miércoles, 9 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 3

¿Hay algo peor que ver morir a tu mamá? Sí. Tener que hacer los trámites para su entierro. Y, al ser su única pariente, me tocó hacerlos a mí. Debo decir que no estuve sola. Mi amiga Martina me acompañó en todo momento junto con su primo. El doctor al que llamó Daniel, dio el certificado, lo de mi mamá fue un ataque cardíaco, por lo que no consideró necesario llevarla a un servicio médico, así que ellos me acompañaron a tramitar los papeles, a ver el cementerio. En unas horas ya estaba todo listo. La funeraria, el cementerio, los documentos... Fue un proceso horrible.
Mi mamá era una mujer muy querida por todos en el barrio, por lo que llegó mucha gente a acompañarla. La velamos en mi casa. Yo no me moví del lado del féretro durante mucho tiempo.
―Amiga, tienes que sentarte y descansar ―me sugirió Martina.
Yo asentí a desgano porque sabía que eso tenía que hacer, no por otra cosa. Ella se sentó a mi lado sin decir nada. Solo me abrazó de los hombros.
―Ya ―dijo un joven que venía entrando con unas bolsas y se detuvo frente a Martina. Detrás venía con dos mujeres y otro hombre.
―Vamos a la cocina ―respondió mi amiga―. Quédate tranquila, yo ya vengo, voy a preparar unas cositas para la gente.
Para mí, aunque la entendía, estaba hablando en chino.
Quería seguir llorando y no podía, ¿por qué a veces se secan las lágrimas, pero no el llanto?
―Hija...
Alcé la mirada y el rostro de esa mujer el último que quería ver.
―¿Que quiere? ―le pregunté molesta.
―Zoila era mi hermana―respondió lacónica.
―No, ella dejó de ser familia de ustedes cuando mi papá nos abandonó, ¿o se les olvida? ―le hablé no solo a esa mujer, también a sus hijos que la acompañaban.
―Aun así ―replicó.
―Aun así, ¿qué? ¿Qué saca con venir a verla en un cajón si su ausencia en vida fue lo que apuró su muerte?
―No es verdad.
―Que la madre de uno la rechace debe ser uno de los peores dolores que una persona pueda sentir. Y toda su familia le dio la espalda.
―Ella tuvo la culpa, si tu padre se fue...
―Si mi padre se fue, fue porque él quiso.
―¡Ella lo engañó! ―exclamó en voz baja.
―Yo no lo creo, pero aunque así hubiera sido, eso no le daba derecho a él de abandonarnos, de abandonarme a mí; ni a ustedes de rechazarnos. Ella era la de la familia, no él.
―Menos mal que no vino mi mamá, tu abuela está muy enferma y no puede pasar malos ratos.
―Mi abuela murió cuando yo tenía siete años, no sé de qué abuela me habla.
―No digas eso.
―Lo digo y lo afirmo, señora, por favor, váyase, no tiene nada que hacer aquí.
―Sigues enojada con nosotros.
―Y ahora más que nunca, señora, ahora que viene, cínicamente, a su velorio, como si alguna vez ella le hubiese interesado.
―Yo la quería, era mi hermana.
―Poco se notó.
―Mi mamá está enferma, no puedes tratarla así ―intervino uno de mis primos, ya ni me acordaba de su nombre.
―Pues entonces no debió venir. Váyase.
―¿Me estás echando? ―me preguntó mi la mujer.
―Sí, no la quiero ver aquí ni a usted, ni a sus hijos.
―No me puedes echar del velorio de mi hermana.
―Es mi casa y aquí admito a quien se me da la gana, aunque sea el velorio de mi mamá.
Uno de los hijos de esa mujer se la llevó sin decir nada más. La Martina se acercó a mí y me abrazó.
―Tranqui, amiga, ya se fueron ―me dijo.
Aunque le dije a ella todo lo que tenía adentro, no puedo negar que bien no me sentí. Mi mamá sufrió mucho por el rechazo de su familia, incluso en más de una ocasión buscó a su mamá, pero mi abuela no quiso saber nada de ella.
―Amiga, mira, tómate este café, te hará bien ―me ofreció una taza que otra chica le entregó.
Tomé un sorbo y recapacité.
―Hay que darle café a la gente, hace frío y...
―No te preocupes, amiga, mis primos ya se están haciendo cargo.
―Pero no, si eso lo tengo que hacer yo.
―No estás en condiciones, no te preocupes, ellos se ofrecieron a ayudar.
―Muchas gracias. No sabes lo que me alegra que estuvieras aquí.
―Siempre las cosas pasan por algo.
Asentí con la cabeza y me tomé el café en silencio. Tenía ganas de gritar, de llorar, de patalear en el suelo, de tirar todo lejos, pero no tenía fuerzas, ya ni siquiera podía llorar.
Los vecinos, debo decir, se portaron muy bien conmigo. Se juntaron y me entregaron dinero, el que me venía muy bien para el funeral de mi mamá. Morirse es caro en este país.
Unas horas más tarde, entró mi perseguidor; aunque hacía días que no lo veía, de todos modos, lo distinguí. Martina se abrazó llorando a él, que la acogió muy bien en sus brazos. Viéndolos así, en ese momento supe quién era la chica pelirroja que estaba con él aquel día en el negocio. ¿Serían pololos? No lo creía, ella me dijo que no andaba con nadie y no quería tampoco.
―Cris, ¿te acuerdas de mi hermano? ―me preguntó Martina llegando a mi lado de la mano con el recién llegado.
―¿Miguel? ―Quedé sorprendida.
―Así es ―afirmó él con una débil sonrisa.
―Disculpa, no te conocí.
―Es entendible ―respondió algo incómodo.
Me levanté de mi silla y lo abracé. De niños éramos casi inseparables. Yo a él lo dejé de ver hacía seis años, mucho antes de que se fueran.
―Siento mucho lo de tu mamá ―me dijo al oído.
―Y yo lo de la tuya, me enteré hace unos días por la Martina.
―Gracias, no es fácil cuando se va la mamá.
―No ―gemí y pude volver a llorar al fin. Necesitaba hacerlo.
Miguel no me soltó, al contrario, me abrazó más fuerte.
―Llora, Cristi, eso te hará bien.
―Gracias por estar aquí ―sollocé sincera.
La noche estuvimos acompañados de mucha gente, a pesar del frío, llegaron muchos vecinos. Los jóvenes de la capilla en la que ella participaba activamente también se reunieron en mi casa y desde la una de la mañana, cantaron canciones de la iglesia muy bonitas, hasta que aclaró. A las siete, una de las niñas guio el rosario cantado. Me sentí muy acompañada. No podía tener mejores vecinos.
A las nueve de la mañana, mi amiga me mandó a dormir un rato, por la noche no había querido ir y ella, con sus primos y Miguel, se turnaron para acompañarme.
―Duerme, nosotros nos quedaremos aquí ―insistió Miguel.
―Pero ustedes no han dormido casi nada tampoco.
―Sí, dormimos por turnos, anda a descansar.
―Yo te acompaño, amiga ―ofreció Martina.
Creo que, o tenía sueño, o me dieron algo, porque me dormí enseguida, ni recuerdo cómo. Desperté a la una y media.
―Hola ―saludé a Miguel que estaba al pie de la escalera.
―¿Descansaste? ―me preguntó pasando su brazo sobre mis hombros.
―Sí, gracias.
―Confirmaron la hora del cementerio ―me informó―. Mañana a las diez.
―Queda solo una noche. ―Me volví hacia él y hundí mi cara en su pecho―. No sé si quiero que esto termine luego o no termine nunca.
―Te entiendo.
Nos quedamos en silencio un rato.
―¿Y la Martina? ―pregunté.
―Fue a comprar.
―Si quieren irse a su casa...
―No digas tonterías, no te vamos a dejar sola.
―Gracias, no sé qué hubiera hecho sin ustedes.
―Yo me alegro de estar aquí.
―¿Miguel? ―me aparté un poco para mirarlo.
―Dime.
―¿Te puedo hacer una pregunta?
―Claro, la que quieras.
―Ese día que nos vimos en el café, ¿me conociste?
―A decir verdad, te me hiciste cara conocida, pero no recordaba de dónde, estabas tan enojada que parecías mayor, por lo que no se me ocurrió que fueras alguien de aquí, después de que se te dio vuelta, ahí me acordé, pero al parecer tú no me reconociste. Y claro, es lógico, ¿no? ―dijo apuntándose la cara con la mano.
―Ese fue el día que no debí levantarme.
―¿Por qué?
―Quedé sin trabajo porque no cumplí con los requerimientos de mi jefe.
―¿Te acosaba?
―Llevaba un tiempo haciéndolo, sí.
―Hay hombres que no deberían llevar ese nombre.
―Sí, por suerte no todos son iguales.
―Qué bueno que pienses así.
―Mi mamá siempre me lo decía. No debía dejarme llevar por una mala persona para juzgar a todas.
―Sabia tu mamá.
―Sí ―gemí, ahora no tendría su sabiduría en mi vida.
Miguel no dijo nada. Solo me abrazó.
―Miguel, Martina necesita tu ayuda en la cocina. Anda, yo me quedo con Cristina ―le avisó Daniel.
Mi amigo me miró y puso ambas manos en mis hombros.
―Ya vuelvo, ¿sí? ―me dijo con ternura.
―Claro, no te preocupes.
Daniel me acompañó a una silla cerca del féretro. No duré ni un minuto, me levanté y me acerqué al cajón, quería comprobar que mi mamá estaba allí, todavía no me lo creía.
―Debes comer algo, Cristina, ven a sentarte.
Me di la vuelta, pero un mareo casi me hace caer. Daniel me afirmó con presteza y me ayudó a sentarme.
―¿Lo ves? Debes comer.
―Es que no tengo hambre.
―Tienes que hacer un esfuerzo, niña. Yo sé que es difícil, pero tienes que ayudarte.
Yo no quería estar bien. Quería morirme. Esa era la verdad.
Daniel hizo un gesto extraño y me abrazó con fuerza, no violento, pero sí algo bruto. Y así me mantuvo un rato. Debo confesar que me sentí muy bien allí. Protegida y acompañada.
 Pasado un rato, Daniel me llevó a sentarme. Él se agachó frente a mí y tomó mis manos.
―No conocí a tu mamá, pero debe haber sido una excelente mujer, a juzgar por la cantidad de gente que ha venido y la ha llorado.
―Sí, era muy querida, ella era generosa con su tiempo, los pocos recursos que tenía y con su corazón. Tenía un corazón gigante para albergar a todos.
―Debe estar al lado de Dios ahora.
―Eso espero.
Cerré los ojos, estaba cansada.
―¿Quieres un café, té o bebida? ¿Algo para comer?
―No, gracias, no tengo ganas de nada.
―Pero tienes que comer algo.
―No podría comer.
Martina llegó con un café con leche exquisito.
―Toma, amiga, sé que no quieres comer nada, pero toma esta leche al menos, necesitas tener fuerzas.
―Gracias.
Daniel recibió la taza por mí.
―No te preocupes, prima, yo me encargo que se la tome.
―Bueno ―aceptó Martina con un tono extraño en su voz y se fue a ayudarle a su prima a servir café a los vecinos.
Desde ese momento, Daniel casi no se separó de mí. Solo en el atardecer se fue a su casa a descansar un rato y a ducharse. Martina ocupó su lugar.
―¿Cómo te sientes? ―me preguntó luego de sentarse a mi lado.
―No sé, creo que ya he llorado tanto que no tengo más llanto, pero quisiera que el llanto no acabara jamás. Aunque, por otro lado, estoy tranquila, sé que ella está mejor, esta vida de miseria ya la tenía cansada, aunque no lo dijera, el abandono de mi papá y de su familia, le dolía mucho. Ya estaba cansada y se le notaba. Yo te lo dije.
―Sí, sí me acuerdo, pero no deja de ser doloroso, por más que uno sepa que están mejor no es fácil, la mamá es la mamá y no es fácil perderla.
―Las mamás deberían ser eternas ―comenté.
―Sí.
A Martina todavía le dolía la muerte de su mamá y se puso a llorar. Nos abrazamos y lloramos juntas.
En la madrugada me fui a dormir un rato por insistencia de Miguel que me decía que debía estar descansada, que al día siguiente sería lo peor.
Y lo fue.
Durante el sepelio, Daniel estuvo a mi lado, Martina y Migue al otro. Daniel era un buen tipo, pero no era mi amigo, recién lo estaba conociendo y me trataba como si fuera su amiga de toda la vida. Y eso me confundía un poco. Aunque creo que también podía deberse a lo que estaba viviendo.
El frío me hizo estremecer. El día estaba tan negro como mi corazón, parecía de luto.
Daniel me abrazó a su costado. Miré a Miguel, él giró la cara. Entonces me quedé así, abrazada al primo de mis amigos.
―¡Hija! ¡Hija!
Mi padre, al que no reconocí en un primer momento, llegó hasta mí y me abrazó muy fuerte. Yo no correspondí a su abrazo, estaba en shock. ¿Cómo era que había aparecido? Se apartó de mí, dejó sus manos en mis hombros y me miró.
―Hija, quería llegar antes, pero el viaje es tan largo.
―¿Qué hace aquí? ―pregunté molesta.
―Mi niña ―acarició mi rostro como desesperado―. Mi niña, ¡cuánto has crecido!
―Han pasado casi diecisiete años, ¿qué esperaba? ―contesté con rudeza.
―¿Tanto?
―¿Qué quiere.
―Vine a acompañarte.
―No necesito su compañía, gracias a Dios, mis amigos están aquí conmigo.
―Hija, no es momento para rencores.
―No, caballero, este no es momento para aparecer.
―Soy tu padre.
―Un título que le ha quedado demasiado grande todos estos años.
―Quiero reparar mi error.
―¿Me va a dar la pensión retroactiva?
―No todo es dinero en esta vida.
―Dígaselo a mi mamá que trabajó día y noche para mantenerme cuando usted me abandonó.
―¿No me vas a perdonar ese desliz?
―¿Desliz?
―Hija...
―No me llame hija.
―No me rechaces, no lo merezco.
―Váyase, ¿quiere?
―Hija
―Ya la escuchó, váyase, ella no lo quiere aquí ―intervino Daniel.
―¿Quién eres tú para meterte? ¿Acaso eres su esposo?
―Su futuro esposo ―respondió― y mi deber es cuidarla, así que váyase, no haga de este momento un espectáculo y no le cause más dolor a Cristina, más del que tiene.
―Que no se diga que yo no intenté acercarme ―replicó ofendido antes de irse indignado.
Miré el féretro y me puse a llorar, ¡cuántas veces mi mamá deseó en silencio que mi papá volviera! Y lo hizo, pero demasiado tarde.
Daniel me abrazó a su pecho de modo protector.
―Tranquila, ya pasó ―me susurró al oído.
No sabía cómo reaccionar a lo que Daniel hacía, sentía que se tomaba atribuciones que no le correspondían, no era tan cercano, ni Miguel lo hacía. No dije nada. Suficiente con el escándalo de mi papá, además, ya estaba comenzando el responso y los brazos de Daniel me sostuvieron cuando estuve a punto de caer desmayada ante las palabras del sacerdote.