lunes, 19 de enero de 2015

Ella o yo Cuento de Katherina Asgard

Hace demasiado frío en este bosque. Nunca he sido friolenta, de hecho me encanta el invierno, pero esta noche es de esas que hielan tu cuerpo completo, es un hielo que paraliza.
Sé que tengo que correr, con todas mis fuerzas...
Me persiguen, me matarán. Pero ya no puedo seguir, me detengo unos minutos, mis pies no quieren responder.
Estoy temblando, alerta a cualquier ruido. Aunque estoy quieta en una pequeña cueva, sé que me encontrará
Hay un cuervo que no ha dejado de chillar, un búho que no para de girar su cabeza, me mira cada cierto tiempo, y cada vez que chocan nuestros ojos, él hace un ruido. Tengo más miedo que nunca en mi vida.
¡Maldita noche!
-Aquí estás, pequeña... - alguien susurró en mi oído, no sé quién es.
Todo se llena de niebla, cuando me volteo para ver quién es, observo que la niebla sale de todas partes.
Empiezo a correr como jamás lo había hecho. Me encontró.
Una risa retumba por todas partes.
Las lágrimas empiezan a correr por mis mejillas, el corazón me late a mil por hora y mi cabeza pesa más de lo normal, en cualquier momento caería al piso desmayada, mi cuerpo está colapsando. Si eso pasa, me encontrará. Al menos me tranquiliza un poco el hecho de que estaría durmiendo cuando me matara...
Me siento cada vez más cansada, ya llevo corriendo un buen rato cuando veo que cerca de mí, ya no hay árboles. Si salgo de aquí será más fácil encontrar a alguien que me ayudara.
Mi sorpresa fue enorme cuando veo el gigantesco precipicio que hay frente a mí. Lloro con fuerzas, ya no vale la pena luchar, moriría de todas formas.
Me lanzo, si de todas formas iba a morir, no le daré el gusto de hacerlo con sus propias manos.
La caída es larga, siento el viento rozar mi cara y elevar mis cabellos. Pese a estar asustada, la caída es relajante. Cierro los ojos. Ya había llegado mi hora.

Abro los ojos, lo primero que veo es el techo, luego escucho perros en la calle, me levanto con cuidado y miro por la ventana, estoy en mi casa, en la tranquilidad de mi hogar, solo fue un mal sueño,  volvería a la cama, volvería a dormir. Veo la hora en mi teléfono, las tres de la mañana. Cierro los ojos.

Vuelvo a abrir los ojos. Me tienen atada... envidio a esa chica que vive en mí, esa que solo entra a ratos en mi vida, y que cuando yo dormía y soñaba, ella creaba su mundo, un mundo en el que su vida era tranquila, en donde tenía amigos y una familia, y no nota que ella es el sueño y yo la real.

—Que bien que te encuentro despierta. Casi arruinas la diversión. —Een ese momento mi secuestrador entra en el sótano...
—Si me quieres muerta, ¿Por qué me salvaste?
—¿Quién dice que te salve? Morirás de todas formas. Pero de dolor.
Me  corta las extremidades y me deja ahí, desangrándome.
Cierro los ojos, tengo que soñar con una vida normal una última vez. Aunque la muerte me encontrará estando del otro lado.

Abro los ojos. El sol toca mi cara. Es tarde, puedo notarlo, pero hoy estoy libre. Aunque no del todo, veo rápidamente la hora, las once. Me visto apurada, debo ir a juntarme con unos amigos para ir a la playa.
Cuando subo al colectivo tengo una extraña sensación. No pasan ni cinco segundos cuando veo un auto venir hacia nosotros.

—Ella ya ... no está... Ya murió. —Mi secuestrador me observa.
Hablo y respiro entrecortado por el dolor físico y emocional
Sonríe con burla y se va.
De veras la envidio, ella tiene la vida que yo quiero. A ella no la persigue su hermano.
Y jamás supo que ella solo era el sueño.

Abro los ojos.
-¿Dónde estoy?- pregunté.
-En el hospital, nos diste un susto terrible... Estuviste sin pulso por diez minutos —contestó mi hermano.