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sábado, 10 de abril de 2021

31: ¿Abril?

 La mujer de Carlos se mostró muy agradecida y avergonzada, no sabía cómo me podría pagar lo que había hecho. Debo ser honesto en que no quise leer la mente de esa mujer, ya estaba harto de meterme en las cabezas ajenas y me imaginé que la de ella era un caos. Luego de repetirle que no hacía falta ningún pago y que ya no debería preocuparse de su exmarido, comenzó la preocupación por su hijo y el trauma con el que quedaría.

―Puedo hacer que eso cambie ―le ofrecí.

―¿Cómo?

―Puedo quitar los malos recuerdos de su padre e implantar nuevos, ya sea que nunca estuvo con ese hombre como padre y tú fuiste madre soltera, o que su padre fue bueno con ustedes, pero se fue, se murió o algo así.

―Tiene tres años, ¿no recordará su vieja casa?

―Tiene tres años, en un tiempo más ya no tendrá recuerdos, solo las sensaciones y las emociones vividas.

―En ese caso, no quiero que tenga buenos recuerdos o emociones de un hombre que nunca hizo nada por nosotros.

Puse mis manos sobre la cabecita del niño que lloraba sin saber muy bien por qué. Primero, lo dormí, luego quité cada recuerdo de Carlos de su cabeza, la verdad es que los pocos recuerdos que tenía de él, o eran malos, o eran de indiferencia.

―Entonces, él creerá que siempre fueron solo los dos, para la próxima vez, mira bien a quien entregas tu corazón.

―Yo nunca le entregué mi corazón, ni nada, mi padrastro perdió una apuesta en la que yo era la prenda.

―¿Dónde está tu padrastro ahora?

―En algún bar de mala muerte, como siempre.

―Bueno, tú no te preocupes, aquí estarás tranquila con tu hijo. ―Saqué una de mis tarjetas de visita y mi lápiz para anotar un número―. Toma, te dejo mi número por cualquier cosa, si yo no puedo venir, al reverso está el número de un amigo, llámalo de mi parte. Si él no puede venir, seguro enviará a alguien.

―Gracias.

Tomó mis manos, primera vez que me tocaba y grande fue mi sorpresa al sentir un escalofrío recorrer mis brazos. No solo su pasado se abrió ante mis ojos sin yo quererlo, también al menos una de sus vidas pasadas. Esa mujer, pobre, violentada y con la autoestima por el suelo era Abril, la hija de Livia, a la que crie como mi propia hija y a la que le daba asco ser la hija de la sirvienta. ¿Qué había hecho en sus vidas pasadas para acabar así? ¿O es que sí había tomado malas decisiones en esta vida? No, era demasiado joven para haber cometido errores por sí misma, mucho más si quienes la debían proteger la habían entregado a un bastardo.

―No te preocupes, nada les faltará, ni a ti ni al niño. Yo me haré cargo de todo.

―¿Cómo lo haré para ir a trabajar? Allá dejaba al niño con una vecina.

―No te preocupes, ya te dije que nada les faltará, no debes volver a trabajar, te harás cargo de tu hijo y yo me haré cargo de los dos.

―Eso no es correcto.

―Créeme que es lo correcto para mí.

―¿Tendré que…?

―¡No! ¿Cómo crees que te quiero como mi amante? Te acabo de rescatar de un malnacido que creía que tú eras un objeto de comprar y vender. No, quizá no lo parezca, pero tú eres como una hija para mí.

Ella se sorprendió, pero no dijo nada, no fue capaz de articular palabra alguna.

Salí de esa casa y me fui directo a buscar al maldito de su padrastro. Yo también fui padrastro de esa joven y jamás la maltraté.

Grande fue mi sorpresa al ver que, en un bar de mala muerte, tal como me dijo Marcela, estaba Juan, pero no estaba solo, la madre de ella se encontraba junto a él. No me di tiempo a pensar. Por Livia, por la hija que crie, por mi propia hija, los saqué en segundos de allí como un vendaval, nadie supo lo que ocurrió, tampoco les importó, culparon al alcohol de ver alucinaciones.

―¿Quién es usted? ―me preguntó la mujer.

―¿Cómo pudiste apostar a tu hija?

―¿Qué te pasa? ¿Qué te metí tú? ―respondió el infeliz, envalentonado, sacó una pistola y la mujer sonrió irónica, se creyeron vencedores.

Solo bastó eso para que ya no pudiera controlar mi ira. El hombre disparó, yo detuve la bala con mi mano y la deshice entre mis dedos.

―¿Qué? Pero ¿cómo? ―Al hombre se le espantó la borrachera con el miedo.

Quisieron huir, pero no se los permití. Con mi poder mental sobre ellos, los obligué a subir al destartalado cacharro que llamaban automóvil y yo me senté en el asiento trasero. Lo hice conducir hacia el sector alto de la ciudad. Iban aterrados, preguntándose cómo era posible que perdieran así el control de sus movimientos. Llegamos al mirador de uno de los cerros más altos de la capital.

―Bien, hasta aquí llego yo, me despido. Buen viaje.

Me bajé del auto, ellos querían moverse, pero les era imposible. Ordené a la mente del hombre que encendiera el motor, vi el terror en sus ojos, el mismo terror que sentía Marcela por su esposo. Hice un minúsculo movimiento con mi cabeza y ambos se desbarrancaron. El vehículo explotó en el aire.

Cerré mis ojos y resoplé. Mi noche de furia había terminado.

Casi amanecía cuando bajé del cerro por el camino de los coches, a esa hora no había nadie. Necesitaba caminar y pensar. No pensaba encontrarme con Abril de nuevo, esa Abril, la hija de Livia. Ella trajo a mi memoria los recuerdos de aquella época en la que creía que sería fácil acabar con Catalina. Y ahí estaba, dos milenios después, sufriendo más que nunca por mi hija, a la espera de acabar con esa bruja por toda la eternidad.

―Hoy sí que te liberaste, Medonte.

―Mala’ikan.

―Me ofende, parece que no te alegra verme.

―Hoy no es un buen día.

―Lo sé, por eso vine.

Me detuve y lo miré directo a los ojos.

―¿Sabes qué? Todo este tiempo te he obedecido ciegamente, ¿de verdad me ayudas?

―Me extraña, Medonte, siempre te he ayudado.

―No siempre.

―Siempre desde que Catalina te convirtió en lo que eres ―replicó con liviandad.

―Siento que estos días han sido más largos que toda mi existencia junta.

―No te preocupes, tu hija está en buenas manos. Leo, Max y Joseph, sobre todo, no permitirán que nada malo le pase, ellos la cuidarán. Los sucesos que están prontos a venir serán el preámbulo a recordar y recuperar sus poderes. Tendrás que alejarte de ella un par de días para que no seas descubierto.

―¿Cómo lo haré?

―Se darán las condiciones, tú lo harás posible.

―Si todo esto no funciona, te juro que el mundo…

―Calma, Medonte, todo saldrá como esperamos.

―Eso espero, Mala’ikan, eso espero.

―Por ahora, ve a hacer ese arreglo. Estoy muy orgulloso de ti, sabía que lo lograrías.

―¿Lograr qué?

―Mantenerte y soportar los sufrimientos de tu hija, créeme cuando te digo que estás ganando muchos puntos en el mundo espiritual y la gran mayoría apuesta por ti.

―Espero no fallar al último minuto.

―Yo estaré a tu lado, aunque no pueda pelear junto a ti.

―Cuento con ello.

Continuamos caminando en silencio por un buen rato.

El sol salió por entre los cerros y Mala’ikan se detuvo en un puente.

―Escucha, Medonte, Selena fue liberada de su condena gracias a ti.

―¿Qué?

―Muy pronto podrá volver a hablar, a comunicarse con los humanos. Tardará un poco más para que pueda volver, pero, sin duda, lo hará.

―¿Por qué me lo dices? Tú me quieres fuera de su vida.

―-Tú eres el ser que más la ha amado, tu amor es real, eres el único que la merece.

―¿Y tú?

―Ya te dije que lo que me une a ella no es amor como el que tú conoces o el que sientes por ella, tampoco los celos entran en esta ecuación, Selena y yo terminaremos juntos cuando el mundo, tal como lo conoces, ya no exista. Este mundo, esta galaxia, al igual que sus antecesoras, están destinados a la destrucción, lo siento, pero así es, claro que todavía les quedan miles de años por delante, de todos modos, cuando eso ocurra, Selena, la diosa lunar, y yo estaremos juntos. Por ahora, tú y ella merecen una oportunidad, aun cuando para nosotros ustedes sean un suspiro en el tiempo.

―Creo que nunca terminaré de entenderte.

―No tienes que hacerlo.

―¿Por qué te acercaste a mí? ¿Por qué, después de todo el odio que decías tenerme y de estar de parte de Catalina, decidiste ayudarme?

―Siempre vi potencial en ti, Medonte, siempre. Catalina llevaba siglos haciendo daño, ella es hija de la Luna, es cierto, pero su padre fue un ángel caído, un ser malvado. A Selena se le dio poder para destruirlo, pero solo en la persona de Atila, cuando su poder era escaso.

››Los ángeles ya no podían hacerse hombres, no todos. Solo los de las altas esferas, por decirlo de algún modo, mantienen esa capacidad, Atila no, él debía encarnar un cuerpo, tal como lo hace Catalina, pero cada vez que encarnaba, cada vez que encarnan, pierden poder y al final terminan siendo simples humanos. Cuando encarnó en la persona de Atila, ya no le quedaba poder y Selena lo destruyó antes de que pudiera recargar sus energías, acabó con él, con su existencia.

―¿Siempre supiste que yo tenía un papel en la destrucción de Catalina?

―Y uno muy importante, Medonte, no te restes méritos.

―Te juro que preferiría no haber tenido ninguna intervención, quisiera haber vivido la vida que me correspondía, con mi mujer y mi hija, nada más. Verla crecer feliz a mi lado, casarse, formar una familia, ver a mis nietos, jugar con ellos, envejecer y morir junto a los míos, ¿era mucho pedir?

Me sonrió con esa expresión tan suya.

―No estabas destinado a una vida tan simple.

―Acabo de asesinar a seis personas esta noche.

―Y cuando te convertiste, asesinaste a un ejército completo, pero salvaste a Livia y a su hija. Esta noche volviste a salvar a la hija de Livia. Y no solo a ella, a otras tantas muchachas que hubiesen caído en las garras de esos malnacidos. Esos seis que mataste no hacían más que empeorar este mundo, no tenían ni un gramo de culpabilidad o arrepentimiento, eran seres que no valen la pena, que están mejor muertos.

Nos detuvimos ante una enorme y conocida ferretería.

―Bien, compra lo que necesitas, esta tarde debes irte de esa casa. ―Me enseñó unas llaves de automóvil, presionó el cerrado automático de puertas y se accionó en una camioneta estacionada a unos pocos pasos―. Nos vemos en otra ocasión ―se despidió luego de entregarme las llaves.

―¿Mi hija estará segura? ―inquirí con preocupación.

Él sonrió y desapareció de mi vista. Negué con la cabeza y entré a comprar lo que necesitaba, al menos, ya tenía en qué llevarlas a la casa del bosque.

 



sábado, 3 de abril de 2021

30: Noche de furia

 Recorrí las calles que solía andar antes, cuando miraba a mi pequeña desde lejos, cuando la cuidaba a la distancia. Llegué a su antigua casa y vi a Nick entrar en ella con la casera de Abril. Rato después salió con varias cosas; las pertenencias de mi hija.

No lo seguí, al contrario, me quedé allí. En esa casa, mi hija no lo había pasado bien, esa mujer la trataba muy mal. Sin pensarlo dos veces, y con la rabia metida en mis entrañas, me acerqué a su puerta y pude oír cómo se regocijaba con la cuantiosa propina que le había dejado ese “joven tan guapo” y que había ganado más con “las porquerías de la pendeja, que con la misma pendeja”. Resoplé furioso y toqué el timbre.

―¿Sí? ―Asomó los ojos.

―¿Puedo pasar?

―Si busca a su amigo, ya se fue.

―¿Cómo sabe que es mi amigo?

―Porque son los dos iguales de raros y guapos, cariño.

Asentí con la cabeza.

―Sí, somos amigos y sé que acaba de irse, yo lo estaba esperando en el auto, lo que pasa es que quiero ver si se queda algo.

―Mmm… ―Se encogió de hombros―. No sé, su amigo me pagó solo por lo que se llevó.

Saqué mi billetera y le enseñé un buen fajo de billetes, ella los observó con avidez.

―Ah, bueno, en ese caso, pase, joven.

Di un paso y luego otro para asegurarme de poder entrar. Antes de que la mujer pudiera reaccionar, hundí mis colmillos en ella, cuando estaba a punto de morir, me aparté de ella y la miré, con mis ojos rojos y mi rostro desfigurado.

―¿Qué…? ¿Quién…? ¿Por qué…? ―tartamudeó.

―¿Qué voy a hacer? Te voy a matar. ¿Quién soy? El padre de Abril, la pendeja. ¿Por qué? Por el modo en el que la trataste todos estos años. ¿Sabes qué es lo peor para ti? Morirás de dolor. Pagarás, no solo por lo que hiciste sufrir a mi hija, sino que también por las demás muchachas a las que maltrataste por el simple hecho de no tener familia ni dinero.

―¿Cómo… cómo lo sabe?

―Porque puedo leer tu mente, vieja maldita.

La arrojé al piso y me fui, por el estado en el que la dejé, debió morir en cuatro a cinco horas. Su caso ni siquiera salió en las noticias, por lo que asumo que a nadie le importó.

Pero no fue solo ella la que sufrió esa noche la ira de mi venganza. Me fui a la caza de tres excompañeros de Abril, dos de trabajo y uno del Hogar. Los tres habían maltratado y denigrado a mi pequeña sin miramientos y pagarían por ello.

El primero fue Carlos, su compañero del Hogar. Muchas veces castigaron a mi hija por su culpa y él jamás dio la cara, al contrario, siempre se burlaba por lo tonta que era.

―Yo… Yo lo siento, yo era un niño, no sabía lo que hacía, por favor… ―rogó como un cobarde cuando le dije a lo que iba.

―Ahora eres un adulto y sigues haciendo lo mismo, te gusta golpear mujeres, sobre todo a la tuya, ¿no es verdad? ―le pregunté mientras le daba suaves bofetadas, más humillantes que dolorosas.

―Prometo no hacerlo más, se lo juro, yo no sabía que estaba mal.

―¿No sabías que está mal golpear mujeres?

―No, es que ellas se lo buscan, pero ya no más.

―Claro que no lo harás más y no solo eso, dejarás libre a tu mujer.

―¿¡Qué?!

―La tienes contigo bajo amenaza. Ahora mismo vas a ir a tu casa, vas a agarrar tus cosas y te irás. La dejarás en paz.

―Pero… Pero… Pero… Yo no tengo dónde ir.

―Trabaja, tal como lo hace ella para mantener a tu hijo y a ti.

―Pero…

―O te mato, tú eliges.

―No, no, la dejaré, lo prometo.

―Si te veo cerca de ella, si la vuelves a tocar, te voy a desmembrar muy lento, ¿me oíste? ¿¡Me oíste?!

―Sí, sí.

―Y recuerda, puedo provocarte mucho dolor sin siquiera tocarte.

Me aparté de él y le hice sentir que cada extremidad era apartada de su cuerpo, incluida su virilidad, de la que tan orgulloso se sentía. Lo dejé justo antes de que sufriera un paro cardíaco.

―Ya lo sabes, de ahora en adelante, respetarás a cada mujer con la que te cruces, de otro modo, yo lo sabré y vendré por ti ―le advertí.

―Si, sí, déjeme en paz, por favor.

―Vete. Te quiero lejos de tu casa en una hora.

En tanto ese tipo se iba a su casa, busqué a los otros dos. Para mi suerte, estaban juntos en un bar, molestaban a un par de chicas que dudaban entre irse y arriesgarse a que esos dos las siguieran y las violaran, o quedarse a resguardo en ese lugar, pero con los dos tipos acosándolas.

―¿Qué pasa aquí? ―pregunté con suavidad.

―Pasamos un buen rato con estas minitas.

―Ellas no parecen estar pasándolo bien con ustedes.

―En un rato más la van a pasar muy bien. ―Alargó las dos últimas palabras―. ¿Y tú quién eres?

―Yo soy el padre de Abril Villavicencio.

―¿La huacha? Ella no tiene papás, se crio en un orfanato.

―Te informo que sí tiene padre y soy yo.

―Ya, ¿y?

―Vengo a hablar con ustedes, de hombre a hombres.

―Llegaste en mal momento, suegro, ahora estamos con otras minas, más ricas que tu hijita, sí.

Yo miré a las dos jóvenes, no sabían qué hacer, estaban aterradas, pobrecillas.

―Bueno, lo siento, pero yo voy a hablar con ustedes, lo quieran o no.

―Mejor, vámonos, aprovechemos ―le dijo una a la otra.

―No ―repliqué―. Ustedes vinieron a disfrutar, no se van a ir por este par de imbéciles, son ellos los que se van conmigo. Y no teman, si alguien viene en nombre de Manuel para llevarlas a su casa, se ocuparán de que así sea.  

Agarré a los dos tipos por sendas chaquetas y los saqué fuera del local. Ellos quisieron atacarme y yo ni siquiera me defendí, sus puños chocaban con mi cuerpo de mármol y salían más lastimados ellos que yo.

―¿Quién eres tú? ―me preguntó uno de ellos, sorprendido por lo ocurrido.

―Ya les dije, soy el papá de Abril, no tu suegro, por cierto.

―¿Qué quieres?

―Hacerles pagar por el daño que le hicieron a mi hija y a tantas jóvenes como ella o como Rut y María, las chicas a las que acaban de acosar.

―Vamos, hombres, solo nos divertíamos.

―Para ellas no es gracioso.

―Solo pasábamos un buen rato y ellas también, si no, ¿para qué se vienen a meter a un bar?

―¿Para tomarse un trajo y relajarse?

―Por favor, las minas que andan en bares buscan puro tirar.

―Y por eso las acosan y las violan.

―No las violamos, cumplimos sus fantasías.

―Yo les voy a cumplir sus fantasías de machos valientes, si tan hombres son con una mujer, les voy a dar la oportunidad de mostrar su poder.

Con mi sola mirada, los obligué a seguirme, los guie hasta una calle cercana donde se encontraban varios narcotraficantes haciendo negocios.

―¡Hey! ―les grité para que me vieran llegar.

―¡Hola! ¿Y tú? Hace mucho que no te veíamos por aquí ―me saludó Raúl con una gran sonrisa y un abrazo.

―Vine porque estos dos tipos estaban acosando a tu hija, Raúl, y a la tuya, Miguel, las querían violar.

―¿Qué? ¿Son sus hijas? ―preguntó uno de los tipos, aterrado.

―Ruth y María estaban en el bar de Mario, estos dos las tenían amedrentadas, ellas no se atrevían a nada, ni siquiera a llamar para pedir ayuda.

Raúl hizo una seña y varios de sus hombres se lanzaron contra los dos violadores y los ataron de pies y manos. De seguro los iban a matar con gran lentitud. Raúl y Miguel eran dos narcotraficantes con principios muy claros: nada de drogas a niños y a las mujeres se las respetaba.

En realidad, Ruth y María no eran sus hijas, pero podrían serlo y, por eso, se lanzaron contra los violadores, si quedaban vivos, no les quedarían ganas de volver a molestar a nadie más y eso me dejaba tranquilo.

―Gracias, Manuel, enviaré a alguien al lugar para ver cómo están las muchachas.

―Gracias a ti. Nos vemos.

Me fui de allí a ver al infeliz de Carlos a su casa para ver si me había obedecido. Se estaba a punto de ir, tenía su bolso en la puerta.

―Por fin me voy de aquí, no sirves para nada, me encontré a una mucho mejor que tú ―le dijo a su esposa con orgullo―. Yo voy a estar vigilándote, perra, y si se te ocurre meterte con otro, te mato, ¿me oíste?

Ella no contestó, él le tiró el pelo.

―¿Me oíste, perra?

―Creo que no te quedó muy claro lo que tenías que hacer, Carlos ―le dije y llegué a su lado en un nanosegundo.

―Ella me provocó, como siempre ―se justificó.

Yo miré a la joven, debía tener la edad de Abril.

―No es verdad ―sollozó.

―Por supuesto que no es verdad. Toma las cosas del niño, te sacaré de aquí y los llevaré a una nueva casa donde puedan estar tranquilos, lejos de este ambiente. Mientras tanto, me haré cargo de este imbécil.

―Él no me dejará ir.

―La dejarás libre, ¿no es así, Carlos?

―Ándate a la mierda, ¡váyanse los dos a la mierda!

Marcela no sabía qué hacer, quería escapar, pero no sabía cómo y no tenía adonde.

―Ve a preparar las cosas y no te preocupes por nada, todo estará bien ―le aseguré.

Sin pensarlo más, tomó a su hijo de la mano y corrió a la habitación a buscar sus cosas. Yo me giré a su esposo.

―Ahora tú y yo vamos a arreglar cuentas.



sábado, 27 de marzo de 2021

29: Cansado de luchar

 

Luego de que Ray subiera a verla y fuera rechazado por ella, se dirigió a su despacho. Yo lo seguí, sabía que Ray podía querer eliminarla en cualquier momento; su lucha interna todavía no cesaba.

Cuando Joseph, en la habitación, nombró a nuestro líder con su nombre, Abril se descontroló, eso no lo hice yo, lo hicieron sus pesadillas. Por las noches, ella despertaba llamando a “Ray”, ella estaba segura de que él era su asesino y al saber quién era Ray en esa casa, el terror la invadió. Cuando Joseph le explicó que Ricardo la había mandado con nosotros a morir, tuve que intervenir, no por ella, por Ray, pues al escuchar el nombre de mi hermano, el odio por Abril volvió a aparecer y sus ansias de matarla también.

No ayudó mucho el que ella justo se envalentonara y se pusiera a discutir con Joseph exigiéndole una explicación a lo que estaba ocurriendo allí. Le gritó que Ray la iba a matar y eso fue la gota que rebalsó el vaso de la ira de ese hombre. Debo admitir que intentó controlarse, pues su primer impulso fue subir y quebrarle el cuello para darle la razón a Abril de que era un monstruo, por lo que ataqué las emociones de mi hija con mayor ímpetu, era inútil intentar actuar sobre él para calmarlo. Decir que me partía el alma verla o sentirla en ese estado, es un eufemismo, mi dolor era superlativo, no obstante, si él la atacaba, yo no me controlaría y lo destruiría, el problema era que todos y cada uno de los habitantes en esa casa eran importantes para acabar con la maldita de Catalina.

Mi hija se encerró en el baño. Joseph le rogaba que saliera. Ray intentaba controlarse y el dolor de mi hija hizo mucho para aplacarlo. Solo entonces pude intervenir las emociones de ambos, claro, las de él eran mucho más difíciles, porque no se trataba de su corazón, se trataba de una maldición. Por fin, nuestro líder sosegó su rabia y eso dio paso a la preocupación. Subió a ayudarla y yo bajé las revoluciones de los sentimientos de mi niña, había sido tan fuerte mi intervención que quedó agotada, incapaz de moverse y salir del baño. Ray, desesperado al saber que ella se encontraba mal, sacó la puerta y la tomó en sus brazos. Ya no había odio en él. Pude descansar.

―¿Qué hacías? ―me preguntó Max, estaba tan embebido en controlarlos a ambos que perdí mi concentración en mi entorno.

―¿Escuchaste lo que pasó allá arriba?

―Sí, estuve a punto de ir.

―Tú puedes hacerlo.

―Escucha, Manuel, Abril es de Ray, él es nuestro líder y debemos respetarlo.

―Él no hace más que lastimarla.

―Él está confundido, como todos nosotros.

―Ustedes no se comportan como idiotas.

―Si te escucha…

Me callé, no porque me pudiera escuchar, pues había cerrado sus oídos a mi voz y conversaciones,  pero eso no se lo diría a Max, ni a ninguno.

Max me miró, él sentía que algo no andaba bien conmigo, estaba comenzando a dudar de que yo fuera quien decía ser, solo que no se atrevía a enfrentarme, no por cobardía, más bien porque creía que, si no había contado la verdad, era por una razón muy poderosa. Al menos no dudaba de mí ni de mis intenciones. Sin decir más, subió a ver a Abril y le llevó un té. Yo, sin poder estar tranquilo, me volví invisible y también fui a ver a mi niña. Vi el amor y la preocupación con el que la trataban y sentí agradecimiento, pero también rabia por no poder acercarme a ella como lo hacían los demás.

Al rato, Leo y Ray salieron en el automóvil del primero. Joseph no se apartó de Abril hasta que Ray volvió, una hora después. Sinceramente, era muy cansador estar pendiente de cada pensamiento, de cada emoción y de cada impulso de ese hombre, pues un momento amaba a mi hija con toda su alma y, al siguiente, estaba dispuestos a destruirla sin contemplaciones. ¿Y cómo no? Marina había implantado el odio hacia el alma de mi hija en su cerebro, pero su corazón era inamovible, algunas veces ganaba uno y otras, el otro y, en esa ocasión, en cuanto terminó de hablar con ella, el odio regresó. Se resistía a esas emociones, era cierto, cosa que no siempre parecía conseguir.

Joseph se fue a cazar, necesitaba desahogarse, Leo y Max jugaban en el bosque, les encantaba hacer competencias de capacidades. Y Ray… Ray pensaba en que, si estaban solos en esa casa, ya que se suponía que yo también andaba de caza, él podría matarla sin que nadie se diera cuenta, de inmediato, se reprochaba esos pensamientos, los que, en nada, volvían.

Aburrido y ya cansado de ser chaperón de mi líder, decidí aparentar que marcaba a Abril. La marca para los vampiros consiste en besar al humano en cuestión y morder su labio para beber una pequeña porción de su sangre, de inmediato, el vampiro debe morder su propio labio y dar de beber al sujeto. Ese pequeño acto convierte a la persona en propiedad de quien lo marcó y ningún otro vampiro puede acercarse a él. En mi caso, no necesito hacer eso, basta con mi sola voluntad para adueñarme de cualquiera. Eso tampoco se los diría a ellos, por lo que aparentaría hacerlo del modo tradicional para que, de esa forma, Ray sintiera que podría perderla y que, de una vez por todas, apartara el odio que sentía por ella o al menos el deseo de asesinarla. Debía hacer que su corazón ganara a su cabeza.

Subí al cuarto de mi hija y la desperté. Ella sintió algo de miedo, pero también fascinación por mí, además de que algo en su alma debía reconocerme. Yo le hice sentir desagrado por mi persona, ella debía pensar en Ray. No fue muy difícil, su amor superaba con creces cualquier dificultad y a medida que yo me acercaba, ella se resistía y deseaba que fuera Ray quien la quisiera besar. Él, que había salido al jardín para calmarse, escuchó lo que estaba sucediendo en la habitación y saltó por el ventanal, el que se rompió en mil pedazos. No le importó que ella lo viera como un monstruo. Su único fin era salvarla de mis manos, incluso, cuando ella se lastimó los pies a causa de los vidrios rotos, no afloró su ansia de sangre, al contrario, me agarró y me lanzó fuera del alcance de su mujer para protegerla. Max y Leo llegaron arriba y yo volví a entrar por el ventanal, si ellos querían su sangre… Pero no, Ray cubrió a mi hija con su cuerpo y los otros dos se lanzaron contra mí, me agarró cada uno de un brazo y salimos por donde mismo había entrado.

Una vez abajo, corrieron sin soltarme hasta el centro del bosque, solo entonces me soltaron, Max se acercó y me dio un pequeño golpe en el pecho.

―¿Qué pensabas hacer?

―Ray no hace más que lastimarla.

―Ray se controla cada vez más ―me dijo Leo, algo más conciliador.

―Sí, ¿y cuánto le durará? En cualquier momento pierde los estribos, ¿qué pasará entonces?

―No estás en condiciones de irte en contra de Ray, Manuel, que te hayas fijado en ella, aunque no sea como mujer, hace que él te vea como a un rival ―me explicó Max, quien se sentía algo decepcionado por sus pensamientos de que yo les iba a ayudar más de lo que decía―. No te busques más problemas y no nos traigas más problemas a nosotros. Es más, déjala tranquila si quieres que ella esté bien.

―Lo siento.

―Yo te entiendo, amigo ―-me dijo Leo con su mano en mi hombro―, yo también he querido hacerlo, esa chica no se merece el trato que ha tenido, pero Max tiene razón, con los problemas que tenemos, es más que suficiente.

Bajé la cabeza, me sentí derrotado, estaba cansado. Max y Leo respetaron mi silencio.

―No creí que esto sería tan difícil.

―¿Qué es tan difícil? ―inquirió Max.

Caminé de vuelta a la casa. Ellos me siguieron.

―Manuel, ¿qué es tan difícil? ―insistió Max al llegar a la orilla del bosque.

―Esto. Tenerla aquí, estar cerca y no poder protegerla, no poder hacer nada por ella ―respondí con sinceridad.

―Te enfrentaste a Ray como ninguno más lo hizo.

―No como debería haberlo hecho, no como podría haberlo hecho, no como quisiera.  

―¿A qué te refieres?

Alcé la cabeza y miré a mi amigo. Él estaba seguro de que yo no tenía cincuenta años y comprendió que cargaba a cuestas siglos y siglos de maldición.  

Ray salió de la casa y me dio un golpe. Yo no me defendí, lo dejé hacer, necesitaba descargar su frustración.

―Cálmate, Ray ―intervino Leo y sentí su calma en el ambiente―, si Abril despierta se asustará más y creo que ya está bastante aterrada con lo que sucedió.

Ray no le contestó, mantuvo su atención sobre mí.

―Aléjate de ella, la próxima vez que te acerques, te destruyo sin contemplaciones.

―Lo siento mucho, Ray, de verdad, yo solo quería protegerla, no quería que la volvieras a lastimar, no lo merece ―respondí sincero.

―Sabes que no la volvería a dañar.

―¿De verdad? ¡Estás loco, Ray! Desde que Abril llegó a esta casa no has hecho más que volverte un idiota, has… has… ―Quería confrontarlo con su ser interior.

―Como sea, no quiero que te vuelvas a acercar a ella, ¿me oíste?

Asentí con la cabeza, por fin podía estar seguro de que, aunque su mente renegara contra mi hija, no la volvería a lastimar, al menos no físicamente.

Tras aquel incidente, me fui a la ciudad a comprar un nuevo vidrio para el ventanal, yo me ofrecí a repararlo, nadie ajeno a la casa podía ir allí, por más que pudiéramos hipnotizarlo, dejar entrar a alguien, significaría dejar abierta una brecha para que cualquiera pudiera entrar.

Aquella noche no volví a la casa, no quería volver, estaba cansado. Los días que llevaba mi hija ahí se me habían hecho eternos. Sentía que la mitad de mi vida había transcurrido defendiéndola de Ray.


sábado, 20 de marzo de 2021

28: El sufrimiento de mi hija

 


Aquella noche Ray no fue capaz de hacerle daño. La llevó a la cama, a su cama, y la arropó con cariño. Sabía y sentía que no podía demostrar debilidad en caso de que en realidad se tratara de Marina, pero su corazón estaba seguro de que se trataba de su antiguo y único amor.

Una vez mi hija estuvo instalada en la cama, Ray salió del cuarto y volvió a hablar con Ricardo, se enojó más ante las burlas de su enemigo, incluso amenazó con quemar a Abril, cosa que sí estaba dispuesto a hacer, pese a que mi hermano le aseguró que no era a Marina a quien teníamos secuestrada.

―Debes dejarla ir ―le dije, sabía que aquello lo exacerbaría mucho más, pero solo así podría darse cuenta de lo que sentía por ella.

―No. ―Caminó hacia el salón.

―Vamos, Ray, no puedes darle en el gusto a Ricardo. ―Le seguí.

―Si la dejo ir, le daré la razón y en el gusto a Ricardo.

―Pero ella no tiene la culpa de lo que haga o diga Ricardo.

―Son novios, ¿acaso no ves como el la trata?

―Pero ella insiste que no.

―Manuel, no sabes nada de todo esto.

―No es justo.

―La vida no es justa, Manuel, ya deberías saberlo. ―Se giró para mirarme, momento que aproveché para tranquilizarlo un poco, sus emociones estaban demasiado alteradas y en ese momento era capaz de cualquier cosa.

―Ray… Ray escucha…

―Está amaneciendo ―dijo más tranquilo.

―¿Qué vas a hacer? ―preguntó Max.

―Esperar hasta esta noche.

―¿Y si no viene? ―inquirí.

―La quemaré. ―Pude ver en su mente que seguía dispuesto a hacerlo.

―¿Viva? 

―Así es, ¿quieres que la mate y luego la queme? No se puede morir dos veces.

Volví a intentar calmarlo, su rabia era demasiada y no podía actuar del todo sobre sus emociones.

―¡No puedes hacer eso! ―grité para que sus celos, su amor, ganaran la batalla al odio que sentía por Marina.

―¿Ah no?

Caminó hacia la escalera, iba a ver a Abril y no estaba seguro de su reacción al verla, bien podía calmarse, como asesinarla sin compasión. Lo intercepté en el camino. Mientras tanto, hice que mi hija siguiera llorando casi al punto del colapso, debía hacer que sus emociones fluyeran de ese modo para que Ray al menos sintiera compasión por ella.

―No la puedes quemar viva, no merece eso.

―¿Tanto te importa? ¿Nick? ―Por supuesto, hice que Nick viera en mí el amor            que supuestamente sentía por ella.

―Le gusta, sí, se siente atraído a ella.

―Y no quiere que hagamos sufrir a su mortal ¿verdad?

 ―Ray, nunca te vi así, al contrario, siempre has…

―No me conoces de nada, Manuel, todavía no… Ahora vas a empezar a conocerme.

El odio comenzaba a dar paso a los celos puros.

―No puedes hacerle eso ―insistí en voz baja.

―Sí puedo y lo disfrutaré más todavía.

―¡No!

―Mientras más te metas, peor le irá a ella, mejor que no intervengas.

Ya no intervendría. Su odio había menguado. Hice dormir a mi hija antes de que él subiera. Estaba seguro de que no le haría daño, por más confundido que estuviera no podría lastimarla, la guerra la estaba ganando el amor. Al poco rato salió de la casa a la velocidad del rayo, necesitaba pensar y aclarar su mente. Respiré aliviado, mi hija ya no corría peligro.

Nick me miró de un modo extraño.

―¿Pasa algo? ―inquirí.

―Tú no la amas como mujer ―respondió con seguridad.

―¿Cómo lo sabes? ―preguntó Leo―, tú no puedes ver los sentimientos.

―No, no puedo ver los sentimientos, pero sí los pensamientos y, aunque él la quiere, no veo en sus pensamientos nada que sea carnal…

―Ella no merece que la tome…

―Va más allá de merecer o no, Manuel ―me interrumpió―, esto va de lo que piensas acerca de ella. Ray quiere besarla, sabe que no puede, pero eso no le impide desearla, en cambio tú… Tú no la ves como un hombre a una mujer.

Bajé la cabeza, no podía mentir, tampoco podía implantar en mi mente imágenes de mi hija conmigo, era imposible, Nick tenía razón, no podía verla como hombre, solo como padre.

―Manuel, ¿qué pasa? ―me preguntó Leo.

―No, no la veo como mujer, es hermosa, sí, creo que aquí todos nos dimos cuenta, pero la siento más como a una hija, como alguien a quien cuidar, siento una enorme necesidad de protegerla, de tenerla para mí.

―Quizá sea la hija que perdiste ―mencionó Leo.

―¿Perdiste a una hija? ―me interrogó Max.

―Sí. Hace mucho, dudo que sea ella, mi hija no era más que una bebé cuando falleció. No. Es imposible. Además, se supone que Abril es Marina, ¿no?

―Yo no estoy tan seguro ―intervino Joseph.

―Pues yo tampoco ―replicó Leo.

―Yo menos ―dijo Max.

―Sus pensamientos no muestran a una hechicera poderosa, lo único que muestran es a una muchacha vulnerable y temerosa a la que le ha tocado sufrir lo indecible en esta vida ―acotó Nick.

―No entiendo… Hay tantas cosas que no entiendo. ¿Por qué Ray la odia tanto? ―pregunté, por supuesto que lo sabía, pero debía aparentar que no, se suponía que ellos nunca me habían involucrado bien en sus asuntos, además, Ray venía de regreso dispuesto a torturar más a Abril, pues sus pensamientos lo habían llevado al día en que Isabel Castellán lo abandonó y debía lograr calmarlo, cosa nada sencilla por lo demás, pues no solo debía luchar con sus pensamientos y emociones, también debía hacerlo en contra del maleficio de Catalina.

―Cuando te uniste a nosotros sabías que teníamos una disputa con Ricardo y Marina ―comenzó a explicar Max―. Bueno, Abril es idéntica a Marina, físicamente por lo menos y se supone que estaban juntos ellos dos, lo lógico era pensar que Abril era Marina…

―Pero no es ella ―dije para asegurar lo que ellos ya me habían dicho.

―Al parecer no, pero el parecido es extraordinario y bien podría ser ella, lo que hace difícil no querer matarla lenta y dolorosamente.

―Pero ustedes no la odian como lo hace Ray.

―Él estuvo muy enamorado de Marina y ella le destruyó la vida en todo el sentido de la palabra, si hoy somos lo…

―¡Basta de explicaciones! ―interrumpió Ray entrando a la casa como una estampida.

―Ray, yo solo quiero entender ―supliqué.

―No tienes nada que entender. Abril se parece mucho a Marina, pero en realidad, no tienen nada en común. Marina era fuerte, desafiante y valiente, no como esa pobre mujercita que trajiste, que es una cobarde por donde se le mire. No entiendo qué te gusta de ella si no ha parado de llorar desde que llegó aquí. Marina y Abril no tienen punto de comparación.

―Y la odias.

―No la odio, simplemente no me cae bien ―replicó con ironía.

―Pero no puedes torturarla simplemente porque no te cae bien.

―No lo hago solo por eso, también me divierte, el pánico la domina y ella no es capaz de luchar contra él, eso hace más fácil todo… y más entretenido.

―Nunca te vi así.

―No me conoces lo suficiente, Manuel y no te conviene criticar lo que hago, porque podría cambiar de víctima.

―Eres un…

―Sí, lo soy y no me provoques.

Se fue a su despacho, ya no estaba tan seguro de querer asesinarla, los celos, en su caso, lo hacían querer defenderla, aunque sus pensamientos lo torturaran con recuerdos del pasado en los que no quería pensar.

Por lo menos, podía estar tranquilo; hasta esa noche Abril estaría segura. Lo que pasara al anochecer, era otra cosa, tendría que estar muy al pendiente, pues si Ricardo aparecía o no, no sería relevante, Ray de todas formas podría querer acabar con ella. Aun así, estuve todo el día pendiente de él y sus pensamientos, no sabía qué había hecho Catalina y, por lo que había podido ver, podía estar bien un momento y al siguiente, sentir todo el odio del mundo en su corazón.

Cayó la noche y, entre desvaríos y confusiones, Ray decidió que solo fingirían quemar a mi hija para darle caza a Ricardo, con él fuera de las canchas, sería más fácil atrapar a Marina.

Ray preparó todo, Nick y Max le ayudarían, yo solo era un observador, no se me permitía acercarme. Ray seguía enojado conmigo y, por supuesto, desconfiaba de mí.

Leo y Joseph no se encontraban en la casa, Leo se había llevado a Joseph para hablar con él y tranquilizarlo, sus emociones estaban demasiado alteradas con la llegada de Abril y debía sacarlo para trabajar con él.

Una vez que todo estuvo preparado, apareció Leo y, al ver que Ray estaba a punto de quemar a Abril, se lanzó en su contra, quise intervenir, pero si lo hacía, todo se saldría de control, nuestro líder no permitiría una intrusión mía a no ser que me la hubiera pedido, tampoco quise intervenir para calmarlo, pues mi hermano estaba cerca y eso le daría la certeza de que lo que estaba a punto de ocurrir, era cierto. Además, si intervenía en eso, Ricardo se daría cuenta y, esa noche, tenía un influjo muy poderoso de Catalina.

Al escuchar la pelea, Joseph se apresuró a llegar y también se fue en contra de nuestro líder. Ray estaba desesperado, no sabía cómo hacerles entender que no sería real. Entonces, Leo se fue, furioso por no poder ayudar a esa joven de nuevo.

Joseph no cejó en su empeño por hacerlo desistir de sus intenciones, por lo que Ray nos hizo un gesto, a Nick y a mí, de que lo sacáramos de allí, a lo cual, por supuesto, obedecimos sin chistar.

Poco rato después, Abril dio un grito que no solo nos paralizó a todos, el tiempo y el espacio se detuvieron. Por un momento, pensé que Ray lo había hecho de verdad. El silencio fue roto por la risotada de Ricardo, quien pensó lo mismo que nosotros. Centré mis sentidos, pues el grito de mi hija me había descolocado y me di cuenta de que la había dormido. Ray no le haría daño. No esa noche.

Salimos corriendo en busca de mi hermano, al que casi agarramos después de un par de horas, pero eso era algo que no podía permitir, no dejaría que lo mataran, no antes de quitarle ese maldito hechizo que lo tenía embrujado y volviera a ser él mismo.

Al volver a casa por la mañana, Nick, Joseph, Max y Leo estaban enojados conmigo, iban protestando en mi contra, me sentían un traidor, y sí lo era… en parte.

Joseph subió de inmediato a ver a Abril.

―¿Cómo está? ―le pregunté, quería saber cómo reaccionaba, esperaba que su odio por mi hija fuera menguando.

―No te importa. ¿Qué pasó?

Luego de que le contaron a Ray lo ocurrido en el bosque, de mi supuesto error por dejar escapar a Ricardo, pude ver en su mente la idea de asesinar a Abril, pensó que los tres estábamos coludidos en su contra y que ella no era una víctima, sino una victimaria. Tuve que usar todos mis poderes para hacer sentir peor a Abril y tratar de calmar a Ray; para mi sorpresa, no me costó tanto. Seguía enojado conmigo, pero al menos sus ansias de matarla habían disminuido. Me lanzó contra la pared y Abril despertó aterrada, odiaba hacerla sentir así, pero no tenía más opción, era lo que debía hacer según Mala’ikan, “el sufrimiento de Abril será lo único que calme al demonio que habita en él”, me indicó en más de una de sus clases para prepararme para ese momento.

Me incorporé y corrí hacia la escalera, esperaba que Ray me interrumpiera y así lo hizo.

―No te acerques a Abril. ―Me detuvo antes de subir, lleno de celos.

―Quiero ver cómo está.

―¡No te metas!

―¡Yo la traje, tengo derecho a verla!

―La trajiste, sí, pero no tienes derecho a nada.

―¿Tienes miedo de que me prefiera a mí?

―No digas estupideces.

―¡Basta! Dejen de pelear como niños ―intervino Nick―. Abril está asustada. Manuel, ya bastante has hecho con dejar escapar a Ricardo para seguir con este teatro, no sigas interviniendo.

Di un paso atrás antes de que Nick dijera que yo no tenía sentimientos románticos por Abril

―No te metas con Abril ―me advirtió Ray antes de que él mismo subiera a verla.

Resoplé, el amor había ganado una vez más. Lidiar con mi yerno no era nada fácil. Esperaba que ese rencor se apartara de él antes de que fuera demasiado tarde, pues, si seguía igual una vez que todo se develara, no estaba seguro de permitir que estuviera con mi pequeña.

Si fuésemos personas normales, habría hecho que se separaran, pero sabía que estaban destinados a estar juntos y no podía intervenir en ello, lo que más podía hacer era enfrentar a Ray con sus propios sentimientos y provocar llanto y cobardía en mi hija para que le tuvieran lástima. Si ella mostraba algún atisbo de valentía o fuerza, estaba perdida. Si no la mataba Ray, lo haría cualquiera de los otros.  



sábado, 13 de marzo de 2021

27: Un duro trabajo


A punto estuve de sacarla de allí, pero no podía, sabía que en ninguna otra parte mi hija estaría bien, aunque todavía le quedaba un poco de sufrimiento.

Ray se sorprendió al verla, pese a que él sabía que sería igual a la Marina que conoció, no pudo evitar sentir romperse su corazón, aunque, en realidad, fue porque su alma sintió el alma de mi hija, por más que no se diera cuenta; Leo la observó confuso, su aura le recordaba a otra que jamás pensó volver a ver, lo cual era imposible; Max sintió un deseo de protegerla, sin saber muy bien por qué; Nick hurgó en su mente, solo vio el miedo que sentía; Joseph se sintió desfallecer al verla, pues no solo era el mismo físico de su hermana, también eran sus ojos, su mirada… su espíritu.

Ray pasó de la sorpresa al odio. Todo el rencor que sentía hacia la antigua Marina renació con más fuerza. Quise protegerla de él, pero no me era permitido, lo que hice, sí, fue crear más pánico en ella para que así Ray tuviera compasión de ella, sabía que él no era un desalmado y no se atrevería a lastimarla más de lo necesario. El problema era que, como ella era idéntica a Marina, no podía evitar sentir amor y odio con la misma intensidad.

Cuando nuestro líder se comunicó con Ricardo para decirle que teníamos a Marina, él se burló y Abril, en un valiente acto de humanidad, le pidió que no fuera por ella, que, de todos modos, la iban a matar y no valía la pena que los mataran a los dos. Ray se enfureció, aun así, no le hizo daño, al menos no el que quería hacerle, al contrario, los celos despertaron en él su amor y sus ansias de besarla fueron más fuertes y, para no cometer una estupidez, la entregó a los demás, lanzándola hacia ellos. Joseph la recibió con cuidado en sus brazos. Su deseo era protegerla. Ella los miró, uno a uno, cuando vio a Leo, su mente le recordó cada una de sus pesadillas, iba a colapsa, su presión arterial subió a niveles nada adecuados; la hice dormir.

―Leo, no creo que sea necesario tanto pánico, con el de ella es suficiente ―le reprochó Joseph, con mi hija acurrucada en sus brazos, en el suelo.

―Te juro, por mi larga existencia, que no he sido yo.

Todos quedaron anonadados, se suponía que Leo era quien manejaba las emociones a voluntad y si no había sido él… ¿Ella fabricaba su propio miedo? La verdad era que no, yo actuaba sobre ella. Y seguiría haciéndolo el tiempo que fuera necesario. Ray no lo sabía, pero estaba bajo un embrujo que lo hacía odiarla hasta el punto de querer matarla y yo no lo iba a permitir. El miedo de ella, aunado a los celos de él, impedían que la asesinara y si eso era así, no descansaría hasta que su amor despertara del todo.

Ray no se atrevía a acercarse a Joseph, sabía que su amigo tenía sentimientos muy profundos por su hermana, la amaba por sobre todas las cosas, ni siquiera le importó buscar una pareja en todos esos años de espera para acabar con Marina.

Todos ellos tenían sentimientos encontrados, sabían muy bien lo que debían hacer, pues matarla en ese minuto no entraba en los planes, primero debían neutralizarla para llegar al gran día de su destrucción. Una de las cosas que debían llevar a cabo en cuanto tuvieran a Catalina, era cortarle las manos, por eso debía hacer parecer a Abril mucho más vulnerable de lo que era, de otro modo, le harían un daño irreparable. Sobre Joseph o los demás, no fue necesaria mi influencia.

―Joseph, escucha, haremos algo, no llevaremos a cabo nuestros planes como lo teníamos previsto, le haremos creer que le cortamos las manos, con ayuda de Max por supuesto ―sugirió Ray.

Joseph no contestó.

Ray se acercó y tomó a Abril en sus brazos, Joseph se sintió vacío. Quise hacer algo para ayudarlo, pero no, no podía intervenir más de lo necesario, además, la tristeza de Joseph ayudaría a que Ray no le hiciera más daño a Abril.

―Sé que es lo correcto ―aceptó Joseph.

―Todos lo sabemos, a mí también me está costando ―confesó Ray.

―Ella no es Marina, no al menos la que nos ha hecho tanto daño.

Nos quedamos en silencio. Ray caminó hasta el sótano con suma lentitud. Le seguimos, yo al final.

Joseph se quedó en un rincón y yo, en el opuesto, los demás ayudaron a Ray a atar a Abril a la mesa. Una vez completa la labor, Ray se arrepintió y bufó. Desperté a mi hija, era mejor salir de eso lo antes posible.

¿Qué me van a hacer?

―Pagarás lo que hiciste ―contestó Ray.

―Él no es mi novio, se lo juro.

―Y si no lo es, ¿por qué lo protegiste?

―Porque es una persona, un ser humano, como todos, además, de todas maneras, me va a matar, ¿no?

Se sorprendieron, ¡vaya que sí!, ¿acaso Marina no sabía que Ricardo no era un ser humano? Ray se obligó a recomponerse.

―Da lo mismo, desobedeciste y ahora tienes que pagar.

Abril buscó a Leo con la mirada, sentía que él era el único que podía salvarla, eso era lo que estaba en su destino. Nick nos dijo sus pensamientos en nuestra baja frecuencia. Ella lo escuchó, pero no alcanzó a reaccionar del todo antes de que Ray volviera a hablarle de un modo brusco.

―¿Acaso puedes ver el futuro? ¿Eres bruja? ―la interrogó con el odio de nuevo instalado en su corazón.

―No ―contestó, yo le provoqué enormes deseos de llorar.

Ray tomó un hacha y ella, al verlo, no evitó el llanto, le hice ver que la cortarían a cuadritos, comenzando por sus manos para que no muriera de inmediato.

―¿No te gustó desobedecer? Ahora tendrás que pagar… y agradece que solo te cortaré una mano para enseñarte.

―¡No! ¡Por favor! No lo haga, haré lo que me pida, por favor, no.

Buscó a Leo de nuevo, pero él no pudo soportar su mirada desesperada sin poder hacer nada, así que salió del sótano; Joseph lo siguió, impotente de ver a su hermana maltratada.

―Tengo que enseñarte que conmigo no se juega.

―¡Por favor! ¡Por favor! ¡No lo haga! Se lo suplico…

―Le suplicas al hombre equivocado, niña, yo no me doblego ante el dolor ni ante las súplicas.

―No lo haga ―intentó suplicar una vez más dejando salir el llanto.

Él se acercó a su oído.

―Si tu novio quería casarse contigo, ahora tendrá el privilegio de tener tu mano, yo mismo se la enviaré.

Nick le dijo que ella se sentía culpable, que él no la lastimaría si hubiese hecho caso. Ray se hundía cada vez más ante la actitud sumisa de ella.  

―Listo. ¿Estás preparada?

Ella cerró los ojos, a la espera. Yo sabía que no era cierto y me lo tuve que repetir mil veces, aun así, no dejé de observar a Ray, si él se equivocaba, si decidía a última hora hacerle daño, no podría detenerme, no me importaría que todo se echara a perder.

Golpeó el costado de la mesa con el hacha, muy lejos de ella. El grito que dio me estremeció. Max no pudo continuar causándole dolor. Ray tomó su cara con cuidado.

―Abre los ojos ―le suplicó, quería hacerla dormir, pero debía mirarlo.

Ella obedeció y susurró un adolorido “lo siento”. Él la hizo dormir. Por aquella vez, ganó su corazón, pero su odio avanzaba a pasos agigantados.

Joseph apareció en ese momento y Ray salió de la estancia. Lo seguí, debía hacer que se enojara conmigo y con ella. No al punto de hacerle daño, más bien al punto de hacerle entender que la amaba, aunque no lo quisiera reconocer. Debía remover sus emociones, así, solo así, no lograría lastimarla; si no, Ray, en su odio, podía hacerle mucho daño.

 Abogué por ella, le hice creer que me gustaba, que me había enamorado de ella. Me golpeó. Los celos pudieron más. Esa se convirtió en un arma que podría usar cuando lo necesitara.

Bajé al sótano, debía mantener la mentira de mi amor por ella, lo cual no era mentira, la amaba, pero no como un hombre ama a una mujer, no, más bien como un padre a una hija, porque eso éramos, padre e hija, separados por una cruel bruja que debía pagar con su vida todo el mal causado y, aunque me doliera el corazón, llevaría a cabo todo lo necesario para eliminar cualquier rastro de Catalina en la tierra y que mi hija, por fin, fuera feliz por el resto de la eternidad.