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martes, 27 de abril de 2021

38: Regreso


Llegamos al departamento de Leo en pocos minutos. Ray la llevó en sus brazos directo a la habitación. En ese lugar se encontraban, además de mis amigos, Sabrina, la exnovia de Leo, y Nicole, la nueva novia de Max.

Nick me entregó los papeles en los que Sabrina había escrito los enigmas que le había entregado su fallecida madre.

―¿Qué significa esto?

―Aún estamos descifrándolos.

―¿Qué harán de ahora en adelante?

―Por lo pronto ―respondió Max―, volveremos a la casa del bosque, les contaremos a las chicas todo lo que somos, cómo llegamos a esto y buscaremos un plan de acción.

Pude sentir que Max estaba confundido. Busqué en su mente la razón de su desconcierto: era Nicole. Ella les había dicho que era Sonya, cosa que no era cierto, esa mujer era una impostora, hechizada, quizá, por Catalina, pues ella estaba convencida de que lo era. Solo en una cosa se habían equivocado, la muerte de su hijo no fue a manos de Ricardo, Catalina lo asesinó y, según la mente de la joven que tenía al frente, de mirada altiva y ávida de deseo y poder, la muerte del hijo de Sonya y Max fue a manos de Ricardo.

―Manuel, ¿tú crees que Sabrina sea la hija de la Gran Hechicera? ―me preguntó Leo.

―Su madre fue una gran hechicera, Leo, lo pude ver mientras leía lo que ella escribió y lo más probable es que ella sea la compañera de Abril.

―¿Y yo? ¿Acaso yo no voy a ayudar?

Me giré para observar a la impertinente de Nicole, no aprendía ni siquiera con el escarmiento que le había dado Ray. Max la apegó a su cuerpo.

―Tú no eres hechicera, Nicole ―contesté con paciencia―, tú serás vampira, compañera de Max y de nosotros en la batalla.

―¿Me van a convertir, entonces? ―preguntó alegre, demasiado para mi gusto.

―Es lo más seguro… para ti.

Por fuera mantuvo la compostura, por dentro, gritaba y bailaba.

―No te emociones tanto, la transformación no es agradable ―indicó Nick al notar sus pensamientos.

Max se sorprendió y la miró.

―No he dicho nada.

Nick sonrió irónico y se fue al ventanal. Max buscó mi mirada, yo alcé una ceja. Él se sentía atraído por ella, pero no podía sentir lo mismo que con Sonya y no lograba encontrar a su mujer en esa joven.

―Será mejor que vayas a dormir, Nicole ―hablé―, ya es tarde y mañana nos iremos a la casa del bosque y quizá sufras la transformación.

―Sí, ya estoy cansada ―mintió.

Max la llevó a la habitación y, una vez dormida, volvió a la sala, donde cada uno estaba metido en sus pensamientos.

―Manuel, ¿cómo fue que encontraste a Abril? ―me preguntó Leo.

―Fue casualidad ―les dije―, yo buscaba a unos tipos que debían morir y Abril había llegado a ellos, me alegro de haber llegado antes de que le hicieran más daño.

―Qué gran casualidad ―musitó Leo.

―Quizá no fue casualidad. ―respondió Max, él no desconfiaba de mí―. A lo mejor el destino lo tenía preparado así para que volvieras con nosotros, yo estoy seguro de que tú sabes mucho más de lo que nos has dicho y creo que está llegando el momento de que nos lo digas.

Sonreí apenas.

―Sí, puede ser, ya falta muy poco para que todo acaba y hay que ir paso a paso.

Ninguno dijo nada; aunque miles de preguntas pasaban por sus mentes, nadie se atrevió a hablar.

―Estamos a un paso de que todo se desencadene, debemos permanecer firmes. No puedo ver el futuro de esto ni cómo terminará, ustedes lo saben bien, es uno de los pocos sucesos que me está vedado, aun así, ya viene el fin y tanto Abril como Sabrina deben estar preparadas.

―¿Y Nicole? ―inquirió Leo.

―Nicole será vampira, neófita, esa será su arma, no es mucho lo que necesitará.

―Pareciera que no te agrada ella ―mencionó Joseph.

―¿Nicole? No es que no me agrade, pero ella será vampira, tendrá dones y fuerza sin mover un solo músculo, en cambio, Nicole y Abril deberán aprender a canalizar su energía. Es más difícil aprender a usar magia que aprender a pelear ―respondí.

―Es verdad ―accedió Max―, además, Nicole lleva mucho tiempo esperando ser convertida; sin embargo, Abril y Nicole le temen a su propia sombra, nunca quisieron esto para sus vidas.

―Sí, les está costando asimilar todo esto ―concordó Nick.

―Y todavía no saben bien a qué se enfrentarán ―meditó Leo.

―Así es, por eso debemos darle nuestra confianza y apoyo a Abril y Sabrina.

―Estoy de acuerdo ―dijo Max―. Nicole no necesita nuestro empuje, ella se lo da solita.

Pese a que lo quiso decir con orgullo, la amargura le salió por los poros.

Coloqué mi mano en su hombro en silencioso apoyo, me miró con todos sus sentimientos en carne viva; cerré su mente a Nick.

“Necesito saber que esto está bien, lo necesito”, pensó con angustia.

“Todo terminará bien”, le aseguré.

Él me miró con sorpresa, pero se recompuso de inmediato. Miró a Nick, quien conversaba con Joseph al lado de la ventana. Volvió su vista a mí.

“No estoy equivocado, tú eres mucho más de lo que dices”, me habló, seguro de que lo podía escuchar.

“No es tiempo de develar mi verdadera identidad, ya llegará el momento, pero te aseguro algo, todo lo que he hecho y todo lo que haré, es para acabar con Marina”, le aseguré.

Asintió con la cabeza, puso su mano sobre la mía que seguía en su hombro.

“Eres un buen hombre, Manuel”

“Gracias”.

Abril se quejó en el dormitorio. Puse mi atención, mi Selena estaba con ella, se despedían, mi pequeña había conocido a su madre. Por fin. Eso significaba que quedaba muy poco tiempo para darme a conocer como su padre.

Joseph se apresuró a ir a la habitación al escuchar sollozar a su hermana. Leo se puso nervioso, pero él no se sentía con el derecho a ir a verla, no tenía la libertad que tenía su amigo.

―Quiere a su madre ―nos dijo Nick, que solo podía leer los pensamientos y no ver los sentimientos.

Ray y Joseph se alegraron de que Abril ya no estuviera oculta a sus ojos, así estaría mucho más segura.

 

Al día siguiente, a eso del mediodía, nos fuimos a la casa del bosque. Max me llevó a mí en su auto, por lo que pasé a mi departamento a buscar mi automóvil. No había rastros de Mala’ikan ni de la chica. Esperaba que ella se encontrara bien.

Nada más llegar a la casa del bosque, encendí la chimenea con mi poder sobre los elementos, como el fuego. Hacía frío. Se sentaron en la alfombra. Sabrina se acercó a Leo quien la recibió feliz. Yo me quedé de pie a un costado de la chimenea.

Nick tomó la palabra.

―La historia nuestra se remonta a cinco siglos atrás, al año 1512 en Europa, específicamente en España, donde vivíamos.

―¿Y qué hacen aquí, en un país pequeño y…? ―preguntó Nicole con altivez, como si ella fuera europea.

―Con quinientos años a nuestras espaldas no podemos estar mucho tiempo en un lugar y con la tecnología y comunicaciones de hoy en día, no podemos darnos el lujo de que nos descubran, entonces, tenemos que movernos por diferentes lugares, además, la reencarnación de Marina, en esta vida, sería aquí, algo debe tener este lugar que lo hace especial, sobre todo para la guerra que nos espera.

―¿Con qué se supone que nos estamos enfrentando? ―preguntó Sabrina.

―Con fuerzas muy poderosas que vienen del principio de los tiempos ―contesté yo―, con fuerzas y seres que ni siquiera imaginan.

―¿Qué tipos de seres? ―preguntó Nicole.

―Seres poderosos, con magia capaz de matar y destruir en segundos, con seres que viven desde que la Tierra es Tierra y que año a año y siglo a siglo han multiplicado su conocimiento y poder. A ellos se les han unido algunos otros, seres malignos destinados a nacer en esta época para librar esta batalla que no solo nos afectará a nosotros, si no, a todos los seres vivientes. Si lo logramos, habremos salvado la Tierra, si no, será destruida por tiranos dictadores que abusarán de su poder para someter a todo aquel que no esté de acuerdo con el Nuevo Orden.

―Si es así, ¿cómo lograremos vencer? Míranos, somos cobardes, débiles; nosotras, yo por lo menos, no represento ningún peligro para ellos.

―No lo creas, hija.

Maribel hizo su magistral aparición desde el mundo de los muertos. Ella contó la historia tal como sucedió, hacía quinientos años.

Tras dos días de ver lo que había ocurrido hacía cinco siglos, las cosas que me perdí mientras dormí por veinte años, cortesía de Mala’ikan, mi hija se sentía todavía más confundida con lo que le había dicho su madre, no entendía por qué le había hablado de mí si era Ray quien estaba dispuesto a dar su vida por ella, ¡cómo no!, cuando yo la tuve que defender mil veces de sus ataques de ira, incluso, en ese momento, él seguía sin confiar del todo en sus capacidades, mientras que yo estaba seguro de que sería una hermosa mini versión de su madre. Sin querer, hice un gesto de desagrado que ella notó, pues se dio cuenta de que yo podía leer las mentes. Salí del salón para no exponerme. Necesitaba calmarme, recuperar mi compostura, todavía no era tiempo para que decir quién era yo y qué papel jugaba en todo aquello.

Una vez calmado, pude escucharla hablar con Ray de mí. Volví al salón en el preciso momento en el que él le preguntó si temía que los traicionara al final. Negó con la cabeza y, al hacerlo, me vio. Su ser interior buscaba la respuesta de cómo encajaba yo en su vida y a poco estuvo de descubrir la verdad.

―Yo no los traicionaré. ―Llegué a su lado para cortar sus pensamientos―. Tienes dentro de ti todos los poderes, solo necesitas sacarlos, entrenarlos. Serás más fuerte que todos nosotros juntos y acabarás de una vez por todas con tu hermana y sus fechorías.

―¿Puede leer la mente? ―me preguntó con inocente rebeldía.

No pude evitar sonreír.

―No, pero eres tan transparente que no se necesitan poderes especiales para saber lo que piensas, ¿no es así, Ray?

―Sí, es verdad ―confirmó―, muchas veces tus ojos dicen más que tus palabras.

Ella se quedó prendada en la mirada de él y yo salí de la casa. Necesitaba apartarme de allí.  



sábado, 24 de abril de 2021

37: ¿Amnesia?

 Aquel día lo pasamos comprando ropa, calzado y algunos artículos de uso femenino. Podría haberlos hecho aparecer sin más, pero fue entretenido hacerlo así, recorrer las calles con ella, como hubiese querido hacerlo con mi hija.

―¿Puedo ser como tú? ―me preguntó mientras tomaba un café tras las compras.

―¿Quieres ser como yo?

―Sí ―respondió resuelta, pero con timidez.

―¿Por qué?

―Porque no tengo razón para seguir viviendo así, a mi madre no le importo, solo quería el dinero que llevaba a casa; mi exnovio me dejó por la única amiga que tenía, lo entiendo, ¿sabes?, era mucho mejor que yo…

―¿Mejor que tú? ―La interrumpí.

―Mírame, no soy nada. La gente que se acerca a mí solo lo hace para burlarse en mi cara. Cualquiera es mejor que yo.

―¿Por eso has pensado en el suicidio?

Me miró como si hubiese sido pillada en falta y se encogió de hombros.

―A nadie le importo. En realidad, no sé si quiero morirme, matarme o solo ser invisible. Quiero estar tranquila ―terminó con lágrimas en sus ojos.

―A mí me importas ―le dije tomando su mano―, lo digo en serio.

―Pero tú no me conoces.

―Me importas y te quiero, desde antes de que llegaras a esta vida.

―¿Puedo ser como tú? ―insistió.

―¿De verdad quieres? ¿Para qué?

―Para desaparecer de este mundo, para poder escabullirme y que nadie, nunca más me moleste.

―No es tan sencillo, niña, hay cosas que aprender, hay cosas que saber, al convertirte en vampira, se te abrirá todo un mundo de posibilidades, pero también de mucha responsabilidad.

De reojo vi a Mala’ikan en una esquina del café, pero no nos miraba, sus ojos pasaban de nosotros, por instinto, miré hacia el lado opuesto y allí estaba Catalina con un hombre, ella no nos había visto. Busqué con la vista a Mala’ikan y me hizo un gesto de que debíamos salir de allí. Él nos había ocultado de la vista de esa hechicera.

Salí con mi joven protegida a toda prisa, la pegué a mi costado para elevarla un poco del suelo y corrí con ella hasta mi auto que estaba estacionado cerca de allí.

―¿Qué pasó? ―me preguntó al entrar al departamento; cosa rara en una mujer, no habló en todo el camino ni protestó.

―Reaccionaste un poco tarde ―bromeé.

―No. Pero si salimos así de ese lugar, supuse que no era momento de cuestionamientos.

―Pocas chicas piensan como tú, la mayoría habría reclamado todo el tiempo por una explicación.

―Yo no. Es más, me encabrona cuando en las películas están en medio de un tiroteo y la protagonista empieza con los reclamos: “Yo no me muevo de aquí hasta que me digas quién eres y por qué te quieren matar” ―ironizó con voz chillona―. Tú eres especial y la gente especial siempre tiene enemigos.

―No soy el único especial aquí. Esa enemiga nos odia a los dos por igual.

―¿A mí? ¿Por qué a mí?

―Creo que es hora de que te diga quién eres, si el destino nos puso en el mismo camino, no es por casualidad, niña.

“Y si Mala’ikan estaba en el café, tampoco”, terminé en mi mente.

Hice aparecer una taza de café y un dulce para mi protegida, le iba a contar todo y necesitaba que estuviese tranquila. Una vez hecho eso, ella debía tomar una decisión.

Mala’ikan hizo su aparición antes de que empezara a hablar.

―Hola ―nos saludó con trivialidad.

Ella me miró algo asustada, creía que de él habíamos escapado en el café.

―No te asustes, niña, vengo para contarte todo lo que necesitas saber y para llevarte a donde te pueden ayudar ―le habló mi mentor.

―¿Qué dices? ―interrogué de mal modo.

―Necesitas ir en busca de esos bastardos ―-respondió―, yo me encargaré de ella, no te preocupes.

―¿La volveré a ver?

―Por supuesto, no temas, ella estará muy bien. Ahora debes irte.

Mi invitada se acercó a mí y tomó mis manos, sus ojos se clavaron en los míos.

―¿Puedo confiar en él? ―me preguntó.

Miré a mi benefactor.

―Sí ―respondí―. Él te cuidará.

Se abrazó a mi pecho, yo la abracé de vuelta y la besé en el cabello.

―Tranquila, todo estará bien de ahora en adelante para ti.

―Gracias.

Se apartó un poco, me dio un beso en la mejilla y dio dos pasos atrás.

―Estaremos en contacto ―le dije.

―Claro.

Me sonrió, yo la miré con todo el cariño que me inspiraba, miré a Mala’ikan suplicándole que la cuidara y me fui en busca de esos malditos malnacidos que la habían lastimado la noche anterior.

Salí con furia. No quería dejarla sola, sentía que estaba dejando sola otra vez a mi hija, pero sabía que con Mala’ikan iba a estar bien y, si era necesario, él podría hacer que se convirtiera en vampira.

―Manuel… Manuel…

Era la voz inconfundible de Serena, mi mujer, mi Luna… después de tanto tiempo me llamaba.

―Selena…

No me volvió a hablar, su luz iluminó unas calles nada atractivas. Me dejé guiar, no sabía lo que pretendía, iba a hacia un sector, luego a otros, no andaba en círculos, pero parecía que estaba perdido. No tenía miedo, sabía que no había peligro para mí en esas calles, solo que no sabía qué estaba pasando o si aquello era fruto de mi imaginación o era real y me estaba guiando a un lugar especial.

Al doblar una esquina, me di cuenta de todo.  Mi hija estaba siendo atacada por los mismos malditos que la noche anterior habían atacado a mi protegida. Uno de esos imbéciles la iba a golpear, llegué justo antes de que lo hiciera y detuve su mano. El líder de ese grupo de indeseables ordenó a sus amigos que me atacaran. Poco me costó terminar con ellos, no los dejaría vivos y no tenía ganas ni tiempo de hacerlos sufrir, solo los quería bien muertos.

Miré a Abril que estaba en el suelo, con la cabeza escondida entre sus brazos, protegida como si le fuera a caer una granada.

―¿Abril?

Ella se incorporó un poco y me miró confundida, yo lo estaba más, no podía leer su mente ni manejar sus emociones, todo su interior estaba vedado para mí.

―Abril, ¿qué haces aquí?

―¿Me conoce? ―me preguntó con sus dientes castañeando por el frío.

―Soy Manuel, ¿no me reconoces?

―¿Manuel?

―¿Y Ray? ¿Cómo es que te dejó salir sola y sin abrigo a la calle? ¿Dónde están Joseph y los demás? ¿Te hicieron daño?

Ella hizo unos pucheros, al parecer no tenía idea de qué le hablaba.

―Ven, niña.

Me quité el abrigo y se lo coloqué antes de tomarla en mis brazos. Ella largó un duro llanto.

―¿Qué pasa, preciosa?

―¡Usted me secuestró! ―me reprochó con dolor, yo busqué su mirada, no entendía nada, ¿había perdido la memoria?

―Ya te pedí perdón, Abril, lo siento, si…

―No.

―Tranquila, mi niña, todo está bien, no pasa nada.

―Me escapé ―susurró.

―¿Otra vez?

―¿Otra vez? ―¿Acaso venía de la casa del bosque?

―Abril, ¿qué te pasa?

―No sé…

Mi pequeña se abrazó a mi cuello, lloraba de miedo y tristeza, yo dejé que se desahogara.

―Me desperté en un departamento desconocido, aproveché que estaba sola y me fui. Ahora estoy perdida… ―me contó entre sollozos.

―¿No recuerdas qué hacías allí?

―No, lo último que recuerdo es que salí tarde de mi trabajo y… desperté allí. Ahora que lo vi a usted, recordé que fue usted. ¡Usted debe saber qué hacía allí!

Mi niña. ¿Qué le había pasado para que hubiese perdido así la memoria? ¿Y cómo había llegado Catalina a ella para provocarle amnesia y miedo?

Sollozó más fuerte.

―Pobre, mi niña, no te preocupes, Leo y Joseph te ayudarán en lo que sea que te está pasando.

―Tengo tanto miedo.

―No pasa nada, nadie te hará daño.

―Y me estoy congelando.

―Te llevaré a casa, niña.

Caminé con ella, la llevaría a mi departamento y allí vería qué hacer, no estaba seguro de regresarla con Ray si él le había hecho algo para que llegara a ese estado.

―Soy muy pesada ―me dijo en cuanto comencé a caminar con ella.

―No te preocupes, para mí no pesas nada ―le dije y le besé el cabello.

De pronto, comenzó a temblar en mis brazos y no era de frío. Miré hacia atrás, ella había visto a los hombres abatidos.

―¿Qué pasa, Abril? Todo está bien, no pasa nada.

―Tengo frío ―mintió.

―Entonces tendremos que pedir un auto.

Busqué en su mirada, quería saber si podía leer algo en ellos, solo veía el terror pintado en su cara. La dormí, al menos eso sí lo pude hacer.

Maldije no haber llevado mi automóvil, aunque claro, con tantas vueltas, tampoco habría sido muy práctico. Llamé a Ray.

―No es el momento. ―Fue su respuesta, no había que ser adivino para saber que no estaba bien.

―Encontré a Abril.

―¿Qué? ¿Dónde?

―Está mal, Ray, vengan rápido con el auto, necesita calor y estar tranquila, yo no tengo mi automóvil cerca, además, no sé dónde están ustedes.

―En el departamento de Leo, vamos en camino, ¿dónde están ustedes?

Les di la dirección y colgué. Me agaché con mi hija y la abracé allí. Le di calor. Ella se acurrucó en mis brazos.

―¿Qué te hicieron, hija?

―Papá, papá, ya quiero salir de este encierro.

―Tranquila, mi pequeña, todo va a acabar muy pronto.

―Quiero que termine ya.

―Muy pronto, hija, muy pronto.

―No me dejes sola otra vez, papi.

―Mi amor, mi amor, perdóname.

―Papi…

La abracé más a mí, estaba dormida y su subconsciente hablaba por ella, su verdadera esencia, la que me reconocía como su padre.

Aun así, no logré ver sus pensamientos ni sus recuerdos. ¿Qué pudo haber pasado para que bloqueara su mente a todo? Quizá la muerte de Nicolás la afectó en demasía. Ella creía que él y Viviana habían muerto hacía varios años y, si estaban en la ciudad, era porque habían ido a su funeral.

Escuché el sonido del automóvil de Leo y me levanté con Abril. Se detuvo con un derrape a nuestro lado.

Me acerqué y Joseph abrió la puerta trasera, yo la acomodé en el asiento; él se sentó a su lado para ayudarla.

―¿Qué pasó, Manuel? ―me preguntó Ray, preocupado y sin enojo.

―No lo sé, esperaba que ustedes me dijeran qué pasó, cuando la encontré, estaba casi congelada y conmocionada, no recordaba nada. Su último recuerdo era haber salido tarde de su trabajo.

―Debemos llevarla a casa ―rogó Joseph―, puedo quitarle la neumonía, pero el frío no y se está congelando.

―Llévenla rápido y cuídala, Ray, no la dejes sola ―supliqué.

―Vamos a la casa, han pasado ciertas cosas que es necesario que sepas, tal vez puedas ayudar ―me dijo Ray con cierta reticencia, producto de la magia de Catalina.

―Yo no quiero causarle problemas a Abril.

―Yo te lo estoy pidiendo, no habrá problema.

Era sincero, así que no me lo tuvo que repetir. Me subí al asiento del copiloto y él, ante el volante.

―Supongo que no has vuelto con Marina ―me preguntó en el camino.

―Sabes por qué estaba con Marina, por supuesto que no he vuelto con ella.

―Lo que pasa es que se está armando el rompecabezas para librar la batalla y creo que tienes que tomar una decisión, o estás por nosotros, o estás por Marina y su hueste.

―Por ustedes, si no fuera así, no te habría llamado.

―¿Cómo llegaste a Abril si ni siquiera sabías que estaba perdida?

―Hay una pandilla… Ayer violaron a una joven y hoy fui para, tú sabes, poner punto final a todas sus fechorías.

―Y la encontraste… ―replicó con un toque irónico.

―Con ellos.

Ray guardó un tenso silencio, imaginó lo que esos hombres pudieron haberle hecho. Yo también me lo pregunté, pero por el resplandor de la luna, mi Luna, supe que ella no lo hubiese permitido. Y así quise creerlo.



36: Un nuevo reencuentro


Hice lo que Mala’ikan me recomendó, aquella noche salí en busca de delincuentes, pandillas que solo hacían daño a la sociedad.

Mis sentidos no anduvieron bien y terminé sin cazar una sola presa. Me iba derrotado hasta que pude escuchar una interesante conversación. Cinco tipos hablaban por teléfono con unos amigos que se ufanaban de sus proezas esa noche. Debía buscarlos, al menos ya sabía por dónde empezar, aunque no sería fácil; eran muy escurridizos y nadie conocía sus planes. Solo después sus amigos se enteraban de sus hazañas y esa noche habían violado a una chica y la habían dejado medio muerta en la calle y tal vez todavía estaba allí tirada. En sus mentes pude ver dónde había sido.

Me convertí en humo y me fui en busca de esa pobre criatura, si no podía salvarla, al menos sabría que no estaba sola.

La encontré tirada en la acera, con su ropa desgarrada, ensangrentada y aterrada, casi congelada. La tomé en mis brazos.

―No, por favor, ya no más ―suplicó, sus ojos moreteados no la dejaban ver.

―Tranquila, pequeña, te ayudaré.

―Ellos… Ellos… ―Lloró desconsolada.

―Ellos pagarán por lo que hicieron.

Corrí con ella hasta mi departamento que estaba a unas pocas cuadras. Eran las cinco de la mañana y nadie andaba en el sector.

De un salto, subí hasta el balcón de mi departamento y entré a oscuras. No iba a pasar por la recepción para que me viera el guardia, no tenía ganas ni tiempo. La dejé sobre mi cama. La sané con mi poder. Sus heridas fueron curadas, las físicas, porque las otras le quedarían.

―¿Qué pasó? ―preguntó.

―Te traje a mi casa. ¿Tienes familia a quien avisarle que estás aquí?

―Mi mamá.

―La llamaré. ¿Cómo te sientes?

―No sé. Hasta recién me dolía todo.

Sonreí.

―¿Qué me hizo?

―Curé tus heridas.

―¿Se puede hacer así? ¿Es médico?

―No, pero sí puedo hacer eso.

―¿Es un ángel?

No reí por respeto a su padecimiento.

―No, niña, soy cualquier cosa, menos un ángel.

―Pero me curó.

―Sí.

―Ellos… Yo… Pensé que iba a morir. ―Volvió a llorar.

Vi a mi Abril en ella y la abracé.

―Ahora estás a salvo. En tu cuerpo no quedan huellas de lo que te hicieron, no puedo hacer lo mismo con tu mente, a no ser que quieras que borre tu memoria.

―Quiero ―respondió de inmediato con seguridad.

Tomé su cara entre mis manos.

―¿Estás segura? ¿Quieres que borre esta noche de tu cabeza?

―Sí, por favor, si puede hacerlo, no quiero recordar todo lo que pasó… Ellos… Ellos… Deberían morirse, gente así no merece la vida.

―Estoy de acuerdo contigo y créeme, les queda muy poco para seguir haciendo sus fechorías.

―¿Qué le diré a mi mamá? Me va a matar.

Ante esas palabras, entré en sus pensamientos, no quería para no ver lo que esos tipos le habían hecho, pero lo hice y vi su mal día, la habían despedido de su trabajo, no quería llegar a su casa porque su madre la correría, era una mujer que la castigaba por cualquier cosa y que solo se aprovechaba de su dinero. Entonces me di cuenta de que varias cicatrices que tenía su cuerpo eran de parte de esa mujer. ¿Cómo era posible que padres y madres hicieran esas cosas con sus hijos?

―¿Quieres volver con ella?

―¿Y si no qué hago?

―Tú la mantienes a ella, te ocupas de tu casa, tus gastos, puedes estar sola.

―Hoy me echaron de mi trabajo.

―Puedes conseguirte otro, yo puedo ayudarte.

―No, ya ha hecho demasiado por mí, no quiero abusar.

―Yo te lo estoy ofreciendo.

Me miró con ilusión en sus ojos y en su mente pude descubrir que ya no tenía esperanza de vivir, quería morir, pero no con cinco bastardos abusando de ella.

―Quédate aquí, serás mi ama de llaves.

―¿Qué quiere de mí? ¿Quiere que sea su…?

―Mi ama de llaves, nada más. No tengo interés romántico en ti.

Bajó la cara y se asustó pensando en mis intenciones.

―Mucho menos sexual. Podrías ser mi hija, de hecho, me recuerdas mucho a ella.

―¿De verdad? Después de lo que viví esta noche…

Mis manos subieron un poco hasta sus sienes y cerré mis ojos, extraje los sucesos vividos con esos imbéciles, pero no borré todo, dejé el principio, cuando ellos comenzaron a molestarla, luego implanté mi presencia y la rescaté, tenía que saber por qué estaba allí y que yo no le haría daño, tampoco borré su reciente conversación conmigo.

Abrí los ojos, ella me miraba.

―Gracias.

―De nada.

―Si no hubiera llegado, esos hombres…

―Lo sé, pequeña, lo sé.

Se abrazó a mí y lloró. Sí, el miedo estaba allí, pero no la habían lastimado, jamás sabría que lo hicieron.

―Descansa, mañana será otro día.

La dormí y le cambié la ropa, estaba ensangrentada y rota. Al terminar, le acaricié el rostro.

―Pequeña… Nadie debería querer hacerle daño a alguien como tú.

La ira crecía en mí, esos tipos pagarían con su vida, pero sabrían lo que era el miedo antes de morirse.

Me fui al balcón. Pensé en mi pequeña, ¿estaría bien? Miré mi móvil, quería llamar para saber de ella, pero no podía arriesgarme a que Ray se enojara con ella por mi culpa, yo no estaría allí para protegerla y los poderes de Leo no eran lo suficientemente fuertes para contrarrestar el poder de Catalina, a duras penas lograba hacerlo yo con su ayuda, sin que él lo supiera, claro está.

Encendí la televisión, necesitaba algo de distracción, daban las noticias repetidas del horario central. El edificio de Ray aparecía allí, lleno de policías, ambulancias y bomberos. Nicolás Gárate había muerto. Por fin lo había conseguido. Catalina quería matarlo desde hacía mucho, pero Nicolás pertenecía a una antigua familia de hechiceros y estaba protegido contra maleficios en su contra, al igual que su hermano Sebastián. La diferencia entre ellos era que el mayor de los hermanos siempre se inclinó por los asuntos esotéricos y, al irse al extranjero, ejerció su oficio y obtuvo ayuda de diferentes hechiceros para ayudarlo a crecer. Nicolás jamás se enteró de aquello, por alguna razón, sus padres nunca lo dejaron conocer el secreto familiar.

Pensé en mi hija, ella hubiera sido tan feliz con Nicolás y Viviana, pero, de haber logrado su adopción, Catalina los hubiera hecho sufrir de otro modo, habría buscado la forma de asesinar al matrimonio y culpar a Abril, así, si no la mandaban de vuelta a un Hogar, habría ido a dar a un centro de reclusión, una cárcel para menores, de la cual, nunca hubiera salido, solo lo podría haber hecho para el gran encuentro. Sí, tuve que intervenir muchas veces para evitar que lograran su tan ansiado deseo. En las sombras, pues, si Catalina me descubría… No sé qué hubiera pasado.

Esperé, de todo corazón, que Nicolás se hubiese reunido al fin con su esposa, llevaban tantos siglos encontrándose solo en vida, nacían y morían con años de diferencia, por lo que, al llegar al lugar de descanso, donde debían encontrarse para estar juntos en la eternidad, el otro ya no estaba allí y debían volver a nacer.

De pronto, lo comprendí. Aquel no era un atentado en contra de Nicolás, era en contra de Ray. Abril lo había visto por la mañana en las runas celtas, por eso le pidió que no fuera. Pero, si fue así, ¿cómo pretendía matarlo? Él hubiese podido abrir las puertas del ascensor sin problemas; la adrenalina hace milagros.

‹‹Según bomberos, el ascensor fue rodeado por el calor, sus paredes lo convirtieron en un horno, en el sentido literal de la palabra, esto ocurrió en cosa de segundos. Al parecer, un desperfecto abrasó el ascensor antes de que salieran las llamas, las que se extinguieron a los pocos minutos››, explicó un oficial de la policía en televisión y lo comprendí, Ray no habría podido sobrevivir.

Sí. El atentado era para él.

Pensé en cómo tomaría aquella noticia mi hija. ¿Ya sabría que Nicolás no estaba muerto? Por un instante pensé en ir al velorio, al fin y al cabo, yo también era amigo de la familia, pero Ray lo tomaría como una afrenta.

Mi nueva protegida se despertó cerca del mediodía. Se asomó por la puerta del dormitorio. Sacó solo su cabeza.

―Buenos días, ¿cómo te sientes? ―la saludé con una sonrisa afable.

―Bien, demasiado bien.

―¿Y eso es malo?

―No. ―Se encogió de hombros.

―¿Tienes hambre? ¿Quieres desayunar?

Asintió con la cabeza.

―Hoy iremos de compras, necesitarás ropa y algunas otras cosas de chicas.

―No tengo dinero…

―¿Quién habló de eso? Ven.

La guie a la cocina, donde ya estaba servido su desayuno.

―Iremos de compras y luego te quedarás aquí, esta será tu casa de ahora en adelante.

―¿A cambio de qué?

―A cambio de nada.

―Nadie hace nada por bolitas de dulces.

Sonreí ante esa expresión.

―No lo estoy haciendo por nada, tú necesitas un lugar y yo necesito que alguien lo mantenga, yo tengo poco tiempo y casi no paso aquí, viajo mucho y esta casa la uso muy poco, así que no te molestaré. Si tú estás aquí, estaré seguro de que no llegarán los bichos a ocuparla.

―Puede contratar a alguien.

―Podría, pero no quiero.

Se concentró en su desayuno, no quería pensar.

―¿Qué es usted? ―me preguntó al rato.

―Un hombre.

―No, usted no es un hombre común. Vampiro no es porque hay sol y saldremos afuera, negó que sea un ángel, ¿es un demonio?, ¿un hombre lobo?

―Dios me libre de ser un hombre lobo, me parezco más a un demonio, sí. ¿Te asusta?

―No. Si me quisiera lastimar, lo hubiera hecho anoche. A no ser que me considere su mascota.

―Jamás serías mi mascota.

Me senté a su lado y tomé su mano.

―Es frío y duro, si no fuera porque en este mismo momento le está llegando el sol y no…

―¿Brillo? ―le pregunté burlón.

Ella largó una carcajada.

―¡No! A mí me encanta Edward, pero no iba a decir eso. No se está quemando, eso. A lo mejor ese anillo es como el que tienen los Salvatore.

Esbocé una sonrisa.

―No necesito un anillo para andar a la luz del día.

El único anillo en mi mano, herencia de mi padre, me lo quité.

―¿Entonces? ¿No puede decirme lo que es?

―Acertaste, soy un vampiro, pero no de serie de televisión.

―O sea, ¿puede andar a la luz del día?

―Ajá. El sol no es nuestro enemigo.

Se puso tensa. En realidad, si ella esperaba encontrarse con un vampiro, sería con uno tipo Edward o Damon, no con uno real.

―Descuida, no te haré daño.

―Por alguna razón, me siento segura aquí.

―Lo estás.

―¿Nos conocemos?

―No lo creo, lo recordaría.

―¿A mi mamá?

―Lo dudo.

―No lo sé, siento que lo conozco.

―Déjame ver.

Tomé sus manos y busqué, en su vida actual no había rastro de que siquiera nos hubiéramos topado, sus vidas pasadas estaban muy enmarañadas, como si alguien hubiese querido ocultarla de mí, pero eso no podía ser, ¿verdad? Mi hija Abril estaba conmigo, sabía quién era y no tenía más hijos. La hija de Livia también estaba en un lugar conocido y protegida. ¿Quién era esa niña de la que se me velaba su pasado?

Seguí buscando, viajando en sus memorias más recónditas hasta que di con el día de su muerte… hacía tres mil años.

 



lunes, 19 de abril de 2021

35: Abril escapó

 Después de derribar tres árboles a golpes, volví a la camioneta. Mi teléfono sonó, era Joseph.

―¿Qué pasa ahora?

―Sabes por lo que te llamamos ―me habló Ray.

―No, no sé a qué te refieres, ¿qué quieres de mí ahora? ―Lamentablemente, por teléfono, no podía leer las mentes.

―De ti nada, es a Abril a la que queremos.

―Ya, ¿y qué tengo que ver yo en eso?

―No te hagas el tonto, Manuel, ella está contigo, ¿verdad?

―¡¿Qué?! ―¿Mi hija había escapado?―. Ella no está conmigo, Ray, tú la enviaste a su cuarto, ¿la buscaron bien?

―Nick revisó en toda la casa y no la oye.

―Maldito el día en que todo esto empezó ―maldije en voz baja―, si algo le pasa, lo pagarás muy caro.

Ray guardó silencio.

―Iré a ayudar a buscarla ―dije al fin.

―No lo hagas, no te necesitamos aquí.

―Entiendo, que les vaya bien con la búsqueda. Ojalá no la encuentren demasiado tarde.

Colgué y corrí hacia el bosque, mi hija debió haber ido allí y ese lugar era un peligro en toda la extensión de la palabra y más.

Percibí su presencia, sus pensamientos le recordaban lo infeliz que había sido su vida, cada sufrimiento y cada dolor lo sentía en su corazón como estocadas. Pensó en su amor por Ray, el que consideraba enfermizo por la forma en la que él la trataba, no entendía cómo podía amarlo. Mi hija quería morir y no podía permitirlo, pero no llegaría a tiempo para salvarla. La dormí, necesitaba ganar tiempo para que los demás la encontraran, estaba demasiado lejos de mí.

Max estaba en el sector donde yo me encontraba, por lo que corrí a su encuentro, no podíamos perder más tiempo.

―¿Qué haces? ―me preguntó nada más verme.

―Vayan al acantilado norte, allí se encuentra en estos momentos, está dormida.

―¿Tan lejos está?

―Salió hace mucho rato, creo que ni siquiera fue a su habitación. Tiene pensamientos suicidas que llevará a cabo en cuanto despierte. Apresúrense, no creo que pueda mantenerla así mucho más, está demasiado lejos. ¡Ah! Y dile a Ray que se cuide, la guerra está empezando y Marina, como te dije antes, está muy cerca, cada vez se acerca más y utilizará cualquier medio para acabar con ustedes.

Di la media vuelta y me fui, esperaba que llegaran a tiempo. Escuché a Max dirigirse a Leo y a Joseph para que corrieran al acantilado norte. Leo se transformó en un animal, no supe en cuál, pero seguro sería uno mucho más rápido que nosotros. Creo que por primera vez rogué al Cielo. Mi hija no podía morir, si lo hacía, ya no volvería a la vida. Jamás.

Me quedé en la camioneta. El silencio me tenía desesperado, no sabía si la habían encontrado o no.

Desesperado, me bajé, iba a devolverme a la casa lo quisiera Ray o no; necesitaba saber lo que había pasado.

La angustia que sentía no se comparaba a nada que hubiese vivido antes. Si mi hija moría, ya no tendría sentido seguir viviendo, todo lo que había hecho, fue por ella, todo. Si ella dejara de existir, mi vida de nada valdría. Solo me ayudaría la venganza en contra de mi hermano y de Ray y luego… mi propia muerte.

Los minutos se me hicieron eternos hasta que vi a Leo convertido en un águila real con Abril en su espalda. Busqué en sus pensamientos, estaba tranquila, aquel viaje estaba siendo reparador para sus emociones. Le envié un “te amo” a mi pequeña antes de ver cómo desaparecían en el cielo, mientras lágrimas de sangre corrían por mi cara. Leo la quería, Leo también estaba despertando a quién era ella en su vida.

Respiré tranquilo. No la volverían a lastimar. No dejarían que Ray la volviera a lastimar.

Llegué a la ciudad y me fui directo a mi departamento. Dudé en llamar a Nikolai, ¿le avisaría que había encontrado a su exmujer? De todas las veces que le mencioné que la buscara, él no quería saber nada de ella, no importaba lo enamorado que estaba; tenía miedo de ser rechazado. Quizá, en un futuro, me acercara a ella, la conocería, buscaría en sus pensamientos y podría tomar una decisión, al fin y al cabo, Nikolai merecía ser feliz y la hija de Livia era el amor de su existencia.

Me paré en el balcón y medité en esos últimos días, en especial en aquel día. Fue extraño y largo. Recién estaba anocheciendo y ya habían ocurrido tantas cosas, pensé en lo cansada que estaría Abril, ¿Ray la ayudaría a dormir? Esperaba que sí y que su escape no fuera causa para intentar maltratarla, intentar, porque estaba seguro de que ninguno lo volvería a permitir.  

Miré hacia el cielo, la luna todavía no aparecía, aquella era noche de luna llena. Me senté y cerré mis ojos, necesitaba dormir, aunque fuera algunas horas. Sí, me dejaría llevar y descansaría de tanta presión y del estúpido de mi yerno.

La luz del sol dio de pleno en mis ojos. Los abrí con dificultad.

―Buenos días ―me saludó Mala’ikan con algo de burla.

―Buenos para quién.

―Sí, tienes razón, no es un buen día.

―¿Qué quieres?

―Vine a ver cómo estabas.

―¿Cómo quieres que esté? ―Me levanté de mi asiento―. Mi hija está sufriendo lo indecible en esa casa y mi papel ha sido hacerla sentir más pánico y dolor. ¿Cómo crees que me siento? Te juro que en este mismo momento iría a esa casa, mataría a Ray y me traería a mi hija conmigo para cuidarla y protegerla.

―Sabes que eso es imposible.

Golpeé la pared con furia y el edificio se estremeció.

―Maldita sea la hora en que tú y Catalina me escogieron para sus sádicos juegos ―susurré con ganas de rugir.

―No es un juego, Medonte, creí que eso estaba claro.

―¡Claro que no lo es! Para mí no es divertido.

―Para nadie.

Me asomé al balcón, varios de mis vecinos se habían asomado a ver qué había sido el estruendo que habían sentido.

―Debes controlarte, Medonte, cualquiera podría descubrirte, si hubiese un joven, como los suelen haber hoy en día, con su cámara encendida, estarías en un gran problema.

―¿Un problema? Si un estúpido jovencito hiciera eso, bastaría con borrar su memoria y el video. O lo mato. Así de simple. No estoy para jueguitos idiotas de nenes de papá que lo tienen todo a sus pies. Problema es lo que está sufriendo mi hija en esa casa con el psicópata de Ray. Eso es un problema.

―Sabes que Ray está bajo el hechizo de Catalina.

―Sí, si no fuera por eso, ya habría dejado de existir.

―Tu hermano le hizo más daño.

―Y créeme que también me he retenido de matarlo.

―Lo sé. Debes calmarte, Medonte, ya queda muy poco. Ni cuenta te darás cuando todo esto acabe, cuando tu hija sepa que eres su padre y cuando la vida tome su curso natural.

―Eso espero, me desespera el hecho de estar aquí y no saber de ella. ¿Y si Ray la lastima y no estoy yo para defenderla?

―Cuando ella te necesite, tú estarás ahí, no te preocupes por eso.

Me sonrió de su modo tan particular.

―Relájate. Haz lo que mejor te sale. Busca a los desgraciados de la calle, ellos harán que encuentres el camino a casa.

Y desapareció.

Con esas enigmáticas palabras, me dejó solo. El problema era que yo no podía ver el pasado ni el futuro con Mala’ikan, como tampoco lo podía ver en mi hija, así es que no sabía qué me deparaba el futuro, y sus palabras, en vez de tranquilizarme, me dejaron más perturbado.


sábado, 17 de abril de 2021

34: Imbécil

 

34: Imbécil

Regresamos a casa en total silencio.

Max le decía a Abril que debían tomar nota de lo que había dicho, había recordado unos enigmas de su abuela. Él los parafraseó a la perfección.

En uno de esos enigmas, habló de Ricardo: “El enemigo se hace amigo”, aunque ellos pensaron que se trataba de mí.

―¿Lo decidiste? ―le preguntó Abril a Ray.

―Sí.

―¿Y?

Ray no se atrevió a contestar.

―No podré ayudarte, Abril, lo siento ―respondí por él.

Ella se frustró e hizo unos pucheros que desarmaron a nuestro todopoderoso líder.

―Está bien, ayúdanos ―cedió―, pero si te veo en un solo renuncio, Manuel, te destruyo con mis propias manos.

―No te defraudaré ―mentí.

Mi niña sonrió feliz.

―¿Cuándo comenzamos? ―me preguntó.

―Ahora mismo, claro, si quieres.

―Por supuesto que quiero, no queda mucho tiempo y tengo que entender tantas cosas todavía.

―¿Tienes algo de tu abuela?

―Solo su fotografía, pero estamos todos juntos. Y el dibujo que hice de ella.

―Veré si puedo hacer algo, si no tiene su energía, no podré hacer mucho.

En cuanto tomé la fotografía, vi cada momento de mi niña con esa familia, el amor que le profesaban, las enseñanzas de su abuela, su accidente y la soledad de mi hija tras la muerte de la mujer.

Aparenté que no lograba ver nada.

Buscó en la caja algo más y encontró el pañuelo donde su abuela tenía sus runas. Esas piedras no solo tenían la energía de su abuela, también tenía la energía de brujas ancestrales. Tomé las pirámides y un golpe de energía me vino sin aviso, lo que hizo que mi mente se abriera unos segundos. Nick lo notó, por suerte, lo que había en mi mente en ese momento fue el accidente de los padres de Abril, lo que no fue un accidente, fue provocado. Por suerte, Nick no alcanzó a ver quién lo había hecho, fue tan corto el pensamiento que Nick pensó que solo había sido una fugaz revelación que no logré retener, por lo cual bufó por la frustración. Ray preguntó en nuestra baja frecuencia lo ocurrido y Nick se lo dijo.

―¡No hablen así! ―protestó Abril―. No sé cómo, pero sé que ustedes pueden hablar así y entenderse y no es justo para mí.

Ray se disculpó con ella, pero no le dijo lo que habíamos descubierto, no valía la pena, no todavía.

De pronto, sentí una corriente eléctrica, la magia de mi hija se estaba activando. Busqué en las paredes las runas con las que Diana había protegido la casa, seguían activas. Solo un cierto tipo de magia podía funcionar dentro de la casa y la magia de mi hija correspondía al tipo, lo cual me alegró, llegado el momento, podría entrenar sin problemas allí.

El inconveniente, una vez más, fue Ray. Recibió una llamada de su secretaria para que fuera a la oficina y mi hija recibió de las runas que aquello era una trampa y que no debía ir. Ray tampoco confiaba del todo en ella y dudaba de que fuera la bruja que nos ayudaría a destruir a Marina.

―Debes hacerle caso, Ray, si lo dice es por algo ―dije molesto.

―¡Tú no te metas! ―rugió y Abril se encogió en su asiento. Luego se echó hacia atrás e hizo unos pucheros.

―No te asustes, Abril, lo siento ―se disculpó el hombre, pero mi hija no respondió―. Abril…

Ella se levantó y caminó hacia el ventanal. Ray siguió disculpándose. Ella no quería ceder, por lo que influí en ella, no para que lo perdonara, sino para que recordara el amor que sentía por él, aun así, seguía sin querer hablarlo, por lo que tuve que volver a quebrantar su espíritu. Y lloró. Y lloró. Y lloró. Hasta que Leo intervino. Mi hija se sintió un fraude.

―No eres un fraude ―le aseguró Nick―, eres a quien necesitamos para terminar con esto.

Saber que sus propias palabras estaban en la mente de Abril y que Nick las acababa de pronunciar, hicieron sentir a Ray un gusano, él pensaba que Abril era un fraude, que no era a quien esperaban.

―Si sigues con esa actitud, Abril no seguirá adelante, lo dejará todo y no habrá vuelta atrás ―terminó Nick.

―-¿Es cierto eso? ―le preguntó a mi hija con preocupación.

―Sí ―respondió más serena y con firmeza, yo ya la había dejado―. Ya estoy lo suficientemente cansada y asustada con todo esto, que es nuevo y no sé cómo asimilarlo, para más encima tener miedo de ti.

Ray prometió no volver a hacerlo, solo que sus palabras y sus promesas pesaban menos que el aire. Fingí cansancio y salí de la casa unos minutos, debía encontrar la forma de irme sin que pensaran que los estaba traicionando.

Ray volvió a recibir una llamada y yo volví al salón. Abril sentía que no servía, que era una inútil y que todo se echaría a perder por su culpa y que, de ser así, Ray no la perdonaría. Me acerqué a ella y la levanté del sillón en el que estaba hundida.

―Escúchame, Abril, tú eres a quien necesitamos para acabar con esa mujer de una vez, no te preocupes por lo que no sabes, buscaremos las respuestas de algún modo, cuando llegue el momento, tú estarás preparada.

―No creo, Manuel, míreme, yo soy una tonta y una...

―No. ―La interrumpí―. No vuelvas a decir eso ni nada que se le parezca

―Pero ¡si parece que soy de agua!

Sonreí con cariño y culpa, yo era el culpable de aquello. A causa de Ray, claro.

―Eso no te hace tonta, pequeña, eso te hace humana y real.

―No sé si podré.

―Podrás, créeme cuando te digo que serás capaz de grandes cosas que ni siquiera logras ima…

―¡Aléjate de ella! ―aulló Ray con los ojos rojos.

―Ray, Abril no está bien y necesita de toda nuestra ayuda. ―Comencé a decir mientras intentaba calmarlo, también sentí la energía de Leo actuando sobre él, entre los dos nos resultó imposible, al contrario, él comenzó su transformación y, entonces, no habría quién lo detuviera… Bueno, sí, yo, pero me dejaría en evidencia.

Abril se asustó y se agarró de mi chaqueta.

―¡Abril, sube a tu cuarto! ―le gritó sin mirarla, no quería que lo viera así, aunque claro, ella sí lo estaba viendo.

―Ray…

―¡Sube a tu cuarto! ―gritó más fuerte, lo que hizo eco en la casa.

Ella no se movió. Sin mi intervención, no tenía nada de cobarde, y ese era un gran problema.

―¡Suuuuubeeeee! ―Su voz animal, su expresión y su rostro casi transformado, la hicieron correr de puro pánico. Y algo de susto que le hice sentir yo.

Joseph cruzó la sala para ir detrás de ella, pero Ray lo agarró del brazo.

―¡Déjala! Aquí hay asuntos más importantes que resolver ―le ordenó.

―¡Le gritaste, Ray!

―¡Debe obedecer!

―¡No es un animal!

―Es una rehén, ¿lo olvidas?

―¿Qué?

―Vino aquí secuestrada, nunca vino por propia voluntad, ¿no es así, Manuel?

―No puedes hablar en serio ―musitó Joseph con el dolor instalado en su pecho.

Ray continuaba a medio transformar, lo que indicaba que estaba hablando como líder de los vampiros y no como amigo.

―Esto es serio, Manuel nos traicionará en cuanto tenga la oportunidad y se llevará a Abril con él para hacerla parte de la conspiración de Ricardo y Marina.

―¿Cómo será eso posible? ―intervino Max con mala actitud.

―Así, como lo está haciendo, que cada uno la sienta vulnerable y quiera protegerla. Incluso haciendo que nos enamoremos de ella. ―Me miró a mí y luego a Joseph que seguía conmocionado.

―No lo creo ―rebatió Leo―, si así fuera, ¿por qué arriesgarse a venir a morir si su fin era destruirnos?

―Además, Nick lo hubiese sabido ―agregó Max―. ¿Ha pasado algo así por su mente, Nick?

―No, al contrario, su miedo ha sido real y se siente frustrada al no saber qué hace aquí.

―¿Y Manuel?

―No, nada. No entiende qué te pasa con él.

Ray no lo creyó, mejor dicho, no lo quiso creer y encontré la excusa perfecta para irme.

―Será mejor que me vaya ―dije―, si no soy bien recibido aquí y si vas a gritar a Abril por mi culpa, prefiero irme, lo único que puedo decirte, Ray, es que estás equivocado, es cierto que quiero a esa niña, pero jamás le haría daño. No a propósito.

―Ya intentaste separarla de mí, la querías marcar, ¿o se te olvida?

―No quería separarla de ti, quería salvarla de ti, lo sabes.

―No busques excusas, sabes que no es verdad, ¿qué estabas haciendo cuando entré aquí? ¿De qué intentabas salvarla?

―Ella esperaba que yo pudiera ayudarla, necesita entender muchas cosas.

―Ella necesita saber lo que yo le pueda decir, nada más.

Caminé hacia la puerta y sentí que Abril estaba a punto de escapar, lo que sería muy peligroso. Me volví.

―Vete, no te quiero en esta casa ―espetó.

―Estás cometiendo un error, Ray, esto no debería ser así.

―¿Y cómo debería ser, según tú?

―Deberíamos estar ayudando a Abril a recordar, demostrarle que no nos debe temer, hacerla confiar en sí misma y en nosotros, no que esté en su cuarto, asustada con ganas de escapar.

―¿Y cómo sabes que quiere escapar?

―¡Vamos, Ray! ¿De verdad no lo sabes?

―Vete, Manuel, antes de que cometa una estupidez.

―Claro que me voy a ir, no voy a quedarme a ver cómo arruinas todo por tus celos enfermizos y tu falta de confianza.

Salí de esa casa antes de arrepentirme de dejar a mi hija en manos de ese imbécil y llevarla conmigo.

Tras andar un par de kilómetros, detuve la camioneta y me bajé, un pobre árbol pagó las consecuencias de mi ira. Lo golpeé hasta derribarlo. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?