viernes, 11 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 5

―¿Qué pasa? ―me atreví a preguntar, aunque no estaba segura de querer escuchar la respuesta.
―Ten cuidado con mi primo, amiga, es mi primo y yo lo adoro, pero como primo ―aclaró―, como amigo, porque como hombre... deja mucho que desear ―advirtió―. Es un hombre mujeriego, mentiroso, tiene mucho carisma, sí, y las mujeres caen como hormigas en la miel, pero todas ellas quedan llorando después por su amor no correspondido y no me gustaría que jugara contigo también, tú eres mi amiga y no mereces que él se aproveche de tu vulnerabilidad, mucho menos en este momento tan triste que estás pasando.
―Qué bueno que me lo adviertes, amiga, porque a decir verdad se me ha insinuado y yo no... No sé; para serte franca siento que no estoy en condiciones de pensar en estar con alguien, pero a la vez me siento sola, ¿me entiendes?
―Sí, Cristi, te entiendo, pero no por eso te vas a meter con el primero que se te cruce por delante.
―No, sí sé, pero es que...
―¿Te gusta?
―Es encachado.
―Sí, sí eso lo sé, pero ¿te gusta?
―No sé, no sé, sí sé que me confunde.
―Pucha, amiga, ahora no sé qué decirte.
―No hay nada que decir, yo sé que no tengo que fijarme en él, es tu primo y...
―Es un vividor, Cristi, eso es lo que me da miedo. Yo estoy segura que cuando encuentre a su verdadero amor, todo va a cambiar, pero mientras tanto, solo juega y, créeme que nadie más feliz que yo si tú eres la horma de su zapato, pero no creo que sea posible.
―Ah.
―No digo que tú no seas capaz de enamorarlo, lo eres, pero muchas otras también lo fueron y sufrieron igual.
―Gracias, yo... Yo intentaré alejarme de él, te lo prometo. No estoy para sufrir más.
―No poh, y mi primo no puede pretender jugar contigo, precisamente en este momento.
―Conmigo no podrá.
―¡Claro que no! ―replicó con firmeza―. Será como con los hermanos Castro, que pretendían agrandar su lista de amantes con nosotras y bien en vergüenza los dejamos, ya no les quedó cara seguir burlándose de las chiquillas.
Nos reímos con ganas al recordar aquel episodio donde quedaron expuestos ellos en vez de las chicas a las que querían humillar.
―Cristi, amiga mía, no sabes lo feliz que me hace estar aquí ahora contigo, no me habría perdonado que estuvieras tan sola en un momento como este.
―Yo me alegro más, no sé qué hubiera hecho sin la ayuda de ustedes.
Me abrazó y yo a ella. Era lo más parecido a una hermana que jamás tuve.
―Bueno, vamos a ordenar un poco para irnos a almorzar con estos hombres más tarde.
Yo acepté, hacer las cosas me distraería de mi tristeza, sin embargo, no pude entrar al dormitorio de mi mamá; Martina lo entendió y no entramos.  
Una vez que terminamos de hacer aseo, le ofrecí ir a la suya, pero ella me dijo que estaban sus primos allá.
―¿Están solos? Por mi culpa... ―comencé a decir.
―Por tu culpa, nada. Ellos quisieron venir a conocer Antofagasta, estos días que hemos estado aquí, ellos pasean solos. Hoy día creo que se iban a San Pedro.
―Y estos días estuvieron metidos aquí ―murmuré con culpa.
―Ellos quisieron ayudar. Yo les dije que no era su obligación, pero ellos son muy solidarios, en el sur se suele ayudar siempre a los vecinos, aunque no los conozcamos.
―Igual que aquí ―ironicé, la gente del norte es un poco más arisca y fría.

A las doce en punto llegó Daniel a buscarnos en el auto de Miguel y nos llevó al Café del Centro. Tomaríamos algo antes de ir a comer. Nos sentamos afuera; aunque hacía frío, Miguel y Martina fumaban y querían estar en el sector de fumadores. Poco rato después, pasó una mujer que se sorprendió al mirar a nuestra mesa. Sonrió feliz y se acercó directo a Miguel.
―Miguel, tanto tiempo, ¿cómo estás?
Le dio un beso casi en los labios, ¿sería alguna ex? El estómago se me apretó.
―Slevanka, ¿qué tal? ―saludó algo incómodo.
―Aquí, como siempre. Sola. Hola, Martina ―saludó a mi amiga casi por compromiso.
Miguel asintió con la cabeza.
―Él es Daniel, mi primo, y ella es Cristina, una amiga de la infancia ―nos presentó, también por compromiso.
―Hola ―saludó amable y algo coqueta a Daniel, pero a mí me miró como si me quisiera fulminar.
―Ella es Slevanka Slatar, una antigua amiga ―nos explicó Miguel.
―¿Te vas a quedar algunos días o te va a ir pronto como siempre? ―le consultó ella con demasiada coquetería para mi gusto.
―Me voy la semana que viene.
―¡Qué bueno! Podríamos juntarnos uno de estos días.
Él no contestó.
―¿Mañana vamos a bailar?
―La verdad es que estamos de duelo, Slevanka.
―Lo siento, no sabía, ¿algún familiar?
―La mamá de Cristina.
―Ah, pero no es nada tuyo ―replicó molesta.
―Nos criamos juntos, casi como hermanos, su mamá y la  mía fueron muy amigas.
―Ah ―contestó simplemente.
―Bueno, nosotros ahora nos vamos a ir a almorzar. Permiso ―le dijo como si la quisiera echar.
―¿Me invitas? Así no como sola ―volvió a coquetear.
Miguel nos miró y tanto Martina como Daniel aceptaron; a mí no me pareció buena idea, no me había gustado nada esa mujer, pero bueno, ella era su amiga y yo no tenía nada qué decir, nada qué opinar.
Nos acompañó.
A la vuelta del Café había un restaurant y allí entramos. Martina se adelantó y subió a la terraza, allí se sentó en una mesa en el centro del local. Los otros la siguieron felices, A decir verdad, yo me sentía incómoda, mi carácter un poco tímido y la situación que estaba viviendo, no me dejaba sentirme muy bien.
La mano de Miguel en la mía me hizo mirarlo.
―¿Más tarde quieres acompañarme? ―me consultó con voz suave.
―Claro, ningún problema, ¿a dónde?
―Ya lo verás.
―Si es sorpresa... ―Sonreí.
―Bueno, ¿y cuándo nos juntaremos los dos solos? ―reclamó la tipa.
―No lo sé, tengo muchas cosas pendientes y no sé si tendré tiempo.
Otra vez esa mirada de metralleta. Me pareció que ella estaba enamorada de Miguel y por un momento quise cederle la invitación que me había hecho a mí para que, en ese rato, fuera con ella a cualquier lugar, pero justo la miré cuando hacía un gesto de desagrado a mi amigo y me di cuenta que amor no sentía por él, tal vez, pensaba que tenía dinero y solo quería conseguir eso. De todos modos, era una arpía a quien había que sacar del camino. Apreté su mano, que todavía estaba en la mía, y la acaricié con mis dedos; claro que mis dedos se perdían en los suyos. Yo tenía manos de muñeca, siempre me lo decían.
Entonces, quien se puso celoso fue el primo de mis amigos, Daniel, que me miró con reproche. Yo no retiré mi mano, prefería darle explicaciones a él más tarde, que soportar que la arpía siguiera metiéndosele por los ojos a Miguel.
Al terminar el almuerzo, la situación se tornó un poco rara, era como que mis amigos se quisieran ir, pero no sabían qué hacer con la invitada de piedra.
―¿A qué hora vamos a ir? ―me atreví a preguntar para cortar un poco la incómoda situación.
―Vamos altiro ―respondió.
Slevanka emitió un bufido molesto.
―Vamos, primo, ¿me acompañas al Mall? ―le preguntó Martina a Daniel.
―Claro, primita, vamos ―contestó con algo de sorna y, algo burlesco, miró a la convidada y se levantó―. Un gusto conocerte, Eslovenia.
―Slevanka ―corrigió ella.
―Eso, soy remalo para los nombres. ―Daniel tenía el típico sonsonete sureño y debo admitir que me dio un poco de risa, sobre todo porque la tipa se enfureció, pero intentó mantener la compostura.
Nos separamos. Martina y Daniel bajaron al mall, y Miguel y yo caminamos a un estacionamiento por Baquedano.
Me llevó a Mejillones. Hacía muchos años que no iba a ese lugar. Nos detuvimos frente a la iglesia Corazón de María y allí se estacionó.
―¿Te acuerdas cuando vinimos para acá cuando éramos chicos? ―me preguntó.
―Sí, tu papá nos invitó a mi mamá y a mí para conocer.
―Él la quería mucho, para él, tu mamá era como su hermana.
―Sí, siempre la quiso y la respetó mucho.
―Sí. Y me acuerdo... que en esa ocasión... ―habló como si me estuviera regañando―. Tú... te escapaste y te perdiste.
―¡Yo no me perdí! ―protesté―. Ustedes se perdieron.
―¿Nosotros? ―Se rio con ganas.
―Sí, pues, ustedes se perdieron, yo sabía que estaba en la iglesia. Yo les dije que quería ir.
―Sí, nos asustaste mucho. Martina nos dijo que lo más seguro es que estuvieras allí, que te gustaban mucho las iglesias.
―Sí, me llamaban mucho la atención.
―Eso no quitó nuestra angustia.
Me abrazó como si recién me hubiera encontrado después de mucho tiempo de buscarme.
―¿De verdad tú te preocupaste?
―Mucho.
―¿Aunque fuéramos molestosas?
―Sí.
Me separó un poco y me miró a los ojos un buen rato. Tenía unos lindos ojos verde oscuro, Un color extraño y llamativo para su morena piel.
―En realidad no eran molestosas; eran juguetonas, divertidas. Me encantaba verlas corretear por ahí o llegar a mi lado a mostrarme su nueva coreografía.
Creo que me puse roja recordando. El rio con más ganas que antes.
―Les encantaba bailar y cantar.
―Mejor no hablemos de ese tema ―repliqué total y absolutamente avergonzada.
Me tomó la mano, iba a comenzar a caminar hacia el hermoso edificio, pero yo me resistí.
―¿Qué pasa? ¿No quieres entrar?
―No ―respondí lacónica.
―¿Por qué?
―Porque ya no quiero nada con Dios.
―¿Y eso? A ti te gustaba mucho participar en la capilla y te gustaba mucho eso de los Santos y de la Virgen.
―Ya no.
―¿Por qué?
―Porque me ha hecho sufrir toda la vida y ahora me quitó a mi mamá.
―No digas eso, Cristi.
En ese momento, fui yo la que me abracé a él y me largué a llorar. Él no dijo nada, solo me abrazó fuerte y acarició mi cabello. Creí que mi llanto sería eterno, que no podría parar, pero duró menos de lo que pensé. En realidad, duró menos de cinco minutos.
―Lo siento ―gemí.
―No, no te disculpes, Cristi, acabas de perder a tu mamá, es lógico que estés así, es muy doloroso, pero te prometo que cada vez será menos, después solo recordarás los buenos momentos con ella.
Le tomé la mano y caminé en dirección a la playa. Y allí nos sentamos, frente a la casa de la Capitanía de Puerto.
―Estoy pensando en irme de esa casa ―le comenté.
―¿Irte? ¿A dónde?
―No sé, esa casa es demasiado grande para mí sola y tiene demasiados recuerdos.
―¿Estás segura?
―Sí, es muy triste seguir allí, la quiero vender.
―No tomes decisiones apresuradas, todavía es muy pronto para que sepas qué hacer.
―Ustedes también van a vender su casa.
―Es diferente.
―¿Por qué? ―Hasta a mí me sonó a capricho.
―Porque tu pérdida es muy reciente y esa casa es todo lo que tienes. Nosotros, por el contrario, lo pensamos muy bien, no solo ahora, desde hace mucho tiempo, además, tenemos una vida lejos de aquí.
―Tal vez haga mi vida en otra parte.
―Si te quieres ir, hazlo, pero no vendas tu casa, no todavía.
―Para irme necesito vender, no tengo dinero de sobra para hacer mi vida en otro lado de la nada.
―Yo te puedo ayudar, pero no vendas tu casa, no todavía. Este barrio, con los años, ha ganado en valor, todavía es tu casa, es la casa en la que te criaste. No dejes que la tristeza del momento haga que tomes decisiones precipitadas.
―Tomaré tu consejo.
Me sonrió. Se levantó y tomó mis manos para levantarme. Quedamos muy cerca el uno del otro. No me moví. Los recuerdos que quise esconder por más de seis años, volvieron a aparecer.
―Cristi... Te extrañé mucho ―susurró.

Deseé que me besara.