viernes, 20 de septiembre de 2013

EL CUARTO ROJO



Este no tiene nada que ver con el famoso "Cuarto rojo de dolor", es un relato que escribí para un concurso y como no ganó, lo "cuelgo" aquí...



La joven miró el escenario expectante, era su primera noche como bailarina de ese lugar. Y no es que le hiciera mucha gracia. Debía hacerlo. Por culpa de su hermana, metida en drogas, conoció a Leonardo, que la obligó a bailar en su club a cambio de la vida y libertad de su hermana.
Stephanie subió al escenario e hizo el show que tenía preparado, bailando para hombres asquerosos que gritaban groserías desde abajo e intentaban tocarla, algo que ella evitó magistralmente.
Al término de su función, copiosas lágrimas corrían por sus mejillas, en realidad, las lágrimas se le escaparon mucho antes de concluir su actuación. Las muchachas que llevaban más tiempo decían que podía llegar a ser excitante, para ella no lo fue en lo absoluto.
— Stephanie, tienes un cliente, pagó muy bien por ti —gritó Leonardo en el camerino, caminando hacia ella.
— ¿¡Qué?!
— Eso. Te espera en la habitación roja.
— Pero tú me dijiste…
— Triplicó el precio sólo para estar contigo.
— Pero yo…
— Tranquila, él sabe que eres virgen.
Stephanie tomó aire.
— ¿Y si no quiero?
— Tú y tu hermana se van directo al infierno.
— ¿Y eso no es el cuarto rojo?
Leonardo sonrió acercándose amenazadoramente hacia ella, parándose justo frente a ella, muy cerca.  La joven lo miró hacia arriba, asustada.
— Vas a ir con él o te follo yo mismo aquí, delante de todas ellas y sin ninguna contemplación.
Stephanie se mordió el labio y luego lo miró suplicante.
— Leonardo, por favor…
— Vístete, no lo hagas esperar.
— ¿Qué me pongo?
— El baby-doll rojo.
— Claro —replicó molesta—, a juego con la habitación.
— Hazlo rápido, yo mismo te llevaré con él.
Stephanie se quitó su traje de diabla y se puso el baby-doll, Leonardo no le quitó la vista de encima mientras lo hacía.
— Algún día me tocará probar a mí ese delicioso cuerpo —le dijo mientras la tomaba bruscamente del brazo y la conducía escalera arriba, al cuarto rojo, donde el cliente la esperaba.
Leonardo abrió la puerta y la dejó pasar.
— Ponte de rodillas sobre la cama y no lo mires. No hagas nada que él no haya ordenado —le advirtió Leonardo, deteniéndola justo antes de entrar.
Ella asintió levemente y entró. Dio un respingo al oír el sonido de la puerta cerrarse.
Miró el cuarto, la gran cama estaba iluminada por un foco rojo. El resto estaba a oscuras, aunque distinguió en la oscuridad la sombra de un hombre sentado en un sofá a los pies de la cama.
Stephanie caminó lentamente, se subió a la cama y se arrodilló de frente a la sombra que había visto al entrar. Bajó la cara y se mordió el labio para no llorar.
— No te muerdas el labio —le ordenó suavemente.
Ella obedeció y sólo entonces se dio cuenta que un poco más y se rompería el labio.
— Mírame —su voz sedosa la confundía, le recordaba a alguien que había perdido al irse a ese club a trabajar, además, ella esperaba a un hombre que se le montara encima como un animal y… — Mírame —volvió a ordenar con suavidad.
Ella levantó la cara, no veía nada por la luz del foco.
— Tienes unos ojos preciosos. No vayas a llorar, no te lastimaré.
— Lo siento —se disculpó ella cuando sintió dos lágrimas rodar por sus mejillas.
— ¿Por qué lo haces si no quieres?
Ella no contestó, no podía hablar de su “situación” con un cliente.
— Contéstame.
— Por dinero —contestó lacónica.
— Mentirosa —ella adivinó una sonrisa en la cara del hombre—, quiero la verdad.
— No puedo decirla.
— ¿Estás en contra de tu voluntad?
Ella bajó la cara, una tristeza infinita se dibujó en su rostro y sus ojos no pudieron detener las lágrimas que había intentado retener. Entonces sintió los pasos del hombre acercándose a la cama.
— Tranquila, no te lastimaré —la abrazó protectoramente—, no te haré daño, preciosa.
— ¿Quién es usted? —su corazón latía a mil por hora.
— Mírame.
Ella alzó la mirada y abrió los ojos como platos al verlo.
— Martín… —susurró lentamente.
— Me alegra que no me hayas olvidado —sonrió él comprensivo.
— ¿Qué haces aquí?
Ahora no sólo la tristeza la agobiaba, sino también la vergüenza y la culpa.
— Cuando huiste de casa te busqué, recorrí bares y prostíbulos, mis agentes dieron con tu hermana y ella me dijo dónde encontrarte.
— Es mi primera noche —se justificó.
— ¿Qué haces aquí?
— Mi hermana… ella debe mucho dinero en drogas y…
— Te vendiste por ella.
Ella se separó avergonzada.
— ¿Por qué no me lo dijiste?
— No quería seguir abusando de tu generosidad.
— Debiste hablar —ella no contestó.
Le tomó la cara entre sus manos y la besó suavemente.
— No debiste huir, sabes que puedo y quiero ayudarte.
Stephanie recordó el día que él la llevó a su casa. Era una noche de invierno, su padrastro estaba borracho y ella no quería estar ahí. Martín la vio y le ofreció un techo a cambio de sus servicios domésticos. Y fue con él. De eso hacía seis meses.
— ¿Quieres salir de aquí?
Ella se abrazó al hombre llorando como una Magdalena.
— No me gusta este lugar —sollozó.
— Lo imaginé, preciosa, tu no perteneces aquí.
— Pero mi hermana…
— Está conmigo en casa y ahora nos iremos nosotros.
— Leonardo no me dejará.
— Mis hombres lo están arreglando, el dinero compra todo.
Ella lo miró, él la besó siendo correspondido plenamente por la joven, él era su hombre, el único amor de su vida.
— Te amo, Stephanie, no vuelvas a irte nunca más de mi lado.
— Jamás…, perdóname —lloró la joven.
Él la besó y ahí, en ese cuarto rojo, él la hizo suya, suya para siempre.