
―Creo. Una vez me gustó mucho más una chica que todas las demás, pero ella jugó conmigo. Igual no creo que estuve enamorado, porque no me duró mucho el “sufrimiento” por ella y en realidad era solo gusto, así que me di cuenta muy pronto que no fue amor. Ahora ya no estoy seguro de nada. No sé lo que es el amor, pero lo que siento ahora creo que se le parece mucho.
―¿Y se puede saber quién es la afortunada? Bueno, da lo mismo. ―Me reí―. Igual no conozco a ninguna de tus amigas, y supongo que no es la rucia fea.
―A esta sí la conoces. Está parada justo frente a mí.
―Daniel ―rogué.
―No te preocupes. Tú preguntaste, yo respondí.
―No quiero hacerte daño.
―¿Me has prometido algo? No. Así que no te preocupes. Tú nunca me has dado esperanza, soy yo el que se ilusiona solo, tal vez es el karma y me lo merezco ―admitió con una sonrisa.
―No mereces sufrir ―afirmé.
―Tal vez, pero sé que aunque no lo busqué,  a lo mejor, sin querer, dejé a más una mujer con el corazón roto, quizás es hora de que me toque a mí ―aceptó algo avergonzado.
―No es así, ya ves, yo no he hecho sufrir a nadie y ambas cosas me están pasando justo ahora.
―Lo único que espero es que no te arrepientas de irte.
―No. Si a Miguel no le gusta, es su problema, no mío ―afirmé con decisión.  
―¿Estás segura?
―Hoy día me di cuenta que no podría quedarme sola en mi casa.
―Entonces, que Miguel se joda si no quiere que te vayas, yo no te voy a dejar sola aquí en esta ciudad.
―Gracias.
―Deja de darme las gracias por todo.
Me abrazó de los hombros y así volvimos a la casa sin decir una sola palabra más. Poco rato después, mientras preparábamos la once, llegó Miguel. Apenas me saludó.
Nos sentamos a tomar once los cuatro juntos.
―¿Estás enojado conmigo, Miguel? ―lo enfrenté ya al terminar y cuando Martina y Daniel salieron de la cocina.
―No, ¿por qué?
―Estás enojado ―insistí.
―No.
―Se te nota.
―Para nada, son ideas tuyas.
―¿Estás enojado porque me voy al sur con Daniel?
―No, Cristina, no estoy enojado, menos contigo y mucho menos porque te vas. No tengo razón para enojarme contigo por eso, eres libre de hacer lo que quieras. No veo por qué tendría que enojarme.
Salió de la cocina y se fue directo a la sala donde se encontraba su hermana y su primo. Yo lo seguí, pero ya no me hizo caso. Esperé un rato a ver si me decía algo, pero nada.
Bajé la cabeza y me mordí el labio para no gritar. Daniel me miró sin saber muy bien qué hacer, creo que tenía miedo a hacer algo y que Miguel se enojara más todavía conmigo.
―Voy a acostarme, estoy cansada ―dije―. Buenas noches.
―Buenas noches ―se despidieron los tres.
Me acosté y me dormí enseguida. Ni siquiera tuve tiempo a pensar, lo que estaba muy bien para el momento. Aquella noche debo haber estado muy cansada o no sé, pero desperté cerca de las diez. No había nadie en la casa. Dejaron una nota avisándome que Miguel había tenido que salir, Daniel iba a las entrevistas y Martina se juntaría con unas amigas a desayunar.
Había quedado sola.
Nada más que por un rato.
Pero sola.
Entonces supe que no podría quedarme viviendo sola en esa casa cuando ellos se fueran definitivamente de la ciudad.
Quise ir a la pieza de mi mamá a acostarme con ella, pero sabía que ya no estaba allí y la verdad es que tampoco me atrevía. Aun así, ¡la necesitaba tanto! Ella sabría darme el consejo oportuno, tendría la palabra justa. Pero no estaba. ¿Por qué tenía que pasarme esto justo ahora? ¿Por qué cuando venía una, venían todas juntas? Esperaba que las malas cosas pararan de una buena vez.
Me fui a la cocina y supuse que Daniel, ¿quién más haría una cosa así?, me dejó preparada mi taza, el pan, un pastel y una flor de papel. Me serví el desayuno a pesar de no tener ganas de comer. Al terminar, no supe qué hacer. Así que me puse a hacer un aseo profundo en la casa. Dos horas más tarde, tenía todo listo. No sabía si iban a venir a almorzar, de todos modos, decidí hacer algo para todos, pero justo cuando salí a comprar y antes de llegar a la esquina, me topé con Daniel.
―¿Cómo te fue? ―le pregunté interesada.
―Bien. O mal. No sé muy bien. Resulta que ninguna estaba dispuesta a irse a trabajar al sur, ellas pensaban que el trabajo era una especie de paseo.  
―¿De verdad? ―inquirí incrédula.
―Y una de ellas quería ver si podía quedarse con el dueño del fundo. ―Largó una risotada propias de él.
―¿Y? ¿Siquiera era bonita?
―Hermosa ―respondió fingiéndose enamorado.
―Mira tú, ¿y por qué no te la llevaste contigo?
―Porque no creo que le guste a mi mamá que llegue una tipa a querer conquistar a mi papá. ―Volvió a largar su típica risa.
―Loco. ―Me reí con él, su risa era muy contagiosa.
―¿Y tú? ¿Qué tal tu mañana?
―Sola, triste y abandonada.
―Yo te iba a llevar, pero Miguel dijo que quizás necesitabas descansar, que te dejáramos dormir.
―Me desperté re tarde.
―¿A qué hora es re tarde?
―Como a las diez.
―Buuu ―reclamó―. Yo me fui como un cuarto para las diez. Te hubiera esperado.
―Pero no importa, aproveché de hacer aseo general en la casa. Estaba todo desordenado.
―Yo te hubiera ayudado.
―¿Me vas a decir que haces las cosas de la casa?
―¿Por qué no? ¿Me vas a decir que tienes problemas con que un hombre haga las tareas hogareñas?
―No, claro que no, pero...
―Pero no estás acostumbrada. ¿Qué clase de hombre has conocido?
―Ya lo sabes ―contesté y me encogí de hombros.
―Bueno, ¿a dónde ibas?
―Iba a comprar algo para hacer almuerzo.
―¿Y por qué mejor no vamos a comer fuera?
―¿Y la Martina y el Miguel?
―Ellos no van a volver en todo el día.
―¿Y qué quieres hacer?
―No sé, dime tú qué podemos hacer.
Me tomó del brazo y volvimos a la casa.
―Que linda dejaste la casa ―me halagó―. Debes estar cansadísima.
―No, ni tanto.
―¿Quieres ir a Mejillones?
―¿A Mejillones?
―Sí, podríamos almorzar allá y volver a la noche, ¿te tinca?
Yo dudé un rato, porque Miguel me había llevado para allá y ahora ir con Daniel...
―Yo no conozco, por eso quería ir, pero si no quieres, no hay problema ―me dijo como restándole importancia.
―No, no. Vamos. Yo he ido solo dos veces, pero igual conozco más que tú ―dije con tono burlesco.

―Así me gusta. Vamos altiro, porque si no me va a dar hambre en plena carretera.

sábado, 19 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 10

Miguel se tuvo que ir a sus cosas después de almuerzo. Nosotros nos fuimos a la casa, yo estaba cansada y quería acostarme. Además, estaba triste. Miguel había conversado muy cordial, nos reímos y todo eso, pero en forma personal, no dirigió su atención hacia mí en ningún momento. Como si no hubiese pasado nada entre él y yo. Daniel intentaba subirme el ánimo y Martina creo que no sabía muy bien lo que hacer, me dio la impresión de que le molestaba la actitud de su hermano y a la vez, no le molestaba tanto la actitud de su primo.
―¿Miguel no te dijo nada? ―me preguntó mi amiga por la noche.
―No, no, ¿por?
―Porque pensé que podría haberte llamado, haber hablado contigo, por último los dos solo, cuando nos adelantamos con Daniel.
―No, no me dijo nada. De hecho, cuando se fueron para adelante, él se apartó de mí.
―¡Pucha, oh! Es mi hermano, pero es más tonto.
―A lo mejor no le gusto.
―¡Por favor! Él está enamorado de ti hasta las patas.
―¿Y qué saco si nunca ha querido estar conmigo?
Martina no dijo nada, estaba segura que no le gustaba lo que hacía su hermano, pero era su hermano.
―Voy a tomar un poco de agua ―le dije levantándome.
En la cocina estaba Miguel sentado en la mesa con una taza de café en las manos.
―¿Y tú? ―le pregunté.
―No podía dormir, ¿y tú?
―Nos quedamos hablando con la Martina y me dio sed.
―Tanto copuchar ―se burló.
―Claro ―accedí son una falsa sonrisa.
Saqué un vaso y lo llené de agua, cuando me di la vuelta, estaba detrás de mí, por lo que choqué con su duro pecho.
―¡Miguel!
―Quiero besarte ―musitó.
Yo no dije nada, solo ofrecí mis labios que anhelaban lo mismo también.
―Cristi, te eché mucho de menos hoy día.
―No se notó ―le reproché casi sin enojo.
―Lo sé, es que tú sabes, no quiero que lo sepan todavía.
―Lo saben y creo que lo sabían antes que nosotros mismos.
―¿Qué quieres decir?
―Ellos saben lo que pasa entre nosotros.
Bajó la cabeza.
―¿Por qué no quieres estar conmigo? ―pregunté algo triste sin estar segura de querer oír la respuesta.
―Yo quiero estar contigo ―aseguró.
―Pues no se nota, primo ―afirmó Daniel desde la puerta de la cocina―. Si yo fuera tú, te aseguro que gritaría a los cuatro vientos que estoy con ella.
―Tú no entiendes ―replicó Miguel.
―No, no entiendo que quieras ocultar tu relación con una mujer que no lo merece.
―No tienes idea de nada, Daniel, no te metas.
―¿Me vas a decir que ella merece que la oculten, que la traten como a una amante, a escondidas, como si tuvieras otra mujer?
―No digas estupideces ―masculló Miguel entre dientes.
―¡Entonces! ¿No crees que ella necesita ser tratada con un poco más de respeto?
―Yo la respeto, siempre lo he hecho.
―Llevarla lejos para besarla o hacerlo a escondidas en una cocina, ¿es respeto?
―¿Qué pasa aquí? ―Encima, llegó Martina.
Quise que la tierra me tragara.
―Nada ―se apresuró a responder Miguel.
Daniel me miró a mí, yo negué con la cabeza, no quería más problemas, mucho menos que se pelearan entre ellos por mi culpa.
―Nada, prima ―contestó Daniel con evidente frustración―. Me voy a acostar. Buenas noches.
―Buenas noches ―repetimos a coro.
―¿Qué pasó? Y no me mientan ―ordenó mi pelirroja amiga con firmeza.
―Ya te dije que nada ―respondió Miguel otra vez.
―Amiga, ¿tú también me vas a decir que nada?
―Nada que valga la pena, amiga ―contesté y pasé por el lado de ambos para irme a mi pieza.
Quería llorar, gritar, tirar todo lejos. No entendía los motivos de Miguel, no entendía por qué quería mantenerme oculta si ya ellos sabían lo que ocurría entre los dos. Sacudí la cabeza, no quería que las palabras de Daniel hicieran mella en mí. No. Pero quería entender su afán de esconder lo nuestro.
Me dormí y Martina no llegó a dormir, se debe haber quedado conversando con su hermano hasta muy tarde, porque cuando desperté ambos dormían y Daniel no estaba.
Me fui a la cocina y vi que la tetera estaba caliente y las tazas listas para servir, pensé que había ido a comprar pan, así que le eché azúcar a la taza mía y lo esperé. No por mucho, pues pronto llegó con el pan y unos pastelitos.
―Buenos días, Cris, ¿cómo amaneciste? ―me saludó con un beso en la cabeza.
―Bien, gracias, ¿y tú? Te levantaste muy temprano.
―Sí, sí, ya sabes, la costumbre. ¿Cómo te sientes?
―Bien, mucho mejor que ayer, al menos.
―Me alegra oír eso. Hay que despertar a los otros. Se supone que hoy sí vamos a ir a Juan López.
―¿De verdad?
―Sí. Ayer no pudimos ir, pero hoy sí.
―Ya, yo despierto a la Martina.
―Y yo a Miguel ―ofreció.
Muy pronto, los cuatro tomábamos desayuno como si nada hubiese ocurrido la noche anterior. Cerca de las diez, salimos rumbo al balneario Juan López. Paseamos por los alrededores y fuimos a las playas cercanas a mirar, hacía demasiado frío como para bañarse. Martina y Daniel nos dejaban mucho tiempo a solas con cualquier pretexto, sin embargo, Miguel no parecía darse cuenta o no parecía importarle.
A la hora de almuerzo nos fuimos a un restaurant del balneario y con Martina fuimos al baño.
―¿Y? ¿Cómo ha andado hoy mi hermano? ―me preguntó.
―No sé, bien, igual que siempre.
―Pero, entonces, ¿nada de nada?
―Como amigos.
―¡Uuuyyy! ¡Que me da rabia! ―protestó.
―Déjalo, sus razones tendrá, además, no quiero echar a perder el día.
―Bueno, sí, es verdad eso, es mejor que andemos bien.
―Sí, es mejor.
A pesar de decir aquello, siguió protestando por su hermano por un buen rato.
Al volver, los ánimos habían cambiado. Al parecer, los hombres también habían conversado y el ambiente estaba algo tenso.
―Cris, ¿y has decidido algo ya o todavía no? ―me preguntó Daniel al rato, rompiendo el tenso silencio que se había creado.
―Creo que me iré al sur, no tengo nada más que hacer aquí ―contesté muy insegura.
―¿Estás segura? ―interrogó Miguel, casi cuestionándome, parecía algo sorprendido, nervioso... o descontento.
―Sí, Daniel me ofreció quedarme en su casa... y también me ofreció trabajo.
―Sabes que si te quedas en el puesto puedes vivir en mi casa el tiempo que quieras, no tendrías que irte.
―¿Todavía no consigues secretaria, primo? ―consultó Martina.
―Tengo un par de interesada, mañana las entrevistaré, así que si Cristina está decidida, las recibiré como una formalidad, para no dejar esperando a las postulantes sin entrevista, además, entre ellas, puedo escoger a alguien que le ayude a Matías.
―¿Le vas a poner secretaria a Matías? ―se sorprendió Miguel.
―Sí, cada vez hay más trabajo y Sonia siempre tenía que ayudarlo, lo que hacía que me dejara solo a mí en la oficina ―explicó―. Sonia era mi antigua secretaria―me aclaró y yo asentí con la cabeza, ya había supuesto quién era esa tal Sonia.
―Así que ahora Cristina será tu nueva secretaria ―repuso Miguel.
―Ajá, si ella quiere.
―Y vivirá en tu casa.
―Por supuesto, como Sonia. No creo que sea conveniente que se quede sola en alguna de las casas de los empleados y mucho menos en la cuadra.
―¿También la acosarás? ―preguntó de frentón y con clara molestia.
Yo aguanté la respiración.
Daniel no contestó a la pregunta de Miguel, pero desde ese momento en adelante, las cosas se pusieron más tensas todavía y Miguel ya no quiso volver a caminar conmigo, cuando Daniel o Martina se adelantaban, él se alejaba de mí. Yo quería volver a la casa. El ambiente era demasiado incómodo. El primo de mis amigos notó mi desasosiego y se acercó a mí.
―¿Quieres irte? ―me consultó en un momento en el que quedamos solos porque Miguel y su hermana se adelantaron a nosotros. .
―No ―mentí.  
―¿Te ha dicho algo mi primo?
Lo miré con cara de pocos amigos.
―No te enojes, pensé que podría haberte pedido disculpas.
―Parece que tuviera la peste para él.
―No digas eso.
―Es la verdad, Daniel.
―¿Es verdad que tienes peste? ―preguntó divertido.
―¡Daniel! ―le grité y le pegué un manotazo.
Me abrazó del cuello de un modo fraternal y algo rudo.
―Ya entenderá, niña, no te preocupes, no creo que pueda resistirse mucho más a estar lejos de ti ―me dijo en el oído y me dio un beso en la cabeza.
Yo no pude evitarlo y me refugié en él. Tenía mucha tristeza, en momentos así, la ausencia de mi mamá se hacía más difícil; si estuviera todavía conmigo, lloraría en su regazo y me daría el consejo preciso.