viernes, 4 de agosto de 2017

¿Qué esperabas?

Capítulo 2

El domingo era mi día de descanso. Era el día que más me gustaba, el día en el que no me levantaba, mejor dicho, no me vestía. Como el día sábado hacía aseo, lavaba la ropa y dejaba comprado todo lo que necesitábamos, no necesitaba levantarme temprano ni vestirme. Era mi día de flojera. Solo en la noche planchaba lo que necesitara para el día siguiente.
El problema es que ese domingo no era un domingo como los demás. Estaba preocupada y no podía relajarme.
Sin que mi mamá se diera cuenta, mientras mi mamá dormía la siesta, me fui a la feria a comprar el diario, quizás allí habría algún anuncio. Aproveché de comprar el pan para la once, pues generalmente el domingo hacíamos pan en sartén o sopaipillas, o cualquier otra cosa rica, pero ese día no tenía ganas de hacer nada. Y esa fue mi excusa para salir.
En ese diario aparecía la oferta de trabajo para el campo que había visto en internet el día viernes. Por alguna extraña razón, pensar en ese trabajo me hacía doler el estómago.
―¿Por qué ponen un aviso de ese empleo en un diario regional si está a seis regiones de distancia?―me pregunté en voz alta, algo frustrada, me habría encantado ir, pero no podía.
El lunes en la mañana salí a la hora habitual, debía buscar un trabajo con urgencia. En el diario solo había tres trabajos para secretarias y, aunque recibieron mis papeles, sabía que no me había ido bien.
El martes otra vez dejé los pies en la calle, dejando currículums en las tiendas del centro comercial, en cafeterías, restaurantes, supermercados. Algo debía salir.
El miércoles y jueves salí igual, pero ya no podía seguir dejando papeles, Antofagasta es una ciudad grande, pero no tan grande, así que esos días me dediqué a pasear y buscar lugares en los que pudiera pedir trabajo. Para ser franca, sentía que tenía una nube negra sobre mi cabeza.
El viernes, le avisé a mi mamá que llegaría temprano y que yo pasaría a comprar el pan.
Entré al negocio de Alejandra, estaba vacío, lo que me alegró.
―Hola, ¿cómo están? ―saludé en voz alta a la dueña del almacén y a la chica que atendía.
―Hola, bien, ¿y usted? ―saludaron ambas a las vez.
―Bien ―respondí con una sonrisa―. Con frío. Está abrigado aquí, no dan ganas de irse ―comenté.
Comencé a sacar el pan que estaba recién salido del horno.
―¡Hola! ―escuché saludar a una mujer, pero no me volví―. ¿Cristina? ―me dijo.
Entonces, sí la miré. No la reconocí de inmediato.
―¿Martina? ―pregunté al fin.
―Sí, ¿cómo estás? ―Nos dimos un apretado abrazo.
―Tanto tiempo ―comenté―. Estás cambiada.
―Sí. Me hice un cambio de look ―respondió con orgullo y se dio una vuelta mostrando su cabello rojo y sus ojos azules.
―Se te ve bien. ¿Qué has hecho? ¿Cómo han estado? ¿Cuándo volviste?
―Volvimos hace unos días. Estaremos por un par de semanas aquí.
―¿Tu mamá vino contigo?
Ella bajó la cara.
―No. Ella no... Ella murió el año pasado.
Trágame tierra.
―Disculpa, Martina, no sabía.
―Pocos saben, amiga, tú sabes que nos habíamos ido al sur por la salud de mi mamá y allá murió, como ella quería.
―Al menos estuvo donde ella quería y con quien ella quería.
―Sí.
Terminamos de comprar y salimos juntas del negocio. Ella vivía a seis casas de la mía, así que teníamos un ratito para seguir hablando. Ella fue mi mejor amiga hasta antes que se fuera al sur con su familia.
―¿Qué es de tu vida? ―me preguntó una vez fuera.
―Nada, todo para mí sigue igual, vivo con mi mamá, trabajo, y nada más. ¿Y tú? ¿Te casaste?
―¿Casarme? ¿Yo? Nah. Yo le ayudo a mi hermano en el campo, tengo a cargo la parte administrativa ―me contó―. Ahora vinimos a vender la casa y mi hermano va a cerrar unos negocios que tiene aquí y nos vamos, ya no vamos a volver.
―¿Andan los dos solos?
―Con unos primos también.
―Ah, menos mal, porque igual no debe ser fácil estar en tu casa sin tu mamá.
―¡Olvidate! Un montón de recuerdos, de todo.
―Sí, yo me muero si le pasara algo a mi mamá, aunque para serte franca, a veces tengo miedo.
―Pero tu mami se ve re parada todavía. El jueves la vi de pasadita, yo venía llegando y ella iba a comprar, no le hablé porque iba apurada al baño ―me dijo con una risa.
―Sí, a veces se ve bien, pero a veces se ve muy cansada.
―Ojalá te dure mucho tiempo, amiga, la mamá de uno siempre hace falta.
―Sí.
Nos despedimos y ella siguió camino a su casa. Prometimos juntarnos antes de que volvieran al sur.
―Me encontré a la Martina ―le conté a mi mamá, ella ya tenía la once lista, así que nos sentamos altiro a comer.
―¿Sí? ¿Cómo está?
―Vienen a vender la casa.
―¡Qué pena! Ya no vuelven, entonces. ¿Y la señora Marisa?
―Ella murió, mami, el año pasado.
Asintió con la cabeza.
―Ella se fue enferma de aquí, igual duró varios años, si se fueron hace ¿cuánto? Unos cuatro años, y los médicos aquí no le daban más de uno.
―Sí, la Martina se puso muy mal cuando se enteró de que su mamá estaba tan enferma, pero yo pensé que se podría haber mejorado.
―Al menos duró más tiempo y la señora Marisa quería volver a su tierra. Nunca se acostumbró aquí. Ella era de campo, de verde, de vegetación, el desierto la deprimía.
―Sí, yo creo que es más fácil acostumbrarse a lo verde que al desierto.
―Sí, debe ser.
―¿Y cómo está la Martinita? ¿Y Miguel anda aquí también?
―Sí, andan con unos primos.
―Por lo menos no está sola.
―No, ella trabaja con el Miguel en el campo, se ve bien, está pelirroja y con los ojos azules.
Mi mamá sonrió divertida.
―A ella siempre le gustaba andar cambiándose.
―Sí.
―Qué bueno, ellos eran una buena familia.
―Sí, mucho.
Me invadió la nostalgia. Si mi mamá se me iba, yo me quedaría sola, no tenía familia, no tenía a nadie.
―Hija. ―Sentí la mano de mi mamá en la mía―. ¿Qué pasó?
―Nada, mamita, me estaba acordando de las maldades que hacíamos con la Martina.
Mi mamá se echó a reír.
―Sí, eran muy inventoras, todos los días se les ocurría una nueva maldad.
―Sí ―admití―, es verdad. ¡Es que había tanto que descubrir!
―Tanto por romper, diría yo.
―Todo por el bien de la ciencia ―afirmé con solemnidad.
―Claro, ellas, las más científicas.
Nos reímos mucho recordando nuestra niñez y al final del día, en mi habitación, lloré, el solo pensar en perder a mi viejita linda, me hacía sentir una angustia mucho más grande que la que sentía por no tener trabajo.

&&&
Mis peores temores se cumplieron el día siguiente. Ese sábado mi mamá no quiso ir a la feria, se sentía un poco agripada, dijo que le dolía un poco el estómago, se sentía algo afiebrada y ahogada. Fui yo sola, lo más rápido que pude y al volver, la encontré en la cama con un fuerte dolor en el tórax. Desesperada, llamé a la ambulancia, pero no llegaba. Los minutos se me hacían eternos. Volví a llamar, pero mie dijeron que la única ambulancia que tenían estaba ocupada en un accidente. Salí a la calle a buscar algún vecino que tuviera auto para que llevara a mi mamá al hospital. En la casa de la Martina había un auto estacionado, así que corrí hasta allá para pedirle ayuda. Me dijo que no había problema, que ya iban a ir a buscar a mi mamá. Yo volví a mi casa, no quería dejar a mi mamá tanto rato sola.
―No llore, hija ―suplicó mi mamá, pero no podía dejar de hacerlo. Tenía mucho miedo.
―Usted tiene que estar tranquila, la Martina viene para acá para llevarla al hospital.
―No quiero ir al hospital, hija, no quiero que me lleven.
―No hable, mamita.
―No quiero morir en el hospital.
―Pero, mami, si usted no se va a morir.
―Ya no tengo fuerzas, hija, perdóneme por dejarla sola.
―Mami, no.
Lloré con más fuerza. Martina entró corriendo y me abrazó por detrás.
―Tía Zoila, vamos al hospital, mi primo nos va a llevar.
 Mi mamá negó con la cabeza.
―Apoyen a la Cristinita ―le suplicó.
―No, mami ―Lloré con desconsuelo.
―No llore, hija, ya no seré un estorbo en su vida. Sea feliz. Yo siempre la voy a cuidar desde el cielo. Dios y la Virgen le darán consuelo.
―No, mami, no. Vamos al hospital.
―Por favor, hija, no; no me lleven, quiero estar en mi casa, con usted. La amo mucho, mucho.
―¡Mami, no!
No era capaz de pensar ni analizar nada. Yo no quería que se muriera, pero sabía que no podía evitarlo.
Mi mamá cerró sus ojos en completa paz. Yo no lo estaba. Creo que mi grito de desesperación se escuchó hasta la China.
¡Mi mamá no podía estar muerta!
Martina me soltó para que yo pudiera abrazar a mi mamá. No quería dejarla ir. No podía ser que se hubiera muerto.
Poco rato después, Martina quiso separarme de mi mamá, pero yo no quería soltarla. Entonces, sentí unos brazos masculinos fuertes y firmes que sí lograron apartarme de mi mamá. Yo quise pelear y le pegué en el pecho, él afirmó mis manos y me apretó contra él.
―Tranquila, tranquila ―habló con suavidad.
Yo seguí llorando un rato allí en el pecho de ese hombre hasta que me calmé. Me aparté de él con mucha vergüenza.
―Perdón, perdón ―tartamudeé.
―Tienes que estar tranquila, amiga ―me dijo Martina, sobándome la espalda.
―Sí. Sí. Gracias ―atiné a decir.
Solo en ese momento, miré al chico que acompañaba a Martina. No lo conocía. Miré a Martina interrogante.
―Es mi primo Daniel ―lo presentó.
―Disculpa, yo... yo... ―No sabía qué decir, quería que me tragara la tierra, en realidad quería morirme.
―No te preocupes, todo está bien ―respondió Daniel.
Miré a la cama donde estaba mi mamá y la tristeza volvió a invadirme.
―Me tomé la libertad de llamar a un médico, debe estar por llegar ―comentó casi tan avergonzado como yo.
―No debiste. Yo no...  Gracias, es que yo... no...
―No te preocupes, hice lo que había que hacer.

Agaché la cabeza, yo no era capaz de nada. Ni siquiera de pensar.