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sábado, 17 de abril de 2021

34: Imbécil

 

34: Imbécil

Regresamos a casa en total silencio.

Max le decía a Abril que debían tomar nota de lo que había dicho, había recordado unos enigmas de su abuela. Él los parafraseó a la perfección.

En uno de esos enigmas, habló de Ricardo: “El enemigo se hace amigo”, aunque ellos pensaron que se trataba de mí.

―¿Lo decidiste? ―le preguntó Abril a Ray.

―Sí.

―¿Y?

Ray no se atrevió a contestar.

―No podré ayudarte, Abril, lo siento ―respondí por él.

Ella se frustró e hizo unos pucheros que desarmaron a nuestro todopoderoso líder.

―Está bien, ayúdanos ―cedió―, pero si te veo en un solo renuncio, Manuel, te destruyo con mis propias manos.

―No te defraudaré ―mentí.

Mi niña sonrió feliz.

―¿Cuándo comenzamos? ―me preguntó.

―Ahora mismo, claro, si quieres.

―Por supuesto que quiero, no queda mucho tiempo y tengo que entender tantas cosas todavía.

―¿Tienes algo de tu abuela?

―Solo su fotografía, pero estamos todos juntos. Y el dibujo que hice de ella.

―Veré si puedo hacer algo, si no tiene su energía, no podré hacer mucho.

En cuanto tomé la fotografía, vi cada momento de mi niña con esa familia, el amor que le profesaban, las enseñanzas de su abuela, su accidente y la soledad de mi hija tras la muerte de la mujer.

Aparenté que no lograba ver nada.

Buscó en la caja algo más y encontró el pañuelo donde su abuela tenía sus runas. Esas piedras no solo tenían la energía de su abuela, también tenía la energía de brujas ancestrales. Tomé las pirámides y un golpe de energía me vino sin aviso, lo que hizo que mi mente se abriera unos segundos. Nick lo notó, por suerte, lo que había en mi mente en ese momento fue el accidente de los padres de Abril, lo que no fue un accidente, fue provocado. Por suerte, Nick no alcanzó a ver quién lo había hecho, fue tan corto el pensamiento que Nick pensó que solo había sido una fugaz revelación que no logré retener, por lo cual bufó por la frustración. Ray preguntó en nuestra baja frecuencia lo ocurrido y Nick se lo dijo.

―¡No hablen así! ―protestó Abril―. No sé cómo, pero sé que ustedes pueden hablar así y entenderse y no es justo para mí.

Ray se disculpó con ella, pero no le dijo lo que habíamos descubierto, no valía la pena, no todavía.

De pronto, sentí una corriente eléctrica, la magia de mi hija se estaba activando. Busqué en las paredes las runas con las que Diana había protegido la casa, seguían activas. Solo un cierto tipo de magia podía funcionar dentro de la casa y la magia de mi hija correspondía al tipo, lo cual me alegró, llegado el momento, podría entrenar sin problemas allí.

El inconveniente, una vez más, fue Ray. Recibió una llamada de su secretaria para que fuera a la oficina y mi hija recibió de las runas que aquello era una trampa y que no debía ir. Ray tampoco confiaba del todo en ella y dudaba de que fuera la bruja que nos ayudaría a destruir a Marina.

―Debes hacerle caso, Ray, si lo dice es por algo ―dije molesto.

―¡Tú no te metas! ―rugió y Abril se encogió en su asiento. Luego se echó hacia atrás e hizo unos pucheros.

―No te asustes, Abril, lo siento ―se disculpó el hombre, pero mi hija no respondió―. Abril…

Ella se levantó y caminó hacia el ventanal. Ray siguió disculpándose. Ella no quería ceder, por lo que influí en ella, no para que lo perdonara, sino para que recordara el amor que sentía por él, aun así, seguía sin querer hablarlo, por lo que tuve que volver a quebrantar su espíritu. Y lloró. Y lloró. Y lloró. Hasta que Leo intervino. Mi hija se sintió un fraude.

―No eres un fraude ―le aseguró Nick―, eres a quien necesitamos para terminar con esto.

Saber que sus propias palabras estaban en la mente de Abril y que Nick las acababa de pronunciar, hicieron sentir a Ray un gusano, él pensaba que Abril era un fraude, que no era a quien esperaban.

―Si sigues con esa actitud, Abril no seguirá adelante, lo dejará todo y no habrá vuelta atrás ―terminó Nick.

―-¿Es cierto eso? ―le preguntó a mi hija con preocupación.

―Sí ―respondió más serena y con firmeza, yo ya la había dejado―. Ya estoy lo suficientemente cansada y asustada con todo esto, que es nuevo y no sé cómo asimilarlo, para más encima tener miedo de ti.

Ray prometió no volver a hacerlo, solo que sus palabras y sus promesas pesaban menos que el aire. Fingí cansancio y salí de la casa unos minutos, debía encontrar la forma de irme sin que pensaran que los estaba traicionando.

Ray volvió a recibir una llamada y yo volví al salón. Abril sentía que no servía, que era una inútil y que todo se echaría a perder por su culpa y que, de ser así, Ray no la perdonaría. Me acerqué a ella y la levanté del sillón en el que estaba hundida.

―Escúchame, Abril, tú eres a quien necesitamos para acabar con esa mujer de una vez, no te preocupes por lo que no sabes, buscaremos las respuestas de algún modo, cuando llegue el momento, tú estarás preparada.

―No creo, Manuel, míreme, yo soy una tonta y una...

―No. ―La interrumpí―. No vuelvas a decir eso ni nada que se le parezca

―Pero ¡si parece que soy de agua!

Sonreí con cariño y culpa, yo era el culpable de aquello. A causa de Ray, claro.

―Eso no te hace tonta, pequeña, eso te hace humana y real.

―No sé si podré.

―Podrás, créeme cuando te digo que serás capaz de grandes cosas que ni siquiera logras ima…

―¡Aléjate de ella! ―aulló Ray con los ojos rojos.

―Ray, Abril no está bien y necesita de toda nuestra ayuda. ―Comencé a decir mientras intentaba calmarlo, también sentí la energía de Leo actuando sobre él, entre los dos nos resultó imposible, al contrario, él comenzó su transformación y, entonces, no habría quién lo detuviera… Bueno, sí, yo, pero me dejaría en evidencia.

Abril se asustó y se agarró de mi chaqueta.

―¡Abril, sube a tu cuarto! ―le gritó sin mirarla, no quería que lo viera así, aunque claro, ella sí lo estaba viendo.

―Ray…

―¡Sube a tu cuarto! ―gritó más fuerte, lo que hizo eco en la casa.

Ella no se movió. Sin mi intervención, no tenía nada de cobarde, y ese era un gran problema.

―¡Suuuuubeeeee! ―Su voz animal, su expresión y su rostro casi transformado, la hicieron correr de puro pánico. Y algo de susto que le hice sentir yo.

Joseph cruzó la sala para ir detrás de ella, pero Ray lo agarró del brazo.

―¡Déjala! Aquí hay asuntos más importantes que resolver ―le ordenó.

―¡Le gritaste, Ray!

―¡Debe obedecer!

―¡No es un animal!

―Es una rehén, ¿lo olvidas?

―¿Qué?

―Vino aquí secuestrada, nunca vino por propia voluntad, ¿no es así, Manuel?

―No puedes hablar en serio ―musitó Joseph con el dolor instalado en su pecho.

Ray continuaba a medio transformar, lo que indicaba que estaba hablando como líder de los vampiros y no como amigo.

―Esto es serio, Manuel nos traicionará en cuanto tenga la oportunidad y se llevará a Abril con él para hacerla parte de la conspiración de Ricardo y Marina.

―¿Cómo será eso posible? ―intervino Max con mala actitud.

―Así, como lo está haciendo, que cada uno la sienta vulnerable y quiera protegerla. Incluso haciendo que nos enamoremos de ella. ―Me miró a mí y luego a Joseph que seguía conmocionado.

―No lo creo ―rebatió Leo―, si así fuera, ¿por qué arriesgarse a venir a morir si su fin era destruirnos?

―Además, Nick lo hubiese sabido ―agregó Max―. ¿Ha pasado algo así por su mente, Nick?

―No, al contrario, su miedo ha sido real y se siente frustrada al no saber qué hace aquí.

―¿Y Manuel?

―No, nada. No entiende qué te pasa con él.

Ray no lo creyó, mejor dicho, no lo quiso creer y encontré la excusa perfecta para irme.

―Será mejor que me vaya ―dije―, si no soy bien recibido aquí y si vas a gritar a Abril por mi culpa, prefiero irme, lo único que puedo decirte, Ray, es que estás equivocado, es cierto que quiero a esa niña, pero jamás le haría daño. No a propósito.

―Ya intentaste separarla de mí, la querías marcar, ¿o se te olvida?

―No quería separarla de ti, quería salvarla de ti, lo sabes.

―No busques excusas, sabes que no es verdad, ¿qué estabas haciendo cuando entré aquí? ¿De qué intentabas salvarla?

―Ella esperaba que yo pudiera ayudarla, necesita entender muchas cosas.

―Ella necesita saber lo que yo le pueda decir, nada más.

Caminé hacia la puerta y sentí que Abril estaba a punto de escapar, lo que sería muy peligroso. Me volví.

―Vete, no te quiero en esta casa ―espetó.

―Estás cometiendo un error, Ray, esto no debería ser así.

―¿Y cómo debería ser, según tú?

―Deberíamos estar ayudando a Abril a recordar, demostrarle que no nos debe temer, hacerla confiar en sí misma y en nosotros, no que esté en su cuarto, asustada con ganas de escapar.

―¿Y cómo sabes que quiere escapar?

―¡Vamos, Ray! ¿De verdad no lo sabes?

―Vete, Manuel, antes de que cometa una estupidez.

―Claro que me voy a ir, no voy a quedarme a ver cómo arruinas todo por tus celos enfermizos y tu falta de confianza.

Salí de esa casa antes de arrepentirme de dejar a mi hija en manos de ese imbécil y llevarla conmigo.

Tras andar un par de kilómetros, detuve la camioneta y me bajé, un pobre árbol pagó las consecuencias de mi ira. Lo golpeé hasta derribarlo. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?



jueves, 15 de abril de 2021

33: El poder del amor

―Ray, Manuel es el único que puede ayudarnos. ―Joseph fue el primero en hablar―. Todo se hará más complicado sin él.

―Nosotros podemos ayudarla. Nick… ―replicó Ray.

―Yo no puedo hacer nada si no está en su memoria inmediata ―le aclaró Nick.

―Yo no quiero a Manuel cerca de Abril ―rugió como un demente.

―Manuel estará cerca de Abril lo quieras o no ―repuso Leo con calma―. No puedes negarte a la posibilidad de que Manuel nos ayude y acelerar, de esa forma, el avance de Abril. Si es quien creemos, cualquier ayuda será poca. Solo tenemos unos meses para que ella complete su transformación y…

―¡No me gusta! ¡No quiero! ―protestó como un niño malcriado.

―Estás celoso porque no confías en ella ―espetó Joseph más furioso―. Apuesto mi cabeza a que si ella se pareciera a Isabel no tendrías ningún problema, pero como es igual a mi hermana…  

―Sí, Joseph, sí, Abril es idéntica a Marina y la amo y la odio por la misma razón. Creo, pero no confío en ella. Ella pone mi mundo de cabeza y pondría el mundo a sus pies cuando me mira, pero cuando pienso con la cabeza… No puedo. Ella…

―Ella no quiere lastimarte, Ray. Ella te ama ―le aseguró Nick.

―Es cierto, Ray ―admitió Joseph con tristeza―, Abril te ama, pero tú no mereces su amor.  

Ray miró a su amigo como si quisiera asesinarlo y morirse a partes iguales, yo lo entendía, tenía una batalla entre su cabeza y corazón que ni él mismo comprendía.  

―No me mires así, es la verdad ―continuó―. Tú no mereces que te ame, no mereces nada de ella. La lastimas a cada paso, no crees en ella ni en lo que será capaz, te da lo mismo lo que ella siente.

―Ella te ama mucho más de lo que puedas siquiera comprender ―intervine, necesitaba que me expulsara, si me iba yo, por mi cuenta, creerían que los estaba traicionando.

―¡Tú no sabes nada! ―exclamó Ray y en su mente se presentó la imagen de mi hija sometida bajo su cuerpo, mientras la torturaba antes de matarla. Esa imagen me sacó de mí mismo, no estaba seguro de si era el pasado o el futuro, y sinceramente, no me importó.

―¡Eres tú quien no tiene idea de nada!  ―rugí como un demonio―-. Tienes más de quinientos años y ¿de qué te ha servido? De nada. No has aprendido nada ni te ha interesado saber. Estás tan absorto en tu propia miseria que no has visto nada de lo que en realidad importa.

―No te metas, Manuel ―me ordenó.

―No intervendré con Abril si no quieres. ―Iba a seguir hablando, pero Selena tomó mi voz y mi voluntad para hablar a través de mí―. Pero luego, cuando no logren su propósito y Abril muera, no me vengas a llorar; ni las lágrimas de sangre te salvarán del infierno en el que vivirás por el resto de la eternidad, desearás la muerte, pero esta no llegará. Ese será tu castigo y pongo a la Luna por testigo de que tu conciencia no te dejará en paz y la Luna, la misma que otorga sus poderes y su fuerza a Abril, será la que te persiga cada noche, vengará su muerte contra ti. Si Abril muere, no habrá otra oportunidad de acabar con esa bruja maldita porque todos los poderes de Abril serán de ella y nadie, absolutamente nadie, podrá detenerla y todos los mundos, no solo el nuestro; y todos los seres vivos, no solo nosotros; y todos los reinos, no solo los nuestros, conocerán el poder y la maldad de esa alma perversa que ustedes conocen como Marina. Y todo el universo caerá de esclavo a sus pies y ya no habrá retorno, porque Abril, la única que puede destruirla para siempre y acabar con su existencia, de esta vida ya no regresará. Es nuestra última oportunidad. No tenemos las de ganar. Abril no tiene idea de quién es ni el poder que tiene y mientras no lo sepa, no hay nada que hacer más que ayudarla a sacar el potencial que tiene escondido. Solo el día que ella se entregue a su esencia, a su ser interior, a su energía pura, podrá ser capaz de crear grandes prodigios, mientras tanto, no será más que carbón. Carbón que, en las manos correctas se convertirá en un diamante de alto valor y, en las incorrectas, se volverá cenizas. De nosotros depende que sea lo que se espera de ella. Debe convertirse en diamante lo antes posible. Los enigmas deben ser revelados y los hechos avanzan a pasos apresurados. No hay tiempo que perder en niñerías y estúpidos celos. El tiempo se aproxima inexorable y solo de ustedes depende que lo consigan o no. Ustedes fueron destinados a cuidar y pulir el diamante que tienen en sus manos. De ustedes depende. No lo olviden. Después, no habrá espacio a lamentaciones.

Selena se fue. Detuve el tiempo. Necesitaba pensar. La victoria no estaba asegurada. Cada vez me costaba más todo aquello y pensar en dejar sola a mi hija con ese energúmeno me descomponía, sabía que, aunque quisieran, ninguno de los otros sería capaz de enfrentársele en caso de necesidad. Y eso era lo que más me preocupaba.

Una vez que estuve relajado, aceleré el tiempo a la hora real. Ya aclaraba.

―¿Qué dices, Ray? ―le preguntó Joseph, más preocupado de Abril que de lo que había ocurrido.  

―No. Las palabras bonitas no me convencen. No te quiero cerca de ella, Manuel, ¿me escuchaste bien?

―Sí.

―Ray, Abril necesita ayuda y la única forma es que Manuel indague en su pasado. ―Joseph volvió a la carga.

―Ray, él no miente, solo quiere lo mejor para Abril ―confirmó Nick.

Su mente debatía con sus instintos, la batalla interior era intensa. Nick lo sabía y no imaginaba cómo ayudarlo, el problema era que nada ni nadie podía hacerlo, solo romper la maldición de Catalina lo lograría.

―Yo quiero que Abril esté bien ―le dije―, si te molesta que me acerque a ella, no lo haré, pero al menos déjame ayudarla, aunque sea a lo lejos.

Ray se giró sin contestarme, contempló el débil sol que salía por detrás de los árboles.

―No ―respondió al cabo de media hora―, nos arreglaremos sin tu ayuda.

Ray se encaminó a la casa, los demás le siguieron a corta distancia, solo Joseph se quedó atrás. Parecían soldados que volvían de una guerra perdida y no vampiros dueños del mundo. Sentían que habían perdido la guerra antes de luchar.

―Joseph… ―le hablé, él se detuvo de inmediato y me miró.  

―Dime.

―Debemos hacer algo. Abril morirá y creo que ninguno quiere eso.

―Claro que no y si Ray no quiere entender, lo sacaré del medio, no perderé a mi hermana de nuevo.

¡Sí! Joseph estaba seguro de que Abril era su hermana y no la dejaría sola.

―Siento que en Abril habita el alma de mi hermana, ella no lo sabe, per
o creo que también lo siente ―me explicó, mi cara debió ser un poema.  

Le puse ambas manos en sus hombros y le sonreí, le transmití algo de mi energía.

―El poder del amor, no lo olvides. ―Le golpeé con suavidad la mejilla dos veces y me aparté para seguir rumbo a la casa.

Podía irme tranquilo.


martes, 13 de abril de 2021

32: Dejar a Abril

Llegué a la casa cerca del mediodía. Habían descubierto que mi hija era bruja, aunque no recordaba casi nada de las enseñanzas de su abuela. Nick trataba, en vano, de hurgar en su mente en busca de información, pero nada. Los demás intentaban imaginar la forma de ayudarla a recordar. Nick entonces pensó en mí, en mi capacidad de recorrer tiempo y espacio, podría ayudar a buscar en su pasado, en las supuestas enseñanzas de su abuela, aunque ella en realidad no le enseñó nada de magia, solo le repetía lo importante que sería ella y lo valiente que debía ser, para dejarlo implantado en su subconsciente.

Entré en el preciso momento en el que Ray les decía que yo no intervendría.

―¿En qué no puedo intervenir? ―pregunté, fingiendo no entender.

―Es un asunto con Abril ―me respondió Ray de mal modo.

Mi hija se acurrucó al pecho de Joseph, asustada.

―No pasa nada, princesa, todo está bien. ―La tranquilizó Joseph, ella escondió su cara en el pecho de su hermano. ¡Mi niña!

―Voy al cuarto de Abril, tengo todo listo ―indiqué.

Mi hija me miró, otra vez debía dejarla sola. Subí apresurado antes de arrepentirme.

Subí las herramientas y el vidrio mientras Leo le contaba acerca de su muerte en su última vida, ella creyó que se podían meter en sus sueños y cuando se dio cuenta de que Leo había vivido aquello con ella hacía más de quinientos años, fue peor, se sintió aturdida. Ray quiso hacerla dormir, pero ella se negó, quería asimilar toda aquella información. Mi hija guardó silencio mucho rato. Nick no lograba captar sus pensamientos, pues eran caóticos. No quería imaginar lo que éramos, le aterraba pensar en la clase de seres con los que estaba. Cuando decidió en su mente que debía buscar la forma de escapar, eché a andar el taladro para que apartara esos pensamientos, no era ella la que debía irse de esa casa.

―¿Cómo estás? ―le preguntó Ray tras breves segundos.

―Asustada ―respondió―, deberían avisar cuando van a echar a andar esa cosa ―reclamó en voz alta, sabía que podría oírla.

―¡Lo siento! ―grité para que me escuchara.

Su amor a Ray fue más fuerte y había ganado la batalla de querer escapar.

Seguí trabajando mientras ellos le explicaban su papel en la batalla contra Marina. Cuando surgió el nombre de mi hermano, encontré una excusa para volver al despacho.

―¿Y Ricardo qué tiene que ver en todo esto? ―preguntó Abril.

―Él nos hizo creer que tú eras Marina ―le contestó Ray.

―¿Para qué?

―Estaba dentro de sus planes que tú llegaras a esta casa ―respondí entrando a la habitación.

―¿Qué haces aquí? ―me interrogó Ray al tiempo que se levantaba del lado de mi hija.

―Quiero contar la verdad, pero también necesito oír la verdad de parte de ustedes.

―Habla ―me ordenó.

―No, necesito tu palabra de que me dirás lo que quiero saber ―respondí a sabiendas de que no lo haría.

No me contestó, no podía confiar en mí. Me di la vuelta para volver al cuarto de Abril.

―¡Espere! ―me dijo ella―. Yo también quiero saber.

Me volví y la miré, mejor dicho, la admiré, ella era mi pequeña y era muy valiente, no cualquiera soportaría todo lo que ella tuvo que pasar, incluso, aunque muchos crean que serían felices si los secuestrara un vampiro, dudo mucho que, en la vida real, lo disfrutarían.

―Abril, será mejor que subas al cuarto ―le ordenó Ray con dureza―. Será mejor que no estés aquí.

―¿Por qué no?

―Porque este momento no es bueno, no ahora.

Ella no obedeció, al contrario, buscó mi mirada, quería respuestas.

―Ricardo planeó todo desde hace mucho tiempo, si yo hubiera sabido cómo eran las cosas, te juro que jamás lo hubiese ayudado, si te hubiese conocido antes… No, no habría servido de nada.

―¿¡Ayudaste a Ricardo?! ―rugió Ray.

Abril no se asustó, se levantó del sofá y se paró frente a mí.

―Por eso me trajo acá, ¿para matarme?

¡Claro que no! La llevé allí para protegerla, aunque no lo lograra del todo.

―Él, ¿qué tiene que ver con Marina?

―Son amantes desde tiempos inmemoriales, cada vez que aparece Marina reencarnada, lo busca e intentan someter, no solo a este clan, también a otros; a veces lo logran, a veces no, a veces lo que consiguen es que más de nosotros se les unan, por miedo más que por simpatía.

―¿Y usted? ¿Fue por miedo o por simpatía?

―Miedo.

―¿Miedo a qué?

―Ella mató a mi familia, mi hermano y yo fuimos los únicos a los que dejó vivos. O me unía o moría. Así de simple y así de terrible.

―¿Ahora sabe que lo está traicionando?

―Seguramente, no lo sé.

Ella mantuvo mi mirada unos segundos, sentí que su alma quería reconocerme eso no debía pasar, no todavía, así es que tenía que hacer algo. Le hice mirar el reloj de pared que estaba a su espalda.

―Tal vez ustedes no coman, pero yo tengo hambre.

―Abril… ―Necesitaba verla a los ojos una vez más, sabía que me quedaba poco tiempo con ella―. Yo…

―Está bien, no se preocupe, no hay problema.

―Pero te hice mucho daño.

Se encogió de hombros.

―Eso ya no importa, usted no sabía.

Se acercó a Ray que estaba a unos pasos y colocó su oído en su pecho, quería comprobar que su corazón no latía. Mi hija, sin entenderlo, sabía mucho más de lo que conscientemente percibía.

Max la llevó al comedor para que almorzara, ya pasaban de las tres de la tarde y sí tenía hambre.

Yo me fui a terminar de arreglar el cuarto, pronto llegó Leo y después Max. Entre los tres terminamos de trabajar, ninguno habló nada, aunque sabía que ellos estaban deseosos de conocer todo lo demás que no conté abajo. Abril volvió a ese dormitorio esa misma noche.

Tras dejarla dormida, Ray bajó, le había prometido a Abril que conversaría con nosotros acerca de que yo les ayudara.

―¿Cómo sé que no nos traicionarás? ―me interrogó.

―No lo sabes, solo tienes mi palabra.

―Palabra que no sirve de nada si has estado más de una década engañándonos.

―No es tan así, yo sí quería escapar de las garras de esa mujer.

―Pues no se nota si hasta hace menos de una semana nos engañaste para traer a Abril a esta casa diciendo que era Marina.

―No fue mi intención.

Ray quiso golpearme, pero Joseph lo detuvo.

―Cálmate, Ray, Abril duerme y no quiero que se despierte asustada por su culpa.

―No será mi culpa ―se defendió.

―Sí, porque no quieres escuchar razones. Manuel nos dijo por qué lo había hecho y Abril te pidió que lo reconsideraras. ¿Qué daño puede hacernos si nos ayuda? Además, Nick podría estar atento a sus pensamientos para saber si nos miente.

―Al menos podrías pensarlo ―intervino Leo.

―Manuel quiere lo mejor para Abril, aunque no te guste, no la volvería a lastimar ―agregó Max.

―Yo creo que es nuestra mejor opción ―replicó Nick―. Y la única.

Ray salió de la casa dando grandes zancos, sin usar su velocidad. Le seguimos.

―No quiero que Manuel intervenga. Punto ―sentenció.

―¡No puedes ser tan idiota! ―explotó Joseph.

―No me busques ―amenazó a Joseph.

―¡Eres un idiota, Ray! ¿No te das cuenta de lo que haces? Manuel nos quiere ayudar y tú no lo dejas ―insistió Leo.

―¿Y a ti te comieron la lengua los ratones? ―me preguntó Ray―, ¿acaso no puedes defenderte solo que necesitas que otros lo hagan por ti?

―¿Qué quieres que te diga? Todo lo que pueda argumentar te parecerá falso, solo ves a través de tus ojos de hombre inseguro.

Eso bastó para que Ray me diera un buen golpe.

―¿Saben qué? ―intervino Max, que se colocó entre nosotros―. Váyanse al bosque, allí Abril no los escuchará si quieren transarse a golpes, yo me quedaré en caso de que despierte.

Sin decir nada, Ray se internó en el bosque, los demás le seguimos. No hacía falta ser adivino para saber lo que se venía: acaloradas discusiones y golpes. Al menos, en aquella ocasión, Ray se desquitaría conmigo y no con mi hija.

―Ray ―le habló Nick en tono conciliador―, no veo en su cabeza que Manuel nos quiera traicionar, él ha sido franco con nosotros y asumió sus errores, no veo razón para seguir desconfiando de él.

―¿Y si nos está engañando? ¿Acaso viste que hace menos de una semana nos engañó?

―No busqué en sus pensamientos más que su cariño hacia ella.

―Puede manejar sus pensamientos para que no lo descubramos.

―¿Se puede hacer eso? ―pregunté fingiendo inocencia.

―Dímelo tú ―reclamó Ray―. Para mí, no eres más que un hipócrita.

El hechizo de Marina lo volvía iracundo y necesitaba desahogarse. Eso lo sabía bien yo tras mi noche de furia. Me acerqué a él y lo empujé. Reaccionó de inmediato y se lanzó contra mí. Los demás quisieron detenerlo, su fuerza, se suponía, era por mucho muy superior a la mía que era un novato, pero no un neófito; sin embargo, era yo quien debía controlar mis golpes para no destruirlo. Les pedí que no intervinieran, eso era algo entre él y yo, ambos necesitábamos aquella batalla, teníamos demasiada rabia dentro y debíamos sacarla afuera.

―Dime por qué, si quisiste traicionarnos, si trajiste a Abril para que la matásemos, ¿debería confiar en ti ahora para ayudarnos? ―me interrogó Ray en medio de la pelea.

―Porque ahora estoy de parte de ustedes, ¿no lo ves?

―¿Por qué? ¿Porque te enamoraste de Abril?

―No sabes lo que dices.

Los golpes no se detenían por la conversación.  

―Acláralo, entonces, ¿por qué ahora tienes este cambio?

―Porque ya no quiero estar de parte de esa mujer.

―¿Solo por eso?

―No estoy enamorado de Abril ―le dije al tiempo que le daba un derechazo―. Mucho menos ella lo está de mí. No debes temer que nadie te la robe.

―No confío en ti.

El silencio cayó de golpe como una lápida sobre nuestras cabezas.

―No puedo confiar ―corrigió.

La noche se volvió negra. ¿Había llegado el momento de dejar a Abril?



sábado, 10 de abril de 2021

31: ¿Abril?

 La mujer de Carlos se mostró muy agradecida y avergonzada, no sabía cómo me podría pagar lo que había hecho. Debo ser honesto en que no quise leer la mente de esa mujer, ya estaba harto de meterme en las cabezas ajenas y me imaginé que la de ella era un caos. Luego de repetirle que no hacía falta ningún pago y que ya no debería preocuparse de su exmarido, comenzó la preocupación por su hijo y el trauma con el que quedaría.

―Puedo hacer que eso cambie ―le ofrecí.

―¿Cómo?

―Puedo quitar los malos recuerdos de su padre e implantar nuevos, ya sea que nunca estuvo con ese hombre como padre y tú fuiste madre soltera, o que su padre fue bueno con ustedes, pero se fue, se murió o algo así.

―Tiene tres años, ¿no recordará su vieja casa?

―Tiene tres años, en un tiempo más ya no tendrá recuerdos, solo las sensaciones y las emociones vividas.

―En ese caso, no quiero que tenga buenos recuerdos o emociones de un hombre que nunca hizo nada por nosotros.

Puse mis manos sobre la cabecita del niño que lloraba sin saber muy bien por qué. Primero, lo dormí, luego quité cada recuerdo de Carlos de su cabeza, la verdad es que los pocos recuerdos que tenía de él, o eran malos, o eran de indiferencia.

―Entonces, él creerá que siempre fueron solo los dos, para la próxima vez, mira bien a quien entregas tu corazón.

―Yo nunca le entregué mi corazón, ni nada, mi padrastro perdió una apuesta en la que yo era la prenda.

―¿Dónde está tu padrastro ahora?

―En algún bar de mala muerte, como siempre.

―Bueno, tú no te preocupes, aquí estarás tranquila con tu hijo. ―Saqué una de mis tarjetas de visita y mi lápiz para anotar un número―. Toma, te dejo mi número por cualquier cosa, si yo no puedo venir, al reverso está el número de un amigo, llámalo de mi parte. Si él no puede venir, seguro enviará a alguien.

―Gracias.

Tomó mis manos, primera vez que me tocaba y grande fue mi sorpresa al sentir un escalofrío recorrer mis brazos. No solo su pasado se abrió ante mis ojos sin yo quererlo, también al menos una de sus vidas pasadas. Esa mujer, pobre, violentada y con la autoestima por el suelo era Abril, la hija de Livia, a la que crie como mi propia hija y a la que le daba asco ser la hija de la sirvienta. ¿Qué había hecho en sus vidas pasadas para acabar así? ¿O es que sí había tomado malas decisiones en esta vida? No, era demasiado joven para haber cometido errores por sí misma, mucho más si quienes la debían proteger la habían entregado a un bastardo.

―No te preocupes, nada les faltará, ni a ti ni al niño. Yo me haré cargo de todo.

―¿Cómo lo haré para ir a trabajar? Allá dejaba al niño con una vecina.

―No te preocupes, ya te dije que nada les faltará, no debes volver a trabajar, te harás cargo de tu hijo y yo me haré cargo de los dos.

―Eso no es correcto.

―Créeme que es lo correcto para mí.

―¿Tendré que…?

―¡No! ¿Cómo crees que te quiero como mi amante? Te acabo de rescatar de un malnacido que creía que tú eras un objeto de comprar y vender. No, quizá no lo parezca, pero tú eres como una hija para mí.

Ella se sorprendió, pero no dijo nada, no fue capaz de articular palabra alguna.

Salí de esa casa y me fui directo a buscar al maldito de su padrastro. Yo también fui padrastro de esa joven y jamás la maltraté.

Grande fue mi sorpresa al ver que, en un bar de mala muerte, tal como me dijo Marcela, estaba Juan, pero no estaba solo, la madre de ella se encontraba junto a él. No me di tiempo a pensar. Por Livia, por la hija que crie, por mi propia hija, los saqué en segundos de allí como un vendaval, nadie supo lo que ocurrió, tampoco les importó, culparon al alcohol de ver alucinaciones.

―¿Quién es usted? ―me preguntó la mujer.

―¿Cómo pudiste apostar a tu hija?

―¿Qué te pasa? ¿Qué te metí tú? ―respondió el infeliz, envalentonado, sacó una pistola y la mujer sonrió irónica, se creyeron vencedores.

Solo bastó eso para que ya no pudiera controlar mi ira. El hombre disparó, yo detuve la bala con mi mano y la deshice entre mis dedos.

―¿Qué? Pero ¿cómo? ―Al hombre se le espantó la borrachera con el miedo.

Quisieron huir, pero no se los permití. Con mi poder mental sobre ellos, los obligué a subir al destartalado cacharro que llamaban automóvil y yo me senté en el asiento trasero. Lo hice conducir hacia el sector alto de la ciudad. Iban aterrados, preguntándose cómo era posible que perdieran así el control de sus movimientos. Llegamos al mirador de uno de los cerros más altos de la capital.

―Bien, hasta aquí llego yo, me despido. Buen viaje.

Me bajé del auto, ellos querían moverse, pero les era imposible. Ordené a la mente del hombre que encendiera el motor, vi el terror en sus ojos, el mismo terror que sentía Marcela por su esposo. Hice un minúsculo movimiento con mi cabeza y ambos se desbarrancaron. El vehículo explotó en el aire.

Cerré mis ojos y resoplé. Mi noche de furia había terminado.

Casi amanecía cuando bajé del cerro por el camino de los coches, a esa hora no había nadie. Necesitaba caminar y pensar. No pensaba encontrarme con Abril de nuevo, esa Abril, la hija de Livia. Ella trajo a mi memoria los recuerdos de aquella época en la que creía que sería fácil acabar con Catalina. Y ahí estaba, dos milenios después, sufriendo más que nunca por mi hija, a la espera de acabar con esa bruja por toda la eternidad.

―Hoy sí que te liberaste, Medonte.

―Mala’ikan.

―Me ofende, parece que no te alegra verme.

―Hoy no es un buen día.

―Lo sé, por eso vine.

Me detuve y lo miré directo a los ojos.

―¿Sabes qué? Todo este tiempo te he obedecido ciegamente, ¿de verdad me ayudas?

―Me extraña, Medonte, siempre te he ayudado.

―No siempre.

―Siempre desde que Catalina te convirtió en lo que eres ―replicó con liviandad.

―Siento que estos días han sido más largos que toda mi existencia junta.

―No te preocupes, tu hija está en buenas manos. Leo, Max y Joseph, sobre todo, no permitirán que nada malo le pase, ellos la cuidarán. Los sucesos que están prontos a venir serán el preámbulo a recordar y recuperar sus poderes. Tendrás que alejarte de ella un par de días para que no seas descubierto.

―¿Cómo lo haré?

―Se darán las condiciones, tú lo harás posible.

―Si todo esto no funciona, te juro que el mundo…

―Calma, Medonte, todo saldrá como esperamos.

―Eso espero, Mala’ikan, eso espero.

―Por ahora, ve a hacer ese arreglo. Estoy muy orgulloso de ti, sabía que lo lograrías.

―¿Lograr qué?

―Mantenerte y soportar los sufrimientos de tu hija, créeme cuando te digo que estás ganando muchos puntos en el mundo espiritual y la gran mayoría apuesta por ti.

―Espero no fallar al último minuto.

―Yo estaré a tu lado, aunque no pueda pelear junto a ti.

―Cuento con ello.

Continuamos caminando en silencio por un buen rato.

El sol salió por entre los cerros y Mala’ikan se detuvo en un puente.

―Escucha, Medonte, Selena fue liberada de su condena gracias a ti.

―¿Qué?

―Muy pronto podrá volver a hablar, a comunicarse con los humanos. Tardará un poco más para que pueda volver, pero, sin duda, lo hará.

―¿Por qué me lo dices? Tú me quieres fuera de su vida.

―-Tú eres el ser que más la ha amado, tu amor es real, eres el único que la merece.

―¿Y tú?

―Ya te dije que lo que me une a ella no es amor como el que tú conoces o el que sientes por ella, tampoco los celos entran en esta ecuación, Selena y yo terminaremos juntos cuando el mundo, tal como lo conoces, ya no exista. Este mundo, esta galaxia, al igual que sus antecesoras, están destinados a la destrucción, lo siento, pero así es, claro que todavía les quedan miles de años por delante, de todos modos, cuando eso ocurra, Selena, la diosa lunar, y yo estaremos juntos. Por ahora, tú y ella merecen una oportunidad, aun cuando para nosotros ustedes sean un suspiro en el tiempo.

―Creo que nunca terminaré de entenderte.

―No tienes que hacerlo.

―¿Por qué te acercaste a mí? ¿Por qué, después de todo el odio que decías tenerme y de estar de parte de Catalina, decidiste ayudarme?

―Siempre vi potencial en ti, Medonte, siempre. Catalina llevaba siglos haciendo daño, ella es hija de la Luna, es cierto, pero su padre fue un ángel caído, un ser malvado. A Selena se le dio poder para destruirlo, pero solo en la persona de Atila, cuando su poder era escaso.

››Los ángeles ya no podían hacerse hombres, no todos. Solo los de las altas esferas, por decirlo de algún modo, mantienen esa capacidad, Atila no, él debía encarnar un cuerpo, tal como lo hace Catalina, pero cada vez que encarnaba, cada vez que encarnan, pierden poder y al final terminan siendo simples humanos. Cuando encarnó en la persona de Atila, ya no le quedaba poder y Selena lo destruyó antes de que pudiera recargar sus energías, acabó con él, con su existencia.

―¿Siempre supiste que yo tenía un papel en la destrucción de Catalina?

―Y uno muy importante, Medonte, no te restes méritos.

―Te juro que preferiría no haber tenido ninguna intervención, quisiera haber vivido la vida que me correspondía, con mi mujer y mi hija, nada más. Verla crecer feliz a mi lado, casarse, formar una familia, ver a mis nietos, jugar con ellos, envejecer y morir junto a los míos, ¿era mucho pedir?

Me sonrió con esa expresión tan suya.

―No estabas destinado a una vida tan simple.

―Acabo de asesinar a seis personas esta noche.

―Y cuando te convertiste, asesinaste a un ejército completo, pero salvaste a Livia y a su hija. Esta noche volviste a salvar a la hija de Livia. Y no solo a ella, a otras tantas muchachas que hubiesen caído en las garras de esos malnacidos. Esos seis que mataste no hacían más que empeorar este mundo, no tenían ni un gramo de culpabilidad o arrepentimiento, eran seres que no valen la pena, que están mejor muertos.

Nos detuvimos ante una enorme y conocida ferretería.

―Bien, compra lo que necesitas, esta tarde debes irte de esa casa. ―Me enseñó unas llaves de automóvil, presionó el cerrado automático de puertas y se accionó en una camioneta estacionada a unos pocos pasos―. Nos vemos en otra ocasión ―se despidió luego de entregarme las llaves.

―¿Mi hija estará segura? ―inquirí con preocupación.

Él sonrió y desapareció de mi vista. Negué con la cabeza y entré a comprar lo que necesitaba, al menos, ya tenía en qué llevarlas a la casa del bosque.

 



sábado, 3 de abril de 2021

30: Noche de furia

 Recorrí las calles que solía andar antes, cuando miraba a mi pequeña desde lejos, cuando la cuidaba a la distancia. Llegué a su antigua casa y vi a Nick entrar en ella con la casera de Abril. Rato después salió con varias cosas; las pertenencias de mi hija.

No lo seguí, al contrario, me quedé allí. En esa casa, mi hija no lo había pasado bien, esa mujer la trataba muy mal. Sin pensarlo dos veces, y con la rabia metida en mis entrañas, me acerqué a su puerta y pude oír cómo se regocijaba con la cuantiosa propina que le había dejado ese “joven tan guapo” y que había ganado más con “las porquerías de la pendeja, que con la misma pendeja”. Resoplé furioso y toqué el timbre.

―¿Sí? ―Asomó los ojos.

―¿Puedo pasar?

―Si busca a su amigo, ya se fue.

―¿Cómo sabe que es mi amigo?

―Porque son los dos iguales de raros y guapos, cariño.

Asentí con la cabeza.

―Sí, somos amigos y sé que acaba de irse, yo lo estaba esperando en el auto, lo que pasa es que quiero ver si se queda algo.

―Mmm… ―Se encogió de hombros―. No sé, su amigo me pagó solo por lo que se llevó.

Saqué mi billetera y le enseñé un buen fajo de billetes, ella los observó con avidez.

―Ah, bueno, en ese caso, pase, joven.

Di un paso y luego otro para asegurarme de poder entrar. Antes de que la mujer pudiera reaccionar, hundí mis colmillos en ella, cuando estaba a punto de morir, me aparté de ella y la miré, con mis ojos rojos y mi rostro desfigurado.

―¿Qué…? ¿Quién…? ¿Por qué…? ―tartamudeó.

―¿Qué voy a hacer? Te voy a matar. ¿Quién soy? El padre de Abril, la pendeja. ¿Por qué? Por el modo en el que la trataste todos estos años. ¿Sabes qué es lo peor para ti? Morirás de dolor. Pagarás, no solo por lo que hiciste sufrir a mi hija, sino que también por las demás muchachas a las que maltrataste por el simple hecho de no tener familia ni dinero.

―¿Cómo… cómo lo sabe?

―Porque puedo leer tu mente, vieja maldita.

La arrojé al piso y me fui, por el estado en el que la dejé, debió morir en cuatro a cinco horas. Su caso ni siquiera salió en las noticias, por lo que asumo que a nadie le importó.

Pero no fue solo ella la que sufrió esa noche la ira de mi venganza. Me fui a la caza de tres excompañeros de Abril, dos de trabajo y uno del Hogar. Los tres habían maltratado y denigrado a mi pequeña sin miramientos y pagarían por ello.

El primero fue Carlos, su compañero del Hogar. Muchas veces castigaron a mi hija por su culpa y él jamás dio la cara, al contrario, siempre se burlaba por lo tonta que era.

―Yo… Yo lo siento, yo era un niño, no sabía lo que hacía, por favor… ―rogó como un cobarde cuando le dije a lo que iba.

―Ahora eres un adulto y sigues haciendo lo mismo, te gusta golpear mujeres, sobre todo a la tuya, ¿no es verdad? ―le pregunté mientras le daba suaves bofetadas, más humillantes que dolorosas.

―Prometo no hacerlo más, se lo juro, yo no sabía que estaba mal.

―¿No sabías que está mal golpear mujeres?

―No, es que ellas se lo buscan, pero ya no más.

―Claro que no lo harás más y no solo eso, dejarás libre a tu mujer.

―¿¡Qué?!

―La tienes contigo bajo amenaza. Ahora mismo vas a ir a tu casa, vas a agarrar tus cosas y te irás. La dejarás en paz.

―Pero… Pero… Pero… Yo no tengo dónde ir.

―Trabaja, tal como lo hace ella para mantener a tu hijo y a ti.

―Pero…

―O te mato, tú eliges.

―No, no, la dejaré, lo prometo.

―Si te veo cerca de ella, si la vuelves a tocar, te voy a desmembrar muy lento, ¿me oíste? ¿¡Me oíste?!

―Sí, sí.

―Y recuerda, puedo provocarte mucho dolor sin siquiera tocarte.

Me aparté de él y le hice sentir que cada extremidad era apartada de su cuerpo, incluida su virilidad, de la que tan orgulloso se sentía. Lo dejé justo antes de que sufriera un paro cardíaco.

―Ya lo sabes, de ahora en adelante, respetarás a cada mujer con la que te cruces, de otro modo, yo lo sabré y vendré por ti ―le advertí.

―Si, sí, déjeme en paz, por favor.

―Vete. Te quiero lejos de tu casa en una hora.

En tanto ese tipo se iba a su casa, busqué a los otros dos. Para mi suerte, estaban juntos en un bar, molestaban a un par de chicas que dudaban entre irse y arriesgarse a que esos dos las siguieran y las violaran, o quedarse a resguardo en ese lugar, pero con los dos tipos acosándolas.

―¿Qué pasa aquí? ―pregunté con suavidad.

―Pasamos un buen rato con estas minitas.

―Ellas no parecen estar pasándolo bien con ustedes.

―En un rato más la van a pasar muy bien. ―Alargó las dos últimas palabras―. ¿Y tú quién eres?

―Yo soy el padre de Abril Villavicencio.

―¿La huacha? Ella no tiene papás, se crio en un orfanato.

―Te informo que sí tiene padre y soy yo.

―Ya, ¿y?

―Vengo a hablar con ustedes, de hombre a hombres.

―Llegaste en mal momento, suegro, ahora estamos con otras minas, más ricas que tu hijita, sí.

Yo miré a las dos jóvenes, no sabían qué hacer, estaban aterradas, pobrecillas.

―Bueno, lo siento, pero yo voy a hablar con ustedes, lo quieran o no.

―Mejor, vámonos, aprovechemos ―le dijo una a la otra.

―No ―repliqué―. Ustedes vinieron a disfrutar, no se van a ir por este par de imbéciles, son ellos los que se van conmigo. Y no teman, si alguien viene en nombre de Manuel para llevarlas a su casa, se ocuparán de que así sea.  

Agarré a los dos tipos por sendas chaquetas y los saqué fuera del local. Ellos quisieron atacarme y yo ni siquiera me defendí, sus puños chocaban con mi cuerpo de mármol y salían más lastimados ellos que yo.

―¿Quién eres tú? ―me preguntó uno de ellos, sorprendido por lo ocurrido.

―Ya les dije, soy el papá de Abril, no tu suegro, por cierto.

―¿Qué quieres?

―Hacerles pagar por el daño que le hicieron a mi hija y a tantas jóvenes como ella o como Rut y María, las chicas a las que acaban de acosar.

―Vamos, hombres, solo nos divertíamos.

―Para ellas no es gracioso.

―Solo pasábamos un buen rato y ellas también, si no, ¿para qué se vienen a meter a un bar?

―¿Para tomarse un trajo y relajarse?

―Por favor, las minas que andan en bares buscan puro tirar.

―Y por eso las acosan y las violan.

―No las violamos, cumplimos sus fantasías.

―Yo les voy a cumplir sus fantasías de machos valientes, si tan hombres son con una mujer, les voy a dar la oportunidad de mostrar su poder.

Con mi sola mirada, los obligué a seguirme, los guie hasta una calle cercana donde se encontraban varios narcotraficantes haciendo negocios.

―¡Hey! ―les grité para que me vieran llegar.

―¡Hola! ¿Y tú? Hace mucho que no te veíamos por aquí ―me saludó Raúl con una gran sonrisa y un abrazo.

―Vine porque estos dos tipos estaban acosando a tu hija, Raúl, y a la tuya, Miguel, las querían violar.

―¿Qué? ¿Son sus hijas? ―preguntó uno de los tipos, aterrado.

―Ruth y María estaban en el bar de Mario, estos dos las tenían amedrentadas, ellas no se atrevían a nada, ni siquiera a llamar para pedir ayuda.

Raúl hizo una seña y varios de sus hombres se lanzaron contra los dos violadores y los ataron de pies y manos. De seguro los iban a matar con gran lentitud. Raúl y Miguel eran dos narcotraficantes con principios muy claros: nada de drogas a niños y a las mujeres se las respetaba.

En realidad, Ruth y María no eran sus hijas, pero podrían serlo y, por eso, se lanzaron contra los violadores, si quedaban vivos, no les quedarían ganas de volver a molestar a nadie más y eso me dejaba tranquilo.

―Gracias, Manuel, enviaré a alguien al lugar para ver cómo están las muchachas.

―Gracias a ti. Nos vemos.

Me fui de allí a ver al infeliz de Carlos a su casa para ver si me había obedecido. Se estaba a punto de ir, tenía su bolso en la puerta.

―Por fin me voy de aquí, no sirves para nada, me encontré a una mucho mejor que tú ―le dijo a su esposa con orgullo―. Yo voy a estar vigilándote, perra, y si se te ocurre meterte con otro, te mato, ¿me oíste?

Ella no contestó, él le tiró el pelo.

―¿Me oíste, perra?

―Creo que no te quedó muy claro lo que tenías que hacer, Carlos ―le dije y llegué a su lado en un nanosegundo.

―Ella me provocó, como siempre ―se justificó.

Yo miré a la joven, debía tener la edad de Abril.

―No es verdad ―sollozó.

―Por supuesto que no es verdad. Toma las cosas del niño, te sacaré de aquí y los llevaré a una nueva casa donde puedan estar tranquilos, lejos de este ambiente. Mientras tanto, me haré cargo de este imbécil.

―Él no me dejará ir.

―La dejarás libre, ¿no es así, Carlos?

―Ándate a la mierda, ¡váyanse los dos a la mierda!

Marcela no sabía qué hacer, quería escapar, pero no sabía cómo y no tenía adonde.

―Ve a preparar las cosas y no te preocupes por nada, todo estará bien ―le aseguré.

Sin pensarlo más, tomó a su hijo de la mano y corrió a la habitación a buscar sus cosas. Yo me giré a su esposo.

―Ahora tú y yo vamos a arreglar cuentas.