lunes, 28 de agosto de 2017

¿Qué esperabas? Epílogo

Epílogo

Era diez de septiembre, el cumpleaños de mi esposo. Con Daniel nos casamos en febrero y de Luna de miel nos fuimos a Antofagasta. Vendí mi casa y aprovechamos de pasear y volver a recorrer aquellos lugares que habíamos frecuentado cuando nos conocimos.
Luis, el chico del Café del Centro todavía se acordaba de mí y me dijo que me había echado de menos, le conté a grandes rasgos lo sucedido y que me volvía a ir, así que al cancelar la cuenta, nos dimos un abrazo. Eso me gustaba de ese lugar, era como estar entre amigos.
Me despedí de la ciudad. Daniel quería trasladar a mi mamá del cementerio, pero yo le dije que no, a fin de cuentas, no estaba allí, además, sería bueno tener a alguien a quien visitar en Antofagasta.
Aquel día, que era su cumpleaños y, además, cumplíamos siete meses de casados, le tenía un regalo muy especial que solo sabíamos Julieta y yo.
A él nunca le gustó celebrar su cumpleaños, vaya a saber por qué, pero desde que nos conocimos sí lo quiere festejar... Pero esta vez, solo con su familia. Y eso a mí me viene muy bien.
Mi suegra le hizo una torta exquisita; mi suegro, un asado; sus hermanos se encargaron de las bebidas, y Julieta y yo de los adornos.
Al rato, decidimos que ya era hora de abrir los regalos. Abrió todos los que estaban allí, sin embargo, no había ninguno mío.
―Cuñada, ¿no le hiciste ningún regalo a tu marido? ―me reclamó, sin enojo, Carlos.
―Le tengo un regalo, pero quería que lo viera al final, por eso no lo dejé con los demás.
―A ver...
―¡Que lo abra, que lo abra! ―comenzaron a gritar todos, entre risas.
Abrió la cajita que le entregué y sacó un test de embarazo y un osito de bebé. Me miró con lágrimas en los ojos.
―Mi amor... Mi niña... ¿Es lo que estoy pensando?
―No sé qué estás pensando ―dije haciéndome la desentendida.
―¿Estamos embarazados?
―¡Siiiiii! ―respondí feliz y él me abrazó a lo bruto, como era su costumbre.
―Perdón, perdón. ―Se apartó de mí―. Perdón, ¿te hice daño? ¿Le hice daño al bebé?
―No, tontito.
Nos besamos. Todavía podía sentir esa magia cuando me besaba, como si nadie más en el mundo existiera. Lo amaba. Estaba segura de eso.
Todos nos felicitaron por la hermosa noticia. Un nieto más venía en camino y eso hacía muy felices a mis suegros.
Cerca de las ocho, apareció Martina con Miguel. Hacía un año que no lo veía. Mi marido y su familia, sí. Había estado en tratamiento y se suponía que ya estaba a punto de dejar las pastillas bajo supervisión médica. Él tenía una depresión por todo lo sucedido, desde el maltrato de su padre hasta tener que hacerse cargo de todo, pasando por la muerte de su madre y el incendio que dejó marcado su rostro. Y todo eso sin contárselo a nadie, sufriéndolo en silencio.
―Buenas noches, disculpen que vengamos así ―comenzó a decir Miguel―, pero veníamos a saludar a Daniel. Martina insistió en venir.
―Claro, claro, pasa ―aceptó el dueño de casa.
El ambiente se tornó raro, no mal, pero sí raro.
Daniel avanzó hasta donde estaba él. Los primos se saludaron con un apretado abrazo y algo le dijo Miguel a mi esposo, este también le contestó, pero no sé qué le diría.
Luego, saludó al resto. Cuando llegó mi turno, solo se paró frente a mí y sostuvo mi mirada unos segundos.
―Quería pedirte perdón, sé que lo que hice no tiene perdón de Dios, yo... yo no sabía lo que hacía. ―Sus ojos se aguaron. Creo que los míos también.
―Sé que estabas pasando por un mal momento.
―Perdóname, por favor, te lo suplico.
―No hay problema, Miguel, no te preocupes.
―Gracias.
Se iba a dar la vuelta cuando vio en la mesa el regalo que yo le había hecho a mi esposo. Y me miró. Yo sostuve la respiración.
―¿Estás embarazada?
Asentí con la cabeza, debo confesar que tuve mucho miedo y me llevé las manos a mi vientre, protegiéndolo.
―Felicidades, te mereces toda la felicidad del mundo.
―Gracias ―musité apenas.
Me dieron ganas de llorar. ¿Por qué tenía que ser todo tan difícil? Daniel llegó al lado mío y me abrazó a su costado de modo protector.
―Felicidades, primo ―lo saludó con tristeza―, les deseo toda la felicidad del mundo.
Ambos asentimos con la cabeza sin decir nada. A mí por lo menos, no me salían las palabras.
―Bueno, me voy, Martina se puede quedar, ¿cierto? Yo tengo que ir a ver a mi hijo, Hilda me llamó que está con fiebre y voy a ver si lo llevamos a médico.
―Claro, claro, hijo ―aceptó don Carlos―, anda tranquilo, Martinita se puede quedar aquí o si se quiere ir, no faltará quien la vaya a dejar.
―No te preocupes, primo, ella estará bien aquí ―indicó Carlos.
Ella había terminado con Mauro hacía una semana y había vuelto al fundo. Ya me contaría su historia, porque no habíamos tenido oportunidad de hablar desde su llegada. 
―Gracias. Chao ―se despidió Miguel―. Que estén bien.
Se subió a su camioneta y se fue despacio. Daniel me abrazó a su pecho.
―¿Cómo estás? ―me preguntó en el oído.
―Con una mezcla de sensaciones, de recuerdos. Y el embarazo no ayuda mucho ―confesé echándome a llorar.
Me apartó y puso una mano debajo de mi mentón.
―¿Debería preocuparme?
―No. ¿Por qué?
―¿Sientes cosas por él todavía?
―¿Aparte de miedo? No. Fue algo muy raro. Le tuve miedo, me acordé de lo que pasó el año pasado; pero a la vez los recuerdos de cuando éramos chicos también llegaron a mi mente y... Y también me dio pena, se veía muy triste, ¿o fue idea mía?
―No, no fue tu idea, a mí también me conmovió, sobre todo cuando vio tu regalo.
―Sí.
―Quizás pensó que podría haber sido suyo.
―Él nunca quiso. ¿Qué esperaba después de todo lo que pasó? ―Me encogí de hombros―. Será mejor que me vaya a lavar la cara, no quiero estar fea en tu día, además, que mañana ―le dije poniendo mis dos manos sobre su pecho de modo coqueto― vamos a ir a conocer a nuestro bebé.
―¿De verdad? ¿Lo veremos en esas pantallas?
―Sí, sí, y vamos a ver cómo está, de qué porte...
―¿Y sabremos si es niño hombre o niña mujer?
Me reí.
―No, todavía es muy pronto.
―Te amo, mi niña, te amo como no te puedes imaginar.
Nos besamos. No nos importó que estaba la familia mirando, tampoco que mis lágrimas buscaban nuestros labios. Nos besamos con todo el amor que sentíamos.
―No sabes cuánto te agradezco este regalo que me hiciste, por tu amor, por todo lo que me das día a día ―susurró, abrazándome fuerte contra él.
―¿Qué esperabas? ―le pregunté―. Después de todo lo que me has dado, enamorarme fue fácil... Aunque seas un poco bruto y me aplastes cada vez que me abrazas ―me quejé.
Me soltó un poco y largó una risotada tan propia. Secó mi cara con su mano y me besó en la frente.
―Tendré que tener más cuidado.
―Te amo ―expresé con todo mi sentimiento.
―Y yo a ustedes ―me contestó de igual modo antes de volver a besarme con todo el amor, brutalidad y dulzura que siempre lo hacía.